Los pequeños empujones y la libertad

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Hace poco más de un año, en este blog, llamábamos la atención sobre el interés de estar atentos a las políticas de “pequeños empujones” que ponían en marcha las administraciones públicas en muchos países para hacer avanzar medidas beneficiosas para la sociedad, pero que sin esos “pequeños empujones” o acicates (nudges) no tendrían el éxito deseado (“To nudge or not to nudge”). Uno de los promotores teóricos de la lógica del nudging, y de muchas otras estrategias para alinear el comportamiento económico no siempre racional de las personas con acciones y políticas encaminadas al logro de resultados eficientes, el norteamericano Richard Thaler, acaba de ser galardonado con el premio Sveriges Riksbank en memoria de Alfred Nobel, popularmente conocido como el Nobel de Economía. El galardón, que en ocasiones suele generar controversia por las dudas que puede despertar la importancia del trabajo del premiado, esta vez ha sido aclamado de forma casi unánime (véanse algunos comentarios: Financial Times, The Economist, The Wall Street Journal, New York Times, Neue Zürcher Zeitung, Die Welt, El País). Como escribió hace ya algún tiempo Michael Lewis, Richard Thaler es “The Economist Who Realized How Crazy We Are”, o como comentaba esta semana el Washington Post, es el economista que se fija en cómo pequeños comportamientos, a menudo inconscientes, pueden ser gestionados en beneficio de todos (“What’s a urinal fly, and what does it have to with winning a Nobel Prize?”).

Más allá de lo anecdótico, Richard Thaler es considerado uno de los padres de la “economía del comportamiento”, el modo de afrontar los problemas económicos que pone énfasis en el análisis de las actuaciones de las personas que no se ajustan al modelo del homo economicus racional, característico de la ciencia económica convencional. Como señala John Cassidy en The New Yorker, Thaler es uno de esos economistas que “hacen la economía más humana”. En este sentido, con el lejano precedente de los “animal spirits” keynesianos, el nuevo Nobel sigue los pasos de un buen número de investigadores a los que en las últimas décadas se les ha reconocido sus trabajos en torno a esas dimensiones menos racionales del actuar económico, muchos de ellos también Nobeles, como Simon, Akerlof, Fogel, Kahneman, Orstrom o Shiller. Sin duda, las aportaciones más relevantes de Thaler tienen que ver con el análisis de los aspectos de la arquitectura de decisión humana que alteran (o pueden alterar) de una forma predecible el comportamiento de la gente, sin que suponga prohibir ninguna de las opciones de decisión existentes, ni tampoco cambiar de forma significativa los incentivos económicos. Para ser tal, la intervención que se plantee (el nudge) debe ser evitable de forma sencilla y poco costosa. Poner la fruta en el supermercado al nivel de los ojos es un “pequeño empujón” para que la gente coma más fruta; prohibir la comida basura no lo es. Hay infinidad de “pequeños cambios” en la gestión de acciones y planes, en la configuración del contexto de las decisiones, en la promoción de políticas públicas, etc., que pueden mejorar sustancialmente lo que la gente decide y hace, y sus efectos en la sociedad. Como es bien conocido, quizá el ejemplo más famoso de un nudging exitoso sea el de las políticas encaminadas a promover la donación de órganos. En aquellos países donde existe legislación que presupone que todo ciudadano es un donante tras su fallecimiento (lo es by default, por defecto), aunque pueda optar por no serlo de forma muy sencilla si lo desea, el nivel de donaciones crece significativamente respecto a aquellos que requieren un acto voluntario positivo para convertirse en donante. Por supuesto, este nudging ha calado también con intensidad en la gestión de las organizaciones, y ámbitos tan enfocados en las decisiones humanas cotidianas como el marketing (véase “The Rise of Behavioral Economics and Its Influence on Organizations”).

Robert J. Shiller, otro de los pioneros de la economía del comportamiento –en este caso de los comportamientos financieros-, explica así las bondades que se pueden derivar de una profundización en estudios como los Thaler: “Economists need to know about mistakes that people repeatedly make. (…) Thaler has proposed mechanisms that will, as he and Harvard Law School’s Cass Sunstein put it in their book Nudge, change the “choice architecture” of decisions. The same people, with the same self-control problems, could be enabled to make better decisions. Improving people’s saving behavior is not a small or insignificant matter. To some extent, it is a matter of life or death, and, more pervasively, it determines whether we achieve fulfillment and satisfaction in life. Thaler has shown in his research how to focus economic inquiry more decisively on real and important problems. His research program has been both compassionate and grounded, and he has established a research trajectory for young scholars and social engineers that marks the beginning of a real and enduring scientific revolution” (“Another Nobel Surprise for Economics”). Indudablemente, esa “ingeniería social”, trasladable a un sistema de crecientes decisiones by default tanto ante opciones de políticas públicas como de consumo, puede tener consecuencias positivas en muchos ámbitos. Sin embargo, sería naive no poner también el foco –y ponerlo con tanta intensidad como lo ponen los economistas del comportamiento- en los indudables peligros que la generalización de esta lógica, la de una “sociedad by default”, puede acarrear. De una u otra forma, se pone en juego la libertad de la persona.

