Deporte y política

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No es infrecuente que en los últimos tiempos la actualidad política se cruce con la deportiva, generando no pocos debates en la opinión pública. Lo hemos visto recientemente en España con los clubes catalanes de fútbol y su posicionamiento (o no) en favor del proceso independentista. Lo vivimos también con las polémicas decisiones sobre las sedes de los próximos mundiales de fútbol –en Rusia y Qatar, respectivamente-, y con la paradoja de que un país como el presidido por Vladimir Putin vaya a albergar uno de los eventos deportivos de mayor impacto global, cuando quizá en unos días el Comité Olímpico Internacional prohíba a todos o parte de sus atletas participar en los próximos Juegos Olímpicos, a causa de los supuestos problemas de dopaje sistemático del deporte ruso. En fin, lo vemos cada vez que directivos y deportistas de élite comparten con los políticos las primeras páginas de los periódicos por casos de corrupción, de defraudación a Hacienda, etc. La gran diferencia, en todos estos casos, es que las polémicas que surgen en torno a esos temas son de naturaleza muy distinta: mientras que las actuaciones reprobables de la política generan repulsa e indignación en toda la sociedad, las actuaciones censurables del deporte (nos referimos aquí, por supuesto, sólo al deporte profesional de élite) a menudo sólo causan una entretenida división de opiniones en la opinión pública. Es como si el deporte estuviera en cierto modo curado ante ciertas exigencias de la ética pública, tan sensible en otros ámbitos de la vida social y política.

La famosa frase “Fútbol es fútbol”, tan utilizada en el deporte rey, refleja bien la idea de que el deporte de élite está (y debe estar, defienden muchos) al margen de las polémicas ideológicas, políticas, de luchas de intereses, y otras preocupaciones no deportivas de la sociedad. Si acaso, se permite que el deporte despliegue una cierta “inquietud social”, que lo vincule con buenas causas, a ser posible no controvertidas. Quizá por eso son pocas las voces que se alzan, o las acciones que se emprenden, para debatir y abordar el hecho de que un evento como el Mundial de fútbol se vaya a disfrutar en países en los que el disfrute de las libertades y los derechos civiles no sea precisamente ejemplar. De hecho, la idea de que “es deporte, no política” ha justificado siempre en la historia moderna que grandes eventos hayan sido utilizados por regímenes autoritarios de todo tipo (desde la Alemania nazi hasta la Argentina de los generales, pasando por Mussolini o Mobutu) para generar unidad interna y legitimidad internacional. Se aduce en ocasiones que al mismo tiempo se puede aprovechar esos eventos para dejar en evidencia las debilidades y problemas de esos regímenes, pero no se conoce caso en el que esa llamada de atención no haya sido eclipsada por el disfrute global del evento per se. Como señala James Young refiriéndose al caso específico del fútbol, “soccer is not a sport perfectly suited to political activism on the field or in the stands. Whether this is because of fear, or because the game’s popularity and mass appeal almost inevitably breeds a kind of accepted conformity, or the result of the deadeningly anti-intellectual climate of locker room culture, or the simple pressures of performing (and therefore being on public display) week-in, week-out, often in front of hostile fans, is hard to say. It may well be that the game becomes an escape from real life, a place where winning can temper life’s other hardships. But whatever the reason, those in power are often drawn to soccer teams as blank slates to craft into powerful propaganda outlets”.

El debate y la reflexión sobre estas cuestiones requiere de la implicación del mundo del deporte, que muchas veces trata de evitarlas, mostrando escasa sensibilidad ante ellas. En 2015, por ejemplo, Suzanne Nossel escribía en Foreign Policy sobre lo que sucedía en el mundo de la Fórmula 1 bajo la dirección de Bernie Ecclestone, acostumbrado a buscar ubicaciones exóticas y problemáticas para las grandes pruebas:  “Formula 1’s notoriously eccentric chief, Bernie Ecclestone, after long dismissing any link between rights and auto racing (amid a mass police lockdown during the 2013 Formula 1 race in Bahrain, Ecclestone remarked, “I keep asking people, ‘What human rights?’ I don’t know what they are. The rights are that people who live in the country abide by the laws of the country, whatever they are”), has now reportedly approved a “policy document” that commits the competition to recognizing “human rights at all of its 20 venues around the world” and to “due diligence” before signing up new hosts. But there’s every indication that these are superficial gestures aimed more at quieting critics rather than actually quelling rights abuses. When questioned about how Formula 1’s new policy would affect plans for future races in Baku, Ecclestone indicated that due diligence had been carried out and Azerbaijan met the standard with flying colors, saying, “I think everybody seems to be happy. There doesn’t seem to be any big problem there.” (“Faster, Higher, More Oppressive”).

Pero también es necesaria la implicación de toda la sociedad en su conjunto. Definido en ocasiones como el “nuevo opio del pueblo”, el mundo de la política, de la economía, de la cultura, etc. puede verse influido positiva o negativamente por el del deporte, sobre todo del deporte de élite. Y no se puede cerrar los ojos ante esas influencias. Kieran Pender, por ejemplo, reflexiona sobre el papel de los ciudadanos y de los medios de comunicación ante eventos como los próximos Mundiales de fútbol, y escribe: “Fans and journalists are placed in an awkward position. Is it okay to attend a sporting event in Russia or Qatar, let alone enjoy it? By doing so, are we also contributing to the misuse of sport for murky political purposes? When the 2018 and 2022 World Cups begin, media organisations will inevitably overlook the underlying probity concerns and focus on the sporting action. Who can blame them? Supporters want to read about exciting on-field heroics, not corruption and political repression” (“When sport and politics collide”). A veces esa sensibilidad de los fans o del mundo político sí puede ser determinante, pero sucede que lo suele ser en mayor grado precisamente en aquellos lugares donde la vinculación entre poder autoritario y deporte es más fuerte. Simon Chadwick, en “FC Barcelona and the Catalan struggle for independence”, comenta cómo el alineamiento del club de fútbol con posiciones independentistas podría tener especiales consecuencias a miles de kilómetros de Cataluña: “As a philosophy – and as a brand proposition – this [el apoyo a la independencia] is both noble and distinctive. But for a club that has been casting covetous eyes at Asian markets, it could prove troublesome. The last thing the Qataris or Chinese will want is for fans and businesses in their countries to be building a relationship with a club that advocates separatism and a disregard for central government authority”.