Milosz Matuschek, profesor de derecho en la Universidad de La Sorbona y autor de Das romantische Manifest, escribe en “Nudge ist Quatsch” (Nudge es una tontería) que el gran problema de teorías como las de Thaler es asumir que hay alguien (el Estado, una organización, un “ingeniero social”…, en definitiva, el arquitecto de las condiciones de decisión) que con una supuesta buena voluntad y un grado de infabilibilidad autoproclamado (sobre lo que es bueno o no) diseñe marcos de decisión que, aprovechando el comportamiento poco racional de las personas –un comportamiento muchas veces inconsciente-, pueda conducirnos a la mejora de la sociedad. Como señala Matuschek, “el Estado no es un actor neutral, no es un ‘pastor’ bueno per se. Si lo fuera, no necesitaríamos ni la idea de división de poderes ni la idea de elecciones, y tampoco la sujeción de la acción de Estado al respeto de los derechos fundamentales”.

Los problemas de las “decisiones inconscientes” (o con un nivel de conciencia y conocimiento más reducido) se perciben con claridad en el caso de la arquitectura de decisiones por defecto. Smith, Goldstein y Johnson analizan con detalle este fenómeno en “Choice Without Awareness: Ethical and Policy Implications of Defaults”, partiendo de la idea de que “defaults are not neutral”. Anunque los autores acaban concluyendo que “smart defaults” pueden ser ciertamente muy beneficiosos, su análisis de por qué los sistemas de decisión por defecto funcionan es más que clarificador sobre su carácter “manipulativo”. Los autores describen los tres mecanismos clave del éxito de los esquemas de decisión por defecto: Implied endorsment (la gente interpreta la opción por defecto como la deseable, como la respaldada como buena por quien plantea la decisión); Cognitive bias (la gente puede sentir que la opción por defecto en cierta medida es la que es suya, la que posee, y por tanto rechazarla sería una pérdida); Effort (el esfuerzo de decir que no, de tener que cambiar y rechazar algo en opciones opt-out, lleva a muchas personas a la inacción). Quizá es triste pensarlo, pero parece que detrás de esos tres mecanismos hay una cierta referencia a la vagancia, esa vagancia a veces nimia, pero que muchas veces nos lleva a ser quizá menos libres de lo que podríamos ser. Es interesante recordar en este punto una frase de Daniel Kahneman, otro de los padres de la economía del comportamiento y también ganador del Nobel en 2002, sobre su colega Thaler: “The best thing about Thaler, what really makes him special, is that he is lazy” (citada por Tim Harford en “Richard Thaler: how to change minds and influence people”).

Una última reflexión se impone al advertir el enorme auge que la economía comportamental, y el éxito de teorías como la de los “pequeños empujones”, están teniendo en nuestros días. Por una parte, parece que ciertamente la superación del paradigma del homo economicus racional nos lleva hacia una “economía más humana”; por otra, y paradójicamente, también se puede pensar que esa misma tendencia nos lleva a una “economía más inhumana”, más cercana a la consideración del hombre como “animal irracional”, como ser que necesita de un “paternalismo bonachón” que conduzca al rebaño por el buen camino, sin que necesariamente se dé mucha cuenta de ello. Es significativo que en la portada de Nudge –la obra más popular de Thaler- quienes protagonizan el pequeño empujón no son dos personas… sino dos elefantes.

Los nuevos monopolistas

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Son ya muchos años los que lleva la Unión Europea tratando de supervisar de forma más eficaz las actuaciones en el Viejo Continente de gigantes tecnológicos como Google, Apple o Facebook. En los últimos días han sido noticia sus esfuerzos para regularizar las obligaciones fiscales de Amazon (“Bruselas obliga a Amazon a devolver 250 millones en impuestos a Luxemburgo”) y  Apple (“La Unión Europea ordena a Irlanda que recaude impuestos de Apple”), pero informaciones de este tipo se repiten una y otra vez. Y es que el tamaño y el poder alcanzado por estas grandes compañías de la economía digital cada vez genera más distorsiones en los mercados y en la sociedad, y no sólo fiscales.