La separación entre deporte y política es una ficción, y siempre lo ha sido. James M. Dorsey lo explica con claridad en “Tackling the elephant in the room: the incestuous and inseparable relationship between sports and politics”:  “Sports administrators, politicians and government officials uphold the fiction that sports and politics have nothing to do with each other even when just a cursory glance at the facts tells a very different story. The fundaments of the most recent crisis that erupted with the awarding in 2010 by world soccer body FIFA of World Cup hosting rights to Russia and Qatar is all about politics, the incestuous relationship between administrators and governments, and the fact that political corruption enables financial and performance corruption of sports”. Esta reflexión no solo vale para el deporte en la actualidad, sino para el deporte de todos los tiempos. Desde su origen, en la Grecia clásica, los festivales y eventos deportivos masivos han tenido siempre una naturaleza y una función políticas. La famosa victoria de Alcibíades con sus siete carros de caballos, en los juegos de Olympia del 416 a.C., marcó el inicio de la inseparable relación entre deporte y política (véase, David Gribble, “Alcibiades at the Olympics: Peformance, Politics and Civic Ideology”). Obviar esta realidad, o hacer creer que no existe, sólo lleva a minimizar el impacto que el deporte puede tener en la sociedad, más allá de sus dimensiones más festivas y lúdicas.

 

 

Innovación con causa, o RSC 3.0

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La legitimidad de las empresas en la sociedad exige que sus esfuerzos por contribuir a la mejora del entorno en el que se desenvuelven sean cada vez más productivos, y compatibles con sus misiones específicas de elaboración de productos y servicios. Esta exigencia se ha acrecentado en la última década, en la que la crisis económica y financiera, la inestabilidad política, la percepción de una creciente desigualdad económica, de un planeta amenazado por la acción humana y algunas instituciones capitalistas que cada vez generan menos confianza ha llevado a que muchas organizaciones se replanteen su papel y su responsabilidad social en torno a la solución de algunos de esos problemas. La ya generalizada apuesta de muchas empresas por la Responsabilidad Social Corporativa (RSC) ha intentado afrontar esos retos, y lo seguirá haciendo en el futuro, pero cada vez es más evidente que la implicación social corporativa debe ser más profunda y efectiva.

La innovación social corporativa –una especie de “innovación con causa”- supone un paso más en esa dirección, pero puede ser un paso de gigante. Complementando y superando la acción y la responsabilidad pública convencional de la empresa –a menudo inscrita en su actuación como “buena ciudadana”-, las iniciativas de innovación social surgidas en las corporaciones implican que éstas pongan al servicio de la sociedad su saber hacer y su experiencia innovadora –una de las competencias transformadoras más desarrollas en el mundo de los negocios-. Se trata de utilizar esa energía innovadora, en conjunción con otros agentes de la sociedad y stakeholders, para aplicarla a la resolución de problemas económicos, sociales, medioambientales, etc., que puedan traducirse en mejoras significativas de la sostenibilidad de la propia empresa como institución y de la sociedad en su conjunto.

The Economist resalta esta semana cómo en algunos países especialmente necesitados de acción social positiva por parte de todas las instituciones, como sucede en el caso de la India, el gobierno llega a obligar a las compañías a que destinen un 2% de sus beneficios a acciones de RCS (“Indian firms make the best of coerced do-goodery”). La idea de “obligar” a ser socialmente responsables tiene sus pros y sus contras, y muchas firmas simplemente cumplen formalmente con la norma (a veces, sin destinar realmente esos recursos a necesidades sociales). Sin embargo, como comenta uno de los arquitectos del sistema indio, el objetivo a largo plazo es promover realmente actuaciones de innovación social: “As they sought to adapt to the measure, some Indian businesses discharged their obligation simply by writing a cheque to a local school or hospital. But that misses the point of the exercise, which is partly to encourage companies to innovate in how social programmes might be delivered”.

Pero no hace falta irse tan lejos para ver iniciativas de diverso tipo encaminadas a favorecer la innovación con causa. Esta misma semana, en Navarra, el gobierno de la comunidad ha anunciado la creación de una Unidad de Innovación Social como órgano de referencia para fomentar la innovación social e impulsar iniciativas empresariales que generen actividad económica, empleo de calidad y un impacto social positivo en Navarra, con el objetivo de que la Comunidad Foral sea un referente europeo en este campo (“La Unidad de Innovación Social de Navarra aspira a convertirse en un referente europeo”). De hecho, como se comenta en el informe de KPMG Breaking Through:  How Corporate Social Innovation creates business opportunity, en las economías más avanzadas “a growing number of business leaders are beginning to form creative partnerships with social innovators and entrepreneurs. In the process, they hope to identify and learn from emerging approaches to value creation. The ultimate promise of these trends is that the incremental approaches that have been characteristic of corporate citizenship and social responsibility initiatives will be powerfully enhanced by new solutions that have a much better chance of being replicable and scalable”.

La innovación social, como se comenta en un artículo reciente en el New York Times, requiere en la mayoría de los casos “donors” and “doers” (“The Link Uniting Donors and Doers for Social Change”), empresas y personas que apuestan sus recursos por innovar en la resolución de problemas sociales, y también empresas y personas que mueven los proyectos hacia adelante, que actúan como catalizadores. Taz Hussein, Matt Plummer y Bill Breen analizan esa asociación en el último número de la revista Stanford Social Innovation Review. En “How Field Catalysts Galvanize Social Change”, los autores se centran en la importancia de los “doers”, a los que caracterizan como “field catalysts”: “Field catalysts, on the other hand share four characteristics: Focus on achieving population-level change, not simply on scaling up an organization or intervention; Influence the direct actions of others, rather than acting directly themselves; Concentrate on getting things done, not on building consensus; Are built to win, not to last. We also found that field catalysts often prefer that their role go undetected. They function much the way that Adam Smith’s “invisible hand” works in the private sector, where the indirect actions of many players ultimately benefit society. Catalysts usually stay out of the public eye, working in subtle ways to augment the efforts of other actors as they push toward an expansive goal”.

La innovación social corporativa (etiquetada desde hace algún tiempo como RSC 3.0) no sólo gana adeptos entre instituciones púbicas, políticos, empresas y filántropos, sino que tiene un papel cada vez más importante en el marco de comprensión de las actividades directivas por parte del mundo académico. Precisamente este fin de semana se celebra en Austria el Global Peter Drucker Forum 2017, uno de los encuentros más destacados de profesionales y académicos del mundo del management, y que en esta edición se centra en el tema “Growth & Inclusive Prosperity”. Basta con leer algunas de las preguntas utilizadas como eje de discusión de las ponencias y mesas redondas para darse cuenta de las inquietudes del management en la actualidad: “How might we reframe the challenges we face as leaders? Can we ask better questions, shift from “either/or” to “and” solutions, and look at the world with new eyes?”; “What constitutes growth? And how does it link to broad-based prosperity gains?”; “Economic prosperity versus human well-being and development – in a connected world, how shall we set our aspirations?”; “Should an organization follow a purpose which transcends its profit motif?”; “How can large enterprises tap the rich innovation potential of their people? What does it take to move beyond operational excellence and incremental innovation to pioneer market-creating solutions? How to create a culture of innovation?”