Google, Apple, Amazon y Facebook, por citar los casos más paradigmáticos, se han convertido en los nuevos monopolistas de la aldea global, y surgen infinidad de voces que exigen que –como ha sucedido históricamente con los viejos monopolios- su actividad sea objeto de mayor escrutinio y control, tanto por parte de los poderes públicos como de la sociedad en general. Como señalaba The Economist en un artículo reciente (“What if large tech firms were regulated like sewage companies?”) está emergiendo en América y Europa un consenso generalizado sobre la necesidad de “domar” a las grandes firmas tecnológicas, que con una capitalización que ronda los tres billones de dólares (sin contar a Microsoft y Apple) dominan los negocios de servicios online y de social media en todo el mundo. Un poder de mercado que no se recuerda desde tiempos de la East India Company o la Standard Oil. El semanario británico plantea que una opción para domar a estos gigantes es tratarlos como negocios de utilities, de servicios esenciales de los que los ciudadanos no pueden prescindir y que sería muy caro sustituir, como los casos de la energía, el agua, etc. En este sentido, se trataría de aplicar los marcos regulatorios que ya son comunes en Europa bajo el concepto de regulated asset base (RAB), para favorecer entornos más competitivos en sectores básicos de la economía: “The idea is that the monopolist’s profits should not exceed the level that a competitive market would allow. That means estimating the cost to an imaginary new entrant of replicating the incumbent’s assets (this is the RAB) and calculating the profits the newcomer would make if its returns matched its cost of capital. The actual monopoly’s earnings should not exceed this amount. Safeguards are added to ensure the utility is run efficiently, keeping costs low. Regulators review the framework every few years”.

Pero los peligros de estos nuevos monopolios van más allá de sus efectos en las condiciones de competencia en los mercados. Mordecai Kurz, Profesor de Economía de la Universidad de Stanford, mantiene que son también causantes de parte del crecimiento de las desigualdades en las sociedades avanzadas y de la la lenta mejora de los salarios reales desde los años setenta hasta nuestros días (véase, On the Formation of Capital and Wealth). Mordecai cree que los efectos del enorme crecimiento del sector de las tecnologías de la información, y de sus principales compañías, todavía no se entiende bien y es necesario y urgente que haya un debate público sobre cómo abordar su regulación. El autor plantea que al menos la discusión sobre tres cuestiones es esencial: “First, because most technology-based monopoly power does not violate existing antitrust laws, regulating IT will require new measures to weaken monopolies. New concepts of the public interest are also needed for regulating new public information channels such as social networks. Second, standard views of business income and wealth taxation will need to be adapted to account for IT firms’ monopoly power. And, third, laws intended to protect private information should be reevaluated to ensure that IT companies are unable to profit from exploiting and manipulating it. Above all, the public must develop a deeper understanding of the economic effects of IT, particularly how technologies that have improved the lives of so many are enriching the lives of so few” (“The New Monopolists”).

Con la necesidad de alimentar esa deseable conciencia ciudadana sobre los peligros del control del sector de las tecnologías de la información por ese puñado de monopolistas coincide Gillian Tett en “Big Tech bonanza needs closer scrutiny”. La periodista del Financial Times, que fue una de las pocas personas que con una mirada antropológica alertó de algunas de los comportamientos que nos llevaron a la crisis financiera de 2008, considera que que es necesario romper el “silencio social” y la admiración casi ciega que existe en torno al sector, y que dificultar ver los riesgos que se derivan de la actuación de estos monopolistas. Y hace un interesante paralelismo entre lo que sucedió hace una década y lo que puede estar sucediendo en la actualidad: “In the early years of this century it was clear that finance in general — and complex products like credit derivatives in particular — were exploding in scale. But politicians in American and Europe were uninterested in peering into the financial undergrowth. This partly reflected deft lobbying by banks, and deliberate opacity. But the simpler problem was that credit derivatives were swathed in technical language and acronyms and perceived by non-bankers to be utterly boring and dull. As a result, it felt natural for politicians, journalists and voters to avert their eyes and leave this sector to the geeks. After all, consumers were enjoying a bonanza of cheap mortgages; nobody felt much need to challenge the status quo. (…) Of course, the titans of Silicon Valley insist they are saving the world, not sparking a systemic crisis. But the key point is that consumers are hooked on cheap (or quasi “free”) tech services, as they were hooked on cheap mortgages a decade ago. But few have any idea about how the internet works, or even care to ask. Once again, we have placed blind trust in geeks”.

El ciudadano CEO

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Son tiempos de cambio para los directivos, en especial para aquellos que desde puestos de máxima responsabilidad representan a empresas y grandes corporaciones ante la sociedad. Así parece deducirse de los resultados del último informe de PriceWaterhouseCoopers sobre el comportamiento ético de los CEOs (CEO Success Study). De acuerdo con el estudio, llevado a cabo entre 2.500 grandes empresas cotizadas de todo el mundo, cada vez hay más altos directivos que tienen que abandonar sus puestos como consecuencia de actuaciones poco éticas; que son relegados de su cargo a causa de escándalos o conductas impropias. De hecho, entre 2012-2017 esos casos aumentaron casi un 36% respecto al período 2007-2011, pasando de suponer un 3,9% de los todos relevos, a un 5,3%. Estas cifras eran superiores en Estados Unidos y Europa, donde se pasó del 4,6% al 7,8%. Aunque en términos absolutos los datos no son muy llamativos, en términos relativos y de evolución en el tiempo las cifras dan que pensar. Y también hacen reflexionar las posibles causas de este fenómeno que se identifican en el informe.