La tiranía de lo tangible

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“Lo que no se mide (o no se puede medir), no existe”; “Lo que no se mide, no se puede gestionar”; “Lo que no se puede medir, no se puede mejorar”: hemos oído una y mil veces expresiones como éstas en ámbitos de la economía, la política, la educación, etc. Vivimos en el mundo del dato, de la medida de todo lo que nos rodea, del registro de cada aspecto tangible de lo que sucede en nuestro entorno. Quizá sólo en el contexto de las relaciones personales y de la propia existencia sigue quedando espacio para que la vida fluya sin que se vea condicionada y mediatizada por la medida, aunque las nuevas tecnologías ya hace tiempo que nos incitan a “tangibilizar” todos nuestros actos (calorías que consumimos, pasos que damos al día, tiempo que dedicamos a ciertas actividades, e incluso nivel de estado de ánimo que muestran nuestros mensajes). No cabe duda que esta cultura de la medida, de “tangibilización” de la vida, tiene innumerables ventajas y puede producir beneficios en el día a día personal y profesional, pero también plantea enormes problemas y desafíos, sobre todo cuando tiende a monopolizar el modo de entender y gestionar demasiadas actividades humanas.

Alison Reynolds and David Lewis explican en “Closing the Strategy-Execution Gap Means Focusing on What Employees Think, Not What They Do” (Harvard Business Review) cómo los cambios estratégicos en las empresas a menudo se centran en cómo modificar las partes más formalizadas de la organización (estructuras, procesos, etc.), y fracasan en su ejecución por no haber tenido en cuenta los aspectos más intangibles, sobre todo aquellos que tienen que ver con lo que piensan y sienten las personas que trabajan en ella: “When you embark on a new strategic journey to sustain and grow your organization in an uncertain world, what do you prioritize? If you’re like most of the leaders we know, you start with organizational structure and processes. This would be a mistake. (…) We call this the tyranny of the tangible. And it comes at a cost that is all too familiar: Most initiatives set up to execute strategy fail to deliver the intended benefits”. Frente a este enfoque, los autores del trabajo plantean que hay que recuperar los modos de afrontar el cambio que se apoyan en procesos menos “tangibles” y formalizados –por supuesto, más abiertos a la sorpresa y a los resultados no controlables- , que parten de la participación de las personas y de las expresiones menos registrables de su comportamiento (deseos, preocupaciones, temores, aspiraciones, etc.): “Participative execution is the antidote to the tyranny of the tangible. It engages all stakeholders in an interactive and dynamic process in which: The realities of the strategic context are confronted and explored; the options for responding to and shaping the context are created; and the priorities and milestones are agreed upon and revised as required. It makes the intangible tangible and incorporates worries, hopes, fears, and intentions in the process”.

Como bien es sabido, estas manifestaciones menos tangibles y más difícilmente mensurables de lo humano también luchan por hacerse un hueco en los modos de entender actividades como la económica. Gary Saul Morson y Morton Schapiro vuelven sobre la necesidad seguir incidiendo en este tema en su obra Cents and Sensibility: What Economics Can Learn from the Humanities, en la que reivindican, entre otras cosas, la necesidad de apoyarse en las humanidades, y en especial en la literatura, para avanzar en el verdadero conocimiento de la realidad económica.  Deirdre N. McCloskey, al comentar la obra en “Economics With a Human Face”, señala: “Parts of the book explicitly, and all of it by implication, give an eloquent defense of the humanities against fanatical advocates for “STEM” (science, technology, engineering, and mathematics). The STEM-ers want to shove aside the humanities, and most of the social sciences, too, in favor of fields they think are more likely to add to GDP. Messrs. Morson and Schapiro point to the example of Japan’s minister of education, who a few years ago proposed eliminating in public universities every field except STEM. No study of Japanese literature. No economics. Such naive zeal ignores that most of what actually goes on in STEM’s “M” and “S”—and even a good deal of the “E”—is, like the humanities, an inquiry into the artistic or intellectual products of humans. They have no economic usefulness. Astronomy and number theory should properly be viewed as quantitative kin to, say, theology and art history. Indeed, the very word “science” is unusual in contemporary English in signifying only the physical and biological. In other languages, and in English before the 1860s, it has a much wider meaning, “systematic inquiry,” as in the German word for the humanities—Geisteswissenschaften, or “spirit sciences”.

La tiranía de lo tangible y lo mensurable frente a la lógica de las ciencias del espíritu se ha ido adueñando poco a poco de otros ámbitos que tradicionalmente se han movido en el pasado con un mayor equilibrio entre esos dos mundos, tanto en su desempeño práctico como en su dimensión de conocimiento. Uno de esos campos es el de la política. Mark Bevir and Jason Blakely abordan en “Why Political Science Is an Ethical Issue” abordan este tema, al explicar cómo en los estudios políticos cada vez hay una mayor distancia –e incomunicación- entre los “quants” (la visión “naturalista” y empirista de la política: el imperio de los facts) y los “qualies” (la visión “anti-naturalista” y valorativa de la acción política: el imperio de los values). Los autores proponen que hay que volver a integrar estas dos visiones, que se necesitan la una a la otra, y concluyen: “All this amounts to a complication of one of the longest standing assumptions of modern social science: the idea that there is a strict dichotomy between facts and values. Inaugurated by David Hume, this doctrine has taken many forms, but the basic idea is that the study of facts is logically distinct from that of values. Beginning from factual premises, no evaluative conclusion can be deduced and vice versa. The foregoing arguments make clear that the relationship of facts to values is much more nuanced than this strict binary allows. In this way, anti-naturalism might help contribute to the wider critique of the tendency to segregate empirical or factual knowledge about the world from normative or evaluative claims. Anti-naturalism opens the door for political scientists to conduct ethically engaged political sociologies, histories, accounts of values, and critiques of technocracy. Not all political scientists need to take this route, but for those who do, new worlds of exploration are waiting”.

Otros ámbitos en los que avanza inexorablemente la tiranía de los “quants” son, por ejemplo, la educación y el periodismo. Todos los que nos dedicamos a la educación vivimos no sin sorpresa, y con buenas dosis de ansiedad, el avance de la lógica de que “lo que no se mide no existe”, o de que “lo que no se mide no es ciencia”. Como señala en el Frankfurter Allgemeine Zeitung Hannah Bethke en “Zwischen zwei Welten”, cualquiera que hoy eche un vistazo a las estructuras universitarias se dará cuenta de que las “ciencias duras” han tomado el poder de las universidades económica y espiritualmente, a pesar de que se hable cada vez más de la necesidad de la interdisciplinariedad y de otros mantras que en ningún caso devalúan el principal de todos: “Entwertung dessen, was nicht messbar ist” (“La devaluación de aquello que no es medible”). En el caso del periodismo, el futuro –se afirma- es el periodismo de datos (data journalism), la conversión de todo tema de actualidad en un hecho mensurable, caracterizado por sus dimensiones cuantificables. Como comentaba recientemente en The New Republic David Zweig, “in our data-driven age, when algorithms and metrics increasingly govern our lives in ways known and often unknown to us, our captive, near religious devotion to the supremacy of data is akin to a cultural Stockholm syndrome” (“David Brooks and the Tyranny of Data”). Al leer esta cita, recodé que hace ya casi dos décadas pregunté al redactor jefe del Neue Zürcher Zeitung, Gerhard Schwarz, por qué en un periódico tan prestigioso y excelente como el suyo, y tan influyente en círculos económicos y financieros, no había una sección regular sobre el fenómeno de la creciente importancia económica del Tercer Sector (voluntariado, fundaciones, ONG’s, etc.) en las sociedades modernas. Su respuesta fue muy sencilla: “No hay datos económicos regulares y validados ni sobre el sector, ni sobre sus organizaciones, ni sobre cuestiones laborales, etc., etc.”. Veinte años después, pocas cosas han cambiado.

Redes de intoxicación social

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No hay prácticamente tema de interés público que no genere una batalla en torno a las verdades y falsedades que aderezan su discusión. Basta recordar procesos políticos recientes como la campaña presidencial estadounidense, el Brexit, las recientes elecciones en Alemania o la pugna por la independencia de Cataluña. Noticias (news), bulos (fake news), confirmaciones y desmentidos de datos (fact checkers), creadores y redistribuidores robotizados de información (bots) y un sinfín de fuentes y contenidos de muy diversa naturaleza se mezclan en torno a los temas de actualidad para presentarse, sin orden ni concierto, mediatizados por amigos, influencers, servicios personalizados de información, etc., en las terminales de datos de millones de ciudadanos. La discusión sobre cómo todo ese entramado “informativo” conforma el conocimiento y los marcos de interpretación de la realidad con los que nos manejamos en sociedad cada vez es más intensa, sobre todo porque se descubren, unas tras otras, modalidades más sofisticadas de intoxicar esa discusión, de polarizar y radicalizar posturas, de atacar o defender sistemáticamente –con verdades y falsedades, todo al mismo tiempo- sistemas políticos e ideologías de toda condición. Este fenómeno se produce especialmente, aunque no sólo, a través de las grandes redes sociales y agregadores de noticias (Facebook, Twitter, Instagram, Google, Reddit, etc.), plataformas con las que paradójicamente se tenía la esperanza de que contribuyesen a crear sociedades más libres, abiertas e informadas. Y así lo ha sido en parte hasta ahora, y lo seguirá siendo, pero sólo en la medida en que se aborden de forma satisfactoria los crecientes fenómenos de manipulación, desinformación e intoxicación informativa en las redes, sobre todo aquellos impulsados por Estados, corporaciones y organizaciones poderosas de diverso tipo.

Esta semana, el debate sobre el tema ha vuelto a ocupar las primeras páginas de la prensa de todo el mundo con motivo de la Comisión de Investigación en el Senado estadounidense sobre la intervención desde Rusia en la intoxicación informativa vivida en las últimas elecciones presidenciales. Más allá de las intervenciones de políticos supuestamente implicados y de representantes de plataformas como Google, Facebook o Twitter, la discusión sobre el fenómeno ha vuelto a poner sobre la mesa los retos y desafíos que para la democracia, y para la vida pública en general, plantea esta batalla por el control de la información y la desinformación. Como señala The Economist en “Do social media threaten democracy?”, “Russia’s trouble-making is only the start. From South Africa to Spain, politics is getting uglier. Part of the reason is that, by spreading untruth and outrage, corroding voters’ judgment and aggravating partisanship, social media erode the conditions for the traditional horse that fosters liberty. (…) It would be wonderful if such a system helped wisdom and truth rise to the surface. But, truth is not beauty so much as it is hard work -especially when you disagree with it. Everyone who has scrolled through Facebook knows how, instead of imparting wisdom, the system dishes out compulsive stuff that tends to reinforce people’s biases. (…) Once considered a boon to democracy, social media have started to look like its nemesis”. Ante esta situación, se barajan acciones de muy diverso tipo, tanto desde el punto de vista de la acción pública, como de la actuación más responsable de las principales empresas y organizaciones implicadas.

Aunque compleja, ya que el control de la información siempre es una cuestión delicada en los sistemas democráticos, la necesidad de una mayor intervención pública para atajar algunos de los desmanes que se producen en la redes es cada vez más evidente. Como comenta el Financial Times en “The weaponisation of social media is real”, “as for the questions of what constitutes malice, and who decides, the answer is: the same authority that, in democratic societies, has always made decisions about what is acceptable communication in the public square -the elected representatives of the people”. De hecho, más y más países están implementando medidas para atajar algunas de las facetas de este fenómeno: “This past June, Germany’s parliament adopted a law that includes a provision for fines of up to €50 million ($59 million) on popular sites like Facebook and YouTube, if they fail to remove “obviously illegal” content, such as hate speech and incitements to violence, within 24 hours. Singapore has announced plans to introduce similar legislation next year to tackle “fake news.” (“Six Features of the Disinformation Age”). Esta posibilidad de una actuación gubernamental sobre el comportamiento de los gigantes tecnológicos que dominan el flujo informativo en las redes está en el centro de todas las discusiones: “Social media are a mechanism for capturing, manipulating and consuming attention unlike any other. That in itself means that power over those media -be it the power of ownership, of regulation or of clever hacking- is of immense political importance. Regardless of specific agendas, though, it seems to many that the more information people consume through these media, the harder it will become to create a shared, open space for political discussion—or even to imagine that such a place might exist”. (The Economist).

Por supuesto, el segundo camino para abordar los peligros de las “redes de intoxicación social” es la necesaria e intensa implicación de los Facebooks, Googles y Twitters presentes y futuros en la erradicación de la manipulación sistemática de sus plataformas. La mayoría de ellos han mostrado una y otra vez su interés por afrontar estos problemas, pero al mismo tiempo reconocen la enorme dificultad de llevar a cabo esa tarea. Eric Schmidt, máximo responsible de Alphabet (Google), ha comentado: “We did not understand the extent to which governments –essentially what the Russians did– would use hacking to control the information space. It was not something we anticipated strongly enough. I worry that the Russians in 2020 will have a lot more powerful tools.” (“Alphabet’s Eric Schmidt On Fake News, Russia, And ‘Information Warfare'”). Pero es que además, no todos los actores corporativos implicados en este problema tienen –ni se sabe si tendrán en el futuro- una postura clara sobre su responsabilidad. Steven Rosenbaum, en “The Real Side of Fake News” analiza por ejemplo el caso de Reddit, y concluye: “Reddit isn’t the only supporter of the kind of online anonymity that allows users to distribute hate speech and fake news without consequences. And there are those who worry that cleaning up Reddit will only drive the trolls underground to less public sites like Voat. But while other large online platforms such as Facebook are taking steps to address the problem, Reddit remains defiant.”. Está claro que los gigantes tecnológicos son una parte esencial en la solución del problema, y deben reconocer, como señala Mohamed A. El-Erian en “Big Tech Meets Big Government”, su “importancia sistémica”: “Big Tech can and should play a larger role in helping the entire economy to evolve in an orderly and mutually beneficial manner. This will require, first and foremost, that they internalize their own systemic importance, and adjust their perspectives and behaviors accordingly”.