Per-Ola Karlsson, DeAnne Aguirre y Kristin Rivera (“Are CEOs Less Ethical Than in the Past?”) sintetizan esas causas en las siguientes ideas: “Over the last 15 years, the environment and context in which companies operate has changed dramatically as a result of five trends. First, the public has become more suspicious, more critical, and less forgiving of corporate misbehavior. Second, governance and regulation in many countries has become both more proactive and more punitive. Third, more companies are pursuing growth in emerging markets where ethical risks are heightened, and relying on extended global supply chains that increase counterparty risks. Fourth, the rise of digital communications has exposed companies and the executives who oversee them to more risk than ever before. Finally, the 24/7 news cycle and the proliferation of media in the 21st century publicizes and amplifies negative information in real time”. En conclusión, el actual Zeitgeist favorece el escrutinio público y la censura de los comportamientos poco éticos de los directivos, cuyas faltas ya no pueden quedar encerradas en las cuatro paredes de sus corporaciones. Los CEOs cada vez están más expuestos al juicio de los ciudadanos, de los políticos, de sus propios pares, y por ello necesitan hacer un esfuerzo para ser percibidos no sólo como buenos directivos, sino también como buenos ciudadanos.

Esta idea de ‘ciudadanía’, de mayor compromiso con el entorno, se percibe también en el cierto cambio que se está produciendo en el ejercicio de la filantropía por parte de los super-ricos. En The Givers: Money, Power, and Philanthropy in a New Gilded Age, David Callahan explica cómo, a diferencia de lo que sucedía con los filántropos de principios del siglo XX (Rockefellers, Carnegies, etc.), los filántropos actuales (Gates, Koch, etc.) actúan de hecho como ‘super-ciudadanos’, promoviendo ciertas causas sociales e influyendo en las políticas públicas, formando una parte cada vez más importante de la ‘acción política’ orientada a resolver los problemas de la sociedad (sobre todo, aquellos a los que los Gobiernos llegan cada vez con mayor dificultad).  Lovia Gyarkye en “Have the Rich Become ‘Super Citizens’?” (The New Republic) comenta la obra de Callahan y señala: “More than 100 years later, the face of philanthropy in America has changed. Contemporary philanthropists don’t look like the tycoons of the Gilded Age. They are energized by datadriven solutions and seek social causes where they can have a high impact. They want change and they want it now. They do not just dole out grants to community organizations, they create political wings to their foundations, influence policy, and steer conversations on a national level”.

El compromiso ciudadano de los super-ricos y de los CEOs quizá también requiera un cierto cambio de actitud y modo de actuar personal, que se distancien de los estereotipos del hombre de éxito y del profesional con una confianza y autoestima desbordadas. Joann S. Lublin se refiere esta semana a la necesidad de ese cambio en “The Era of Overconfident CEOs Is Waning” (The Wall Street Journal): “Executives cannot succeed without self-confidence, but too much can be a career killer. Strong-headed senior managers who exaggerate their abilities and struggle to admit mistakes may find themselves on the outs in an era of flat organizations and greater transparency. (…) Companies have become so complex that they increasingly prefer executives who are open, inclusive and collaborative rather than overconfident,” said Stuart S. Crandell, senior vice president of Korn Ferry Institute, the research arm of recruiters Korn/Ferry International”.

Activismo inversor

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La columna Schumpeter de The Economist dedica esta semana su atención al “activismo” de los grandes fondos de inversión que, como importantes accionistas, cada vez plantean más demandas y exigencias a quienes gobiernan las empresas en las que participan. En “A boss’s guide to fending off an activist attack” se puede leer: “Modern bosses are a resilient bunch who can handle everything from Twitter storms to takeovers. But one thing drives many of them berserk: activist hedge funds, which buy stakes in companies and lobby for change”. El artículo describe casos en los que fondos como Elliott Management o Third Point, entre muchos otros, han presionado para adoptar cambios estratégicos en grandes compañías. Teniendo o no una presencia activa en los Consejos de Administración, el indudable poder de estos inversores se hace notar cada vez más, y por eso el artículo propone que las empresas tengan una política clara de relación con ellos: “Instead of getting angry, CEOs need to get even. Schumpeter has put together a battle drill on how to cope with activists. It has four elements: know the enemy; prepare for them to attack; smother them with sincerity; and make concessions if you have to”.