Por último, el tercer eslabón de la cadena es quizá el más débil, aunque también el más importante a medio y largo plazo: el ciudadano. Nosotros somos quienes en un día medio –según algunos estudios recientes- podemos hacer click o tocar la pantalla del móvil para acceder a contenidos unas 2.500 veces al día, sin saber, quizá, que casi el 50% del tráfico en la web está generado por bots (“buenos” y “malos”) y que hay alrededor de 50 millones de cuentas de Twitter y 137 de cuentas en Facebook que exhiben comportamientos no humanos, mecanizados (“Six Features of the Disinformation Age”). Ni los gobiernos, ni las empresas tecnológicas serán capaces de afrontar la enorme complejidad de un entorno de relaciones humanas caracterizado, en palabras de Kelly Born, por seis rasgos difíciles de conciliar: democratización de la producción y distribución de contenidos; socialización de los contactos; atomización de las emisiones; anonimato; personalización, y soberanía de las compañías tecnológicas. En ese contexto, cada nodo en la red, cada ciudadano, tendrá una responsabilidad creciente sobre las consecuencias de sus actos, y para ello necesitará estar mejor formado y ser más consciente de las reglas del juego de la información en la red. La educación en “criteriología tecnológica e informativa”, por llamarla de algún modo, se convertirá así en un prerrequisito esencial para el ejercicio de la libertad en nuestras sociedades. Y lo que se percibe en el momento actual sobre esta formación no es muy alentador. En un estudio reciente de Oscar Barrera, Sergei Guriev, Emeric Henry, Ekaterina Zhuravskaya (“Fake news and fact checking: Getting the facts straight may not be enough to change minds”) se pone en evidencia el escaso impacto que los esfuerzos por desintoxicar la red están teniendo en torno a muchos temas: “Fake news or ‘alternative facts’ have become a key ingredient of Western political discourse. They are skillfully used by populist candidates to leverage fears and frustrations of the voters. The fake news efforts are often successful. For example, as Ipsos’ 2016 Perils of Perception survey shows, in all Western countries voters greatly overestimate the Muslim population in their countries. In France (where the gap between perception and reality is largest), the perceived share of Muslim population is 31% while the actual share is only 7.5%. Moreover, while fact checking of the populist’s misleading ‘alternative facts’ improves voters’ factual knowledge, it does nothing to undo the effect of these statements on policy views and voting intentions of voters. (…) Our results suggest that confronting alternative facts with correct numbers is not enough. To be effective, fact checking needs to be more than a journalists’ or pundits’ enterprise. The correct facts need to be embedded in a narrative with persuasive argumentation and conclusions – and delivered by a charismatic politician. The result of the 2017 French presidential election is consistent with this conjecture”.

Un buen primer paso de esa necesaria educación, por ejemplo en el ámbito de la acción política, es ser conscientes del mundo que nos espera, de un mundo en el que, como comenta Mark Leonard, Director del European Council on Foreign Relations, podemos caer en el error de vivir plácidamente disfrutando de la ilusión de libertad: “The biggest danger in the coming years is not that technology will put free and autocratic societies increasingly at odds with one another. It is that the dystopian visions of George Orwell and Aldous Huxley will become manifest in both types of system. (…) Over the last few weeks, media around the world have been saturated with stories about how technology is destroying politics. In autocracies like China, the fear is of ultra-empowered Big Brother states, like that in George Orwell’s 1984. In democracies like the United States, the concern is that tech companies will continue to exacerbate political and social polarization by facilitating the spread of disinformation and creating ideological “filter bubbles,” leading to something resembling Aldous Huxley’s Brave New World. (…) At the same time, the impact of technology on politics is relatively independent of regime type. Technology is blurring the comforting distinction between open and closed societies, and between planned and free economies, ultimately making it impossible for either to exist in its ideal form. (…) In the digital age, the biggest danger is not that technology will put free and autocratic societies increasingly at odds with one another. It is that the worst fears of both Orwell and Huxley will become manifest in both types of system, creating a different kind of dystopia. With many of their deepest desires being met, citizens will have the illusion of freedom and empowerment. In reality, their lives, the information they consume, and the choices they make will be determined by algorithms and platforms controlled by unaccountable corporate or government elites” (“The Illusion of Freedom in the Digital Age”).

 

Identidades relacionales e inclusivas

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La cuestión de la identidad, individual y colectiva, ha sido siempre un asunto problemático. En nuestros días, buen número de las crisis que se viven en la sociedad están conectadas con esa cuestión, quizá porque, más que en otras épocas, se ha perdido el equilibrio entre el “yo” y el “nosotros”, o a otro nivel, entre el “nosotros” y el “ellos”. Son numerosos los fenómenos que en el ámbito personal, empresarial, y político –por buscar tres campos de referencia entre los muchos existentes-  reflejan las perversas consecuencias de los desequilibrios en el modo de entender  y vivir la identidad.

El New York Times publicaba esta semana un interesante análisis sobre la creciente tendencia a pensar que la felicidad de las personas se basa en su capacidad de introspección, de “construir” su mundo feliz a pesar del entorno en el que vive. Ruth Whippman, autora de America the Anxious: How Our Pursuit of Happiness Is Creating a Nation of Nervous Wrecks, señala que hay gran número de indicios de que en la sociedad estadounidense la actividad “social” de las personas se está reduciendo de forma preocupante (en la familia, en la relación con las amistades, en las actividades religiosas, etc.), siguiendo –se podría decir- el dictum sartreano de que “el hombre se hace a sí mismo”. Whippman escribe: “Having spent the last few years researching and writing a book about happiness and anxiety in America, I’ve noticed that this particular strain of happiness advice — the kind that pitches the search for contentment as an internal, personal quest, divorced from other people — has become increasingly common. Variations include “Happiness is determined not by what’s happening around you, but what’s happening inside you”; “Happiness should not depend on other people”; and the perky and socially shareable “Happiness is an inside job.” One email I received from a self-help mailing list even doubled down on the idea with the turbocharged word mash-up “withinwards,” (although when the subject heading “Go Withinwards” landed in my inbox I briefly thought it was an ad for a nose-to-tail offal restaurant.)”.

Esta identidad introspectiva conecta con una sociedad fuertemente individualista en la que el desarrollo científico y tecnológico, entre otros factores, parece que nos anima a ser Robinson Crusoes, aunque justamente tengamos todos los medios y condiciones para ser lo contrario. Whippman desarrolla esta idea con las siguientes palabras: “In an individualistic culture powered by self-actualization, the idea that happiness should be engineered from the inside out, rather than the outside in, is slowly taking on the status of a default truism. This is happiness framed as journey of self-discovery, rather than the natural byproduct of engaging with the world; a happiness that stresses emotional independence rather than interdependence; one based on the idea that meaningful contentment can be found only by a full exploration of the self, a deep dive into our innermost souls and the intricacies and tripwires of our own personalities. Step 1: Find Yourself. Step 2: Be Yourself”.