Pero la discusión sobre el activismo inversor cada vez es más relevante en torno a otro tipo de fondos, tradicionalmente “pasivos”, los gigantes fondos indexados. Estos fondos son aquellos cuya política de inversión es la de seguir un índice bursátil o un índice de renta fija intentando desviarse lo mínimo posible del índice. Por ejemplo, los fondos cuya política de inversión es seguir al índice S&P500, compran todas las acciones que pertenezcan a este índice y las venden cuando salen del mismo. Poco a poco, en los últimos años, estos fondos –los dos más importantes son Vanguard y BlackRock-, que ofrecen grandes ventajas a los inversores (sobre todo unas comisiones muy bajas, ya que sus decisiones de inversión están muy automatizadas y requieren poca gestión), se han convertido en los accionistas principales de las grandes empresas en todo el mundo. Como se comenta en “These three firms own corporate America”, “the rise of index funds has entailed a massive concentration of corporate ownership. Together, BlackRock, Vanguard and State Street have nearly US$11 trillion in assets under management. That’s more than all sovereign wealth funds combined and over three times the global hedge fund industry. (…) The Big Three, taken together, have become the largest shareholder in 40% of all publicly listed firms in the United States. (…) In the S&P 500 -the benchmark index of America’s largest corporations- the situation is even more extreme. Together, the Big Three are the largest single shareholder in almost 90% of S&P 500 firms, including Apple, Microsoft, ExxonMobil, General Electric and Coca-Cola”.

La situación en Estados Unidos se replica prácticamente en todo el mundo. Esta semana, en nuestro país, con motivo de distintas presentaciones del libro Ibex 35. Una historia herética del poder en España (Rubén Juste), la obra de cabecera de Podemos para impulsar su cruzada contra “La Trama”, esos fondos de inversión han sido tema de debate. Tomando como base una referencia de Pablo Iglesias, líder de Podemos, al fondo BlackRock como “el gigante silencioso” –advirtiendo de su enorme poder oculto-,  Cinco Días y El País publicaban un artículo titulado “Tres razones por las que BlackRock no es el poder silencioso que dice Podemos”. Su autor, Miguel Moreno Mendieta, reconocía que BlackRock es el principal inversor en la Bolsa española (17.000 millones) y que junto a Vanguard, por ejemplo, son los principales accionistas (casi con un 10% entre los dos en cada caso) de nuestros dos grandes bancos, BBVA y Santander. Pero al mismo tiempo escribía: “La gestora, aun teniendo una potencia de fuego incomparable, no ejerce el poder que se le supone. Por tres motivos: porque no invierte por cuenta propia; porque no invierte a través de un único fondo, sino a través de decenas de vehículos, cada uno con una política independiente; y porque entre sus fondos predomina la gestión pasiva, que no interfiere apenas en las empresas en las que invierte”. Ciertamente, la “pasividad”, y el predominio de una estrategia de inversión basada en los algoritmos (como se recuerda en un artículo reciente de la La Repubblica: “Il gestore sarà l’algoritmo’: BlackRock apre il fronte della guerra del risparmio”) parecen alejar el temor del ejercicio de un gobierno activo, y quizá no deseado, de las empresas por parte de estos fondos.

Sin embargo, esa “pasividad” siempre es parcial. O por decirlo de otro modo, la pasividad aparente de los fondos indexados puede ser también una forma de activismo. Por un lado, como señala Luis M. Viceira, profesor de la Harvard Business School en “Vanguard, Trian And The Problem With ‘Passive’ Index Funds” (Forbes), “Index funds by definition don’t look at what is happening in the corporations they own. (…) But when [index funds] become the largest shareholders, they need to take a stand. And for the first time, this appears to be happening. Large index funds such as BlackRock and Vanguard have become aware that staying out of corporate governance is not in the best interest of their investors. (…) For example, Vanguard has participated in proxy votes at shareholder meetings. While it has mostly voted in accordance with recommendations by management, in some key areas it has parted ways. It has supported shareholder resolutions concerning governance and compensation issues 75 percent and 92 percent of the time, respectively”. Por otro lado, cada vez es más habitual que los responsables de esos gigantescos fondos –más allá de la gestión automatizada e indexada de sus inversiones- sostengan ciertos principios y valores de actuación de fondo que afecten a las compañías en las que invierten. Como se comenta en el mismo artículo de Forbes, “in 2015, CEO Bill McNabb signaled his recognition of the increased role Vanguard has to play in a letter to some 500 publicly traded companies, spelling out corporate governance principles that it would advocate. BlackRock CEO Larry Fink followed in 2016 with a letter to chief executives of large US and European companies urging them to focus on long-term value creation, and for boards to actively engage with management in long-term strategic planning”. Recientemente, también Larry Flink, fundador de BlackRock, ha defendido el compromiso de su fondo con las políticas de cuidado del medio ambiente, o con la diversidad en la configuración de los Consejos de Administración de las compañías (“Exclusive: BlackRock vows new pressure on climate, board diversity”)

No se puede dudar del creciente protagonismo y poder de los fondos de inversión –y en especial de los fondos indexados- en la vida económica y empresarial de la mayoría de los países desarrollados. La naturaleza de su activismo, en favor de ciertas causas, actitudes y comportamientos, relacionados con la vida de las empresas, está todavía por ver. Pero ya sea con una gestión más basada en los juicios humanos (la de los fondos tradicionales) o una más informatizada y pasiva (la de los fondos indexados), su impacto en la sociedad puede ser muy grande. Es bueno que no olviden, en ninguno de los casos, que un gran poder conlleva siempre una gran responsabilidad.