Por supuesto, la autora cree que esta idea es una gran equivocación, y que una tras otra, las investigaciones sobre las claves de la felicidad-y se podría añadir, también el sentido común- nos dicen lo contrario: “Academic happiness studies are full of anomalies and contradictions, often revealing more about the agendas and values of those conducting them than the realities of human emotion. But if there is one point on which virtually every piece of research into the nature and causes of human happiness agrees, it is this: our happiness depends on other people”. El título del artículo, “Happiness is Other People”,  rememora, por contraste, esa famosa frase de Jean Paul Sarte de que el “infierno son los otros”, de su obra Huis Clos (A puerta cerrada) de 1944. Parece que no hemos avanzado mucho desde la época en la que el autor de El Ser y la Nada nos explicase esa imagen de cada “yo” como mirada individual que organiza el mundo que le rodea, que se convierte en punto central de lo que existe, hasta que lamentablemente descubre que hay “otros” que hacen lo mismo, y me roban mi mundo.

Más allá del ámbito personal, la traslación de ese ciego individualismo identitario al mundo profesional o de la empresa es sin lugar a dudas uno de los problemas más importantes del capitalismo del siglo XXI. El afán excesivo de poseer -la codicia- es una de las muchas manifestaciones de ese fenómeno, y por eso hay tantas voces que se alzan para que se repiense el sistema económico, para que –como señalaba esta semana en Die Zeit Uwe Jean Hauser con el juego de palabras “WIR statt Gier”–  el “nosotros” sustituya al codicioso “mi”. Pero también hay fenómenos económicos y empresariales nuevos que muestran esa tensión entre identidad individual y colectiva. Uno de ellos, por ejemplo, tiene que ver con los problemas que se producen en muchas modalidades de trabajo propias de la denominada Economía Gig, en la que cada persona se convierte, en solitario, en una empresa individual, carente de todas las dimensiones sociales y colectivas, y de organización del trabajo, que tiene la empresa convencional.  En “The Hardest Thing About Working in the Gig Economy? Forging a Cohesive Sense of Self”, Brianna Caza, Heather C. Vough y Sherry Moss, refiriéndose a la multiplicidad de tareas y actividades que deben desarrollar en solitario estos trabajadores mutifuncionales, señalan : “The most prominent set of struggles our informants faced was centered on how to feel and be seen as authentic when they wear more than one occupational hat. Because one’s occupation is such a core part of one’s identity, those engaged in multiple jobs may find themselves plagued with issues of authenticity: who am “I” really, if I’m all these things at once?”

En el ámbito de la política, la reaparición de fuertes tensiones entre identidades colectivas, también con la lógica sartreana de “The Hell is Other People”, se produce con motivo del resurgimiento de populismos o nacionalismos exacerbados. También en este caso funciona la confrontación entre el “nosotros” y el “ellos”, generada por la creación de una identidad colectiva introspectiva y excluyente. El Papa Francisco ha mostrado esta semana su preocupación por esta forma de “egoísmo colectivo”, que en Europa se advierte de forma creciente en fenómenos de alejamiento de proyectos políticos comunes (el Brexit o la propuesta de independencia de Cataluña pueden ser dos buenos ejemplos), en movimientos políticos que hacen de la protesta y la reivindicación su única bandera política, o en políticas públicas que no son capaces de afrontar problemas como el de los refugiados y desplazados. En su discurso a los participantes en la Conferencia “Repensando Europa” organizada por la Comisión de las Conferencias Episcopales de la Comunidad Europea (COMECE), en colaboración con la Secretaría de Estado, el Santo Padre decía: “La responsabilidad de los líderes es la de favorecer una Europa que sea una comunidad inclusiva, libre de un equívoco de fondo: inclusión no es sinónimo de aplastamiento indiferenciado. Al contrario, se es auténticamente inclusivos cuando se saben valorar las diferencias, asumiéndolas como patrimonio común y enriquecedor. (…). Desde varios lugares se tiene la sensación de que el bien común ya no es el objetivo primario a perseguir y ese desinterés lo perciben muchos ciudadanos. Encuentran así terreno fértil en muchos países las formaciones extremistas y populistas que hacen de la protesta el corazón de su mensaje político, sin ofrecer un proyecto político como alternativa constructiva. El diálogo viene sustituido por una contraposición estéril, que puede también poner en peligro la convivencia civil, o por una hegemonía del poder político que enjaula e impide una verdadera vida democrática. En un caso se destruyen puentes y en el otro se construyen muros. Y hoy Europa conoce ambos”.

Hay que recuperar la fuerza de las identidades individuales relaciones y de las identidades colectivas inclusivas si se desea hacer frente a muchos de los problemas que vivimos en nuestra sociedad. El humanismo cristiano siempre ha sido un modelo de referencia claro para afrontar esa tarea, y el Papa Francisco lo ha vuelto a recordar en su alocución de esta semana: “La comunidad es el antídoto más grande contra los individualismos que caracterizan nuestro tiempo, contra esa tendencia generalizada hoy en Occidente a concebirse y a vivir en soledad. Se tergiversa el concepto de libertad, interpretándolo como si fuera el deber de estar solos, libres de cualquier vínculo y en consecuencia se ha construido una sociedad desarraigada, privada de sentido de pertenencia y de herencia. (…) Los cristianos reconocen que su identidad es ante todo relacional”.

Juventud y ansiedad

Ansiedad

Son cada vez más comunes los trabajos que analizan algunas de las dificultades de los jóvenes (millennials y post-millennials, las denominadas generaciones Y y Z) para manejarse personal y emocionalmente en el mundo que les rodea. Esta semana, el New York Times dedica un largo reportaje al problema de la ansiedad, de las manifestaciones cada vez más extendidas de una ansiedad severa entre los teenagers. En “Why Are More American Teenagers Than Ever Suffering From Severe Anxiety?”, Benoit Denizet-Lewis relata estremecedores casos de diferentes tipos de jóvenes –tanto de clases acomodadas como de familias con rentas bajas- a los que una extrema ansiedad les incapacita para continuar los estudios, relacionarse con los demás y seguir una vida normal. Denizet-Lewis llama la atención sobre el hecho de que la ansiedad ha sustituido a la depresión como principal causa de búsqueda de consejo médico por parte de los jóvenes: “In its annual survey of students, the American College Health Association found a significant increase — to 62 percent in 2016 from 50 percent in 2011 — of undergraduates reporting “overwhelming anxiety” in the previous year. Ante esta situación, padres, terapeutas y colegios no tienen muy claro si lo que se debe hacer es proteger mejor a estos jóvenes o empujarles a que se enfrenten realmente con sus miedos.