Harvard Business School, el caso

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En las últimas semanas se ha comentado mucho el libro The Golden Passport, trabajo en el que el veterano periodista económico Duff McDonald se adentra, con una mirada crítica, en la cultura y en la identidad institucional de la Harvard Business School (HBS). Tomando a la escuela de negocios de Harvard como símbolo de las business schools en general, McDonald concluye que están tan ensimismadas en su éxito y en sus modos de hacer que han dejado de plantearse las preguntas básicas sobre el rol de la empresa y los negocios en la sociedad actual: “The Harvard Business School became (and remains) so intoxicated with its own importance that it blithely assumed away one of the most important questions it could ask, which was whether the capitalist system it was uniquely positioned to help improve was designed properly for the long term. (…) With economic inequality at a hundred-year high and meaningful progress on climate change and other social and environmental issues embarrassingly paltry, the answer to that question it obvious. It is not”. Como comenta Andrew Ross Sorkin en el New York Times, el libro plantea suficientes cuestiones relevantes como para que la Harvard Business School elabore un caso sobre sí misma, en torno a estos temas.

No se sabe si la Escuela seguirá este consejo, pero sí que el libro de McDonald ha provocado una intensa discusión interna en la institución universitaria. De hecho, The Economist (“From great to good”) publica esta semana el contenido de un memorándum confidencial que no tiene desperdicio, y que ha circulado entre los profesores veteranos de la HBS, a raíz de la publicación de The Golden Passport. El documento reconoce que, aunque poco ponderado, el análisis de McDonald puede galvanizar la hostilidad hacia la Escuela, dentro y fuera de la Universidad de Harvard. Ante esa realidad, el texto del memorándum analiza algunos de los logros y de los retos estratégicos de la institución, y hace autocrítica frente a algunos de los problemas resaltados en The Golden Passport.

Respecto al modelo de negocio de la Escuela, de su descripción en el documento llaman la atención algunas cosas. En primer lugar, que sólo el 17% (127 millones de dólares) de los ingresos de la escuela provienen de las matrículas y gastos de los alumnos ordinarios (el alumno paga 71.000 dólares anuales por la formación, pero sobre todo por “buying social standing as well as access to an alumni network that will dramatically raise their odds of getting high-paying salaries”).  El resto de los ingresos se reparten del siguiente modo: 23% (programas de formación para ejecutivos), 29% (publicaciones, casos, la revista de la Escuela), y 31% (donaciones de hombres de negocios de éxito), en este último caso –reconoce el memorándum- “some of them may well under the impression that they gain influence over what we teach”.

Por lo que se refiere a los retos (problemas) estratégicos, el documento –sin dejar de recordar que la economía de la Escuela es más que sólida: 8% de incremento anual de los ingresos en la última década, un endowment de 3.200 millones de dólares, y activos por valor de otros 1.600 millones- señala tres fundamentales. El primero es bastante convencional: mantener ante una competencia cada vez más intensa “the intelectual leadership”, reteniendo el talento académico por el que Harvard siempre ha despuntado. Los dos retos siguientes tienen más que ver con algunas de las críticas expuestas en el libro de McDonald, pero que son reflejo de la delicada situación de las Escuelas de Negocios, en general, en el actual momento histórico, político y social. Por un lado, se hace referencia a los crecientes conflictos de interés que afectan a la propia formación: “conflicts of interest -let’s be honest here- that have become glaring. We grant companies a veto over case studies written about them. We permit our faculty to be paid, for example, through consulting gigs, by firms they teach about. We do case studies on some of our big donors. It is likely that this compromises our objectivity”. Por otro lado, el documento señala como tercer problema la cuestión de la desigualdad, que el propio modelo de negocio de la Escuela ha agudizado en los últimos años: “We may perpetuate inequality, a relevant subject at the moment. We have worked to make our intake of students more diverse. But even after the financial aid that we give to some, we have ramped up our effective MBA fees by 31% over the past five years. Relative to the median salary our graduates earn in their first year at work, our fees are twice as costly as they were in 1986. It doesn’t take much to see our network as a form of cronyism”.

La conclusión del análisis es evidente: o se afrontan esos problemas, o la Escuela puede tener problemas, dice el memorándum. “Left unaddressed these weaknesses could compromise our business model. If HBS is more about cash and contacts than ideas, bright people may eventually go elsewhere. Other schools may stop buying our case studies if they doubt their objectivity. We are part of Harvard University, but our already uneasy relationship with it could deteriorate”.

Andrew Hill en el Financial Times también dedica su columna semanal al debate sobre la HBS, y más genéricamente, a la posibilidad de que surjan culturas de formación empresarial y directiva no necesariamente “Harvard-centric” (centradas en el método del caso, en el directivo individual, en la grandes corporaciones, etc.). Hill concluye: “HBS itself is not going away. Its leaders and backers will continue, in McDonald’s words, to ‘eartnestly present themselves as the solution to problems they have helped cause’. They and other schools should, however, consider whether to readjust their grandiose world-changing ambitions. For the rest of the 21st century, I suggest a more mundane target: train people to do the right thing in business, and to do it well”.