La discusión sobre las causas de este fenómeno está abierta, y no es fácil llegar a conclusiones claras. La actuación hipercontroladora de los “padres helicóptero”, los enfermizos y obsesivos hábitos de consumo digital, la presión de una sociedad y un entorno vital orientado a un éxito basado en el hiperactivismo, o la falta herramientas para recuperarse de los más mínimos fracasos o frustraciones (la falta de resiliencia) son algunos de los factores que a menudo se conectan con los problemas de extrema ansiedad de muchos jóvenes. Como señala el autor del trabajo, como consecuencia de todo ello, “for many of these young people, the biggest single stressor is that they “never get to the point where they can say, ‘I’ve done enough, and now I can stop,’ ” Luthar [profesor de Psicología de la Arizona State University] says. “There’s always one more activity, one more A.P. class, one more thing to do in order to get into a top college. Kids have a sense that they’re not measuring up. The pressure is relentless and getting worse.”

Uno de los efectos más perversos de esa creciente ansiedad vital, derivada de la dificultad para enfrentarse al entorno que les rodea, es el hecho de que muchos jóvenes cada vez tienen más miedo a la libertad. En “Why Are Millennials Wary of Freedom?”, Clay Routledge señala que de acuerdo con los últimos datos de la World Values Survey sólo un 30% de los jóvenes nacidos después de 1980 creen que es absolutamente esencial vivir en un país democrático, comparado con un 72% de los estadounidenses nacidos antes de la Segunda Guerra Mundial. De hecho, en 1995 un 16% por cierto de los jóvenes pensaban que la democracia era una mala idea, cifra que ha ascendido hasta un 24% en la encuesta de 2011. Como explica Routledge, refiriéndose a la relación de estos datos con el fenómeno de la hiperprotección de los jóvenes: “The benefits of increased safety are many. But somewhere along the way, protecting children from needless harm became conflated with shielding them from stressors and uncertainties (such as having to solve everyday problems, like getting lost, on one’s own) that are critical for developing personal independence. Researchers have linked helicopter parenting to college students’ having a lower degree of self-confidence. Relatedly, a study released last month found that today’s teenagers and young adults are less likely than those of past generations to engage in a range of activities that involve personal independence, such as working for pay, driving, dating and spending time with friends without adult supervision”.

Por supuesto, este no es un tema sólo estadounidense, ni mucho menos. Lionel Shriver, en The Spectator, explica cómo en también en Europa, en países como Gran Bretaña o Alemania, ese miedo a la liberta de la juventud está llevando a fenómenos de creciente censura y de reducción de la libertad de expresión en entornos como el universitario. En “Millennials don’t fear censorship because they plan on doing all the censoring”, Shriver comenta: “‘38 per cent of Britons and 70 per cent of Germans think the government should be able to prevent speech that is offensive to minorities.’ Given that any populace can be subdivided into a veritably infinite number of minorities, with equally infinite sensitivities, the perceived bruising of which we only encourage, pretty soon none of us may be allowed to say an ever-loving thing. (…)The young casually assume not only that they’re the cutting-edge, trend-setting arbiters of the acceptable now, but that they always will be. The students running campuses like re-education camps aren’t afraid of being muzzled, because they imagine they will always be the ones doing the muzzling”.

En el corazón de los problemas de ansiedad y de la necesidad de seguridad, del miedo a la libertad, está un sentimiento tan traicionero como el temor. Temor en todas sus formas; temor al fracaso, al ridículo, a lo inconfortable, al ostracismo, a la incertidumbre. Como señala Routledge en artículo del New York Times ya citado, todos padecemos en cierto grado esos temores, pero no de la forma traumática que los viven muchos de nuestros hijos: “Our culture isn’t preparing young people to grapple with what are ultimately unavoidable threats. (…) Fear pushes people to adopt a defensive posture. When people feel anxious, they’re less open to diverse ideas and opinions, and less forgiving and tolerant of those they disagree with. When people are afraid, they cling to the certainty of the world they know and avoid taking physical, emotional and intellectual risks. In short, fear causes people to privilege psychological security over liberty”.

Es difícil pronosticar cuáles pueden ser los efectos de lo descrito en la incorporación de muchos de estos jóvenes al mercado laboral, a la vida de la empresa., pero sin duda tendrá muchas consecuencias. Algunas de las causas de la ansiedad juvenil, como el “helicopter parenting”, en buena medida desaparecerán, pero otras, como el hiperactivismo o la inmersión tecnológica, quizá se agudicen. En ese entorno, serán necesarias nuevas habilidades para superar el estrés y la ansiedad, para afrontar miedos y actuar con libertad. Más allá de la tan manida resiliencia o de la recuperación de la autoconfianza, en la empresa se necesitarán cada vez más cosas tan humanas y teóricamente sencillas como la autoreflexión, el autoconocimiento y la disciplina –como señalan Mike Erwin y Ray Kethledge en Lead Yourself First–  de ser capaz de “distanciarse” del mundo para permanecer centrado en lo verdaderamente importante. Quizá lo que necesiten muchos jóvenes, como también lo necesitamos todos, es recuperar momentos de verdadera soledad (“a state of mind, a space in which to focus one’s own thoughts without distraction -and where the mind can work through a problem on its own”) para encontrarnos con nosotros mismos y tomar con más fuerza las riendas de nuestra vida, personal y laboral.

Los pequeños empujones y la libertad

Nudge good

Hace poco más de un año, en este blog, llamábamos la atención sobre el interés de estar atentos a las políticas de “pequeños empujones” que ponían en marcha las administraciones públicas en muchos países para hacer avanzar medidas beneficiosas para la sociedad, pero que sin esos “pequeños empujones” o acicates (nudges) no tendrían el éxito deseado (“To nudge or not to nudge”). Uno de los promotores teóricos de la lógica del nudging, y de muchas otras estrategias para alinear el comportamiento económico no siempre racional de las personas con acciones y políticas encaminadas al logro de resultados eficientes, el norteamericano Richard Thaler, acaba de ser galardonado con el premio Sveriges Riksbank en memoria de Alfred Nobel, popularmente conocido como el Nobel de Economía. El galardón, que en ocasiones suele generar controversia por las dudas que puede despertar la importancia del trabajo del premiado, esta vez ha sido aclamado de forma casi unánime (véanse algunos comentarios: Financial Times, The Economist, The Wall Street Journal, New York Times, Neue Zürcher Zeitung, Die Welt, El País). Como escribió hace ya algún tiempo Michael Lewis, Richard Thaler es “The Economist Who Realized How Crazy We Are”, o como comentaba esta semana el Washington Post, es el economista que se fija en cómo pequeños comportamientos, a menudo inconscientes, pueden ser gestionados en beneficio de todos (“What’s a urinal fly, and what does it have to with winning a Nobel Prize?”).