La postverdad, el efecto avestruz y otros fenómenos

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La discusión sobre la verdad de las cosas y de los acontecimientos que se maneja en la opinión pública, en torno a los temas de actualidad, sigue generando ríos de tinta. El debate sobre la postverdad, las fake news, o simplemente sobre la difusión de mentiras en los medios, se ha convertido en tema de charla de café. Pero más allá de la popularidad actual de estos fenómenos, o de la preocupante tendencia a mezclar información de muy distinta calidad en los mensajes que se difunden públicamente, lo cierto es que la reflexión sobre la verdad, o al menos, sobre la “calidad” de las noticias que nos llegan, es más necesaria que nunca. Y a la hora de hacer esa reflexión es bueno tener en cuenta algunos procesos bien estudiados y documentados por la investigación en economía de la información.

Uno de esos efectos es el “efecto avestruz”, estudiado con detalle en el mundo de las finanzas. Según esta teoría, los inversores a menudo tienden a evitar la información negativa que les puede causar una desazón psicológica, lo que explica, por ejemplo, que el consumo de información financiera se reduzca mucho en momentos de crash y se active con los booms. Tim Harford, en el Financial Times, explica cómo este fenómeno en parte podría ser responsable de que muchos brexiters sigan con gusto noticias favorables sobre la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea –aunque puedan ser falsas y exageradas-, y eviten por el contrario informaciones negativas sobre el proceso –aunque puedan ser acertadas e importantes para sus vidas-. Además, según Harford, este efecto se complementa con el “efecto confirmación”, que nos lleva a buscar y favorecer aquellas informaciones que se ajustan a nuestras posiciones: “People mined the information they were given for ways to support their existing beliefs. When invited to search for more information, they would seek out data that backed their preconceived ideas. This confirmation bias is the flip side of the ostrich effect. And when required to assess the strength of an opposing argument, they would spend no small effort thinking up ways to shoot it down. So we avoid unpleasant information, even when it might do us some good. We actively seek out information that supports our preconceptions. And when standing face to face with an inconvenient fact or claim, we muster every counterargument we can find” (“Beware the ostriches pursuing a Brexit deal”).

El psicólogo Alain Samson se refiere a la importancia de tener en cuenta estos comportamientos en nuestra sociedad de la información, donde se hace especialmente necesario ser conscientes de nuestra capacidad de discernimiento. Samson escribe en “Information Avoidance in the Information Age” (Psychology Today): “We now appear to live in both the information age, with an ever-increasing abundance of data, and a world that some people refer to as post-truth, where emotional appeals have come to replace facts (particularly in politics). On the surface, this may appear paradoxical. In standard economics, humans are rational agents who revise their beliefs based on new information they receive. More information means better knowledge and better decisions. Psychology, behavioral economics and honest introspection, however, suggest that people often don’t live up to this ideal”.

Desde una perspectiva algo distinta, aunque coincidiendo en el fondo con la idea de la confirmación de las propias ideas, Sagit BarGill y Neil Gandal explican en “Online exploration, content choice, and echo chambers: An experiment” cómo en las redes sociales y entornos online muchas personas se enclaustran en “cámaras de eco”, consumiendo preferentemente contenidos procedentes de otras personas y medios muy similares a ellas, y que han recibido especial aclamación (likes, reenvíos, etc.).  De nuevo, la clave no es tanto la calidad de la información, sino su alcance y aceptación en entornos cercanos a los propios. Como señalan BarGill y Gandal, este proceder es especialmente común entre los jóvenes y las personas muy activas en la red: “Online echo chambers –in which people engage only with others that share, and media that reflect, their opinions and biases– have become an area of concern in the wake of last year’s startling political upsets. (…) Highly social users and younger users are most likely to get caught in echo chambers, while opinion leaders are less likely to get caught. Reducing the visibility of content popularity information, such as ‘like’ and ‘view’ counts, may help mitigate echo chamber effects”.

La extension de las ‘fakes news’, o de la información de baja calidad, guarda también muchos paralelismos con otro fenómeno muy estudiado en economía de la información, causado por las asimetrías informativas en los mercados. Se trata del famoso dilema del “mercado de los limones” (en referencia al mercado de los coches de segunda mano), que popularizó en Nobel George A. Akerlof. Ante unos precios similares, y con un desequilibrio informativo a favor de los vendedores (que saben mucho más sobre los distintos niveles de calidad de los vehículos), el mercado tiende a inundarse de los coches de menos calidad, con los que los oferentes logran más margen, expulsando a los superiores. En “Fake News and the Market for Lemons” se explica así el paralelismo con la difusión de información de baja calidad: “Interestingly, the rise of fake news parallels the lemon dilemma in the market. True news stories are significantly more expensive to produce than fake ones, requiring extensive research, editors, and fact checkers. Similarly to the lemon market, there is also significant information asymmetry between the writer and the reader, where the writer is aware of the validity of an article and the reader is not. As a result, the news market is susceptible to the same market failure that dominates the lemon market – there is a strong implication that fake news could potentially drive out true news”. Stephan Russ-Mohl, Director del European Journalism Observatory lo explica con más detalle en “A Market for Lemons”.