Más allá de lo anecdótico, Richard Thaler es considerado uno de los padres de la “economía del comportamiento”, el modo de afrontar los problemas económicos que pone énfasis en el análisis de las actuaciones de las personas que no se ajustan al modelo del homo economicus racional, característico de la ciencia económica convencional. Como señala John Cassidy en The New Yorker, Thaler es uno de esos economistas que “hacen la economía más humana”. En este sentido, con el lejano precedente de los “animal spirits” keynesianos, el nuevo Nobel sigue los pasos de un buen número de investigadores a los que en las últimas décadas se les ha reconocido sus trabajos en torno a esas dimensiones menos racionales del actuar económico, muchos de ellos también Nobeles, como Simon, Akerlof, Fogel, Kahneman, Orstrom o Shiller. Sin duda, las aportaciones más relevantes de Thaler tienen que ver con el análisis de los aspectos de la arquitectura de decisión humana que alteran (o pueden alterar) de una forma predecible el comportamiento de la gente, sin que suponga prohibir ninguna de las opciones de decisión existentes, ni tampoco cambiar de forma significativa los incentivos económicos. Para ser tal, la intervención que se plantee (el nudge) debe ser evitable de forma sencilla y poco costosa. Poner la fruta en el supermercado al nivel de los ojos es un “pequeño empujón” para que la gente coma más fruta; prohibir la comida basura no lo es. Hay infinidad de “pequeños cambios” en la gestión de acciones y planes, en la configuración del contexto de las decisiones, en la promoción de políticas públicas, etc., que pueden mejorar sustancialmente lo que la gente decide y hace, y sus efectos en la sociedad. Como es bien conocido, quizá el ejemplo más famoso de un nudging exitoso sea el de las políticas encaminadas a promover la donación de órganos. En aquellos países donde existe legislación que presupone que todo ciudadano es un donante tras su fallecimiento (lo es by default, por defecto), aunque pueda optar por no serlo de forma muy sencilla si lo desea, el nivel de donaciones crece significativamente respecto a aquellos que requieren un acto voluntario positivo para convertirse en donante. Por supuesto, este nudging ha calado también con intensidad en la gestión de las organizaciones, y ámbitos tan enfocados en las decisiones humanas cotidianas como el marketing (véase “The Rise of Behavioral Economics and Its Influence on Organizations”).

Robert J. Shiller, otro de los pioneros de la economía del comportamiento –en este caso de los comportamientos financieros-, explica así las bondades que se pueden derivar de una profundización en estudios como los Thaler: “Economists need to know about mistakes that people repeatedly make. (…) Thaler has proposed mechanisms that will, as he and Harvard Law School’s Cass Sunstein put it in their book Nudge, change the “choice architecture” of decisions. The same people, with the same self-control problems, could be enabled to make better decisions. Improving people’s saving behavior is not a small or insignificant matter. To some extent, it is a matter of life or death, and, more pervasively, it determines whether we achieve fulfillment and satisfaction in life. Thaler has shown in his research how to focus economic inquiry more decisively on real and important problems. His research program has been both compassionate and grounded, and he has established a research trajectory for young scholars and social engineers that marks the beginning of a real and enduring scientific revolution” (“Another Nobel Surprise for Economics”). Indudablemente, esa “ingeniería social”, trasladable a un sistema de crecientes decisiones by default tanto ante opciones de políticas públicas como de consumo, puede tener consecuencias positivas en muchos ámbitos. Sin embargo, sería naive no poner también el foco –y ponerlo con tanta intensidad como lo ponen los economistas del comportamiento- en los indudables peligros que la generalización de esta lógica, la de una “sociedad by default”, puede acarrear. De una u otra forma, se pone en juego la libertad de la persona.

Milosz Matuschek, profesor de derecho en la Universidad de La Sorbona y autor de Das romantische Manifest, escribe en “Nudge ist Quatsch” (Nudge es una tontería) que el gran problema de teorías como las de Thaler es asumir que hay alguien (el Estado, una organización, un “ingeniero social”…, en definitiva, el arquitecto de las condiciones de decisión) que con una supuesta buena voluntad y un grado de infabilibilidad autoproclamado (sobre lo que es bueno o no) diseñe marcos de decisión que, aprovechando el comportamiento poco racional de las personas –un comportamiento muchas veces inconsciente-, pueda conducirnos a la mejora de la sociedad. Como señala Matuschek, “el Estado no es un actor neutral, no es un ‘pastor’ bueno per se. Si lo fuera, no necesitaríamos ni la idea de división de poderes ni la idea de elecciones, y tampoco la sujeción de la acción de Estado al respeto de los derechos fundamentales”.

Los problemas de las “decisiones inconscientes” (o con un nivel de conciencia y conocimiento más reducido) se perciben con claridad en el caso de la arquitectura de decisiones por defecto. Smith, Goldstein y Johnson analizan con detalle este fenómeno en “Choice Without Awareness: Ethical and Policy Implications of Defaults”, partiendo de la idea de que “defaults are not neutral”. Anunque los autores acaban concluyendo que “smart defaults” pueden ser ciertamente muy beneficiosos, su análisis de por qué los sistemas de decisión por defecto funcionan es más que clarificador sobre su carácter “manipulativo”. Los autores describen los tres mecanismos clave del éxito de los esquemas de decisión por defecto: Implied endorsment (la gente interpreta la opción por defecto como la deseable, como la respaldada como buena por quien plantea la decisión); Cognitive bias (la gente puede sentir que la opción por defecto en cierta medida es la que es suya, la que posee, y por tanto rechazarla sería una pérdida); Effort (el esfuerzo de decir que no, de tener que cambiar y rechazar algo en opciones opt-out, lleva a muchas personas a la inacción). Quizá es triste pensarlo, pero parece que detrás de esos tres mecanismos hay una cierta referencia a la vagancia, esa vagancia a veces nimia, pero que muchas veces nos lleva a ser quizá menos libres de lo que podríamos ser. Es interesante recordar en este punto una frase de Daniel Kahneman, otro de los padres de la economía del comportamiento y también ganador del Nobel en 2002, sobre su colega Thaler: “The best thing about Thaler, what really makes him special, is that he is lazy” (citada por Tim Harford en “Richard Thaler: how to change minds and influence people”).

Una última reflexión se impone al advertir el enorme auge que la economía comportamental, y el éxito de teorías como la de los “pequeños empujones”, están teniendo en nuestros días. Por una parte, parece que ciertamente la superación del paradigma del homo economicus racional nos lleva hacia una “economía más humana”; por otra, y paradójicamente, también se puede pensar que esa misma tendencia nos lleva a una “economía más inhumana”, más cercana a la consideración del hombre como “animal irracional”, como ser que necesita de un “paternalismo bonachón” que conduzca al rebaño por el buen camino, sin que necesariamente se dé mucha cuenta de ello. Es significativo que en la portada de Nudge –la obra más popular de Thaler- quienes protagonizan el pequeño empujón no son dos personas… sino dos elefantes.