Guardando las distancias, al pensar en un panorama informativo en el que gratuitamente se puede acceder con la misma facilidad a información de calidad que a verdaderos contenidos tóxicos viene necesariamente a la mente la famosa Ley de Gresham (o de Oresmes, o de Copérnico), de la expulsión del dinero “bueno” por el “malo” cuando ambos circulan conjuntamente, con un valor formal igual confirmado por el emisor de la moneda. Recientemente, Robert Thomson, del Wall Street Journal, hacía referencia al papel que podían/debían jugar los omnipoderosos “emisores” de información, como Google o Facebook, a la hora de discriminar los contenidos de calidad frente a otros (“Fake News and the Digital Duopoly”). Comentando el artículo de Thomson, un lector reflexionaba: “In “Fake News and the Digital Duopoly” (op-ed, April 5), Robert Thomson describes the effect of a kind of Gresham’s Law of Media: Bad “journalism” drives out good journalism. (…) Old media, such as The Wall Street Journal, which Mr. Thomson’s company, News Corp , owns, every day exercise the responsible editorial judgment that Gresham’s Law is relentlessly eroding in the online world. Most of the trash that somehow qualifies as news online would never be allowed to be expressed or presented on a college campus, for example. But it’s perfectly fine to show bomb-building instructions on the “new” media—as long as it doesn’t run near an equally hypocritical big company’s advertisement” (“Gresham’s Law of Bad Internet Journalism”).

Gignificación del trabajo

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Jia Tolentino cuenta esta semana en The New Yorker la historia de Mary, una conductora de Lyft –red de transporte compartido similar a Uber- que contaba en el blog de la compañía cómo había podido recoger a varios pasajeros, en medio de las primeras contracciones, pocos minutos antes de dar a luz. En el blog se celebraba la “proeza” de Mary, y se animaba a otros trabajadores de la compañía a que contaran experiencias similares o especiales (“Do you have an exciting Lyft story you’d love to share? Tweet us your story at @lyft_CHI!”). En “The Gig Economy Celebrates Working Yourself to Death”, Tolentino llama la atención sobre la perversidad de referirse a esa anécdota como “excitante historia”, sobre todo en una empresa que no ofrece a sus empleados ni baja por maternidad ni seguro médico: “Mary’s story looks different to different people. Within the ghoulishly cheerful Lyft public-relations machinery, Mary is an exemplar of hard work and dedication -the latter being, perhaps, hard to come by in a company that refuses to classify its drivers as employees. Mary’s entrepreneurial spirit—taking ride requests while she was in labor!- is an “exciting” example of how seamless and flexible app-based employment can be. Look at that hustle! You can make a quick buck with Lyft anytime, even when your cervix is dilating”.

El artículo muestra algunos ejemplos más de esta nueva mentalidad de la denominada “gig economy”, de la economía que entretejen un número creciente de negocios, la mayoría de ellos tecnológicamente mediados, que funcionan creando gigantescas redes de “trabajadores” temporales, a menudo autónomos, que realizan servicios flexibles, y se comportan como freelancers (ya sea como conductores, profesionales liberales, hospederos, etc.). Tolentino comenta por ejemplo el caso de Fiverr, una red de gestión de servicios profesionales, cuyo lema es “In Doers We Trust”. La compañía explica el sentido de ese eslogan en los siguientes términos: “The campaign positions Fiverr to seize today’s emerging zeitgeist of entrepreneurial flexibility, rapid experimentation, and doing more with less. It pushes against bureaucratic overthinking, analysis-paralysis, and excessive whiteboarding.” Para la autora del artículo, “this is the jargon through which the essentially cannibalistic nature of the gig economy is dressed up as an aesthetic”.

De hecho, cada vez son más las llamadas de atención sobre la degradación de las relaciones laborales, y la desaparición de coberturas sociales y sanitarias que se producen en la economía gig. Emma Jacobs, en “The gig economy: freedom from a boss, or just a con?”  (The Spectator) ha analizado recientemente este fenómeno en torno al debatido caso de Uber, que ha disparado las alarmas tanto en Estados Unidos como en Gran Bretaña. En la misma línea, Arun Sundararajan, profesor de la New York University School of Business, señala en “The ‘gig economy’ is coming. What will it mean for work?” (The Guardian): “In many countries, key slices of the social safety net are tied to full-time employment with a company or the government. Although the broader socioeconomic effects of the gig economy are as yet unclear, it is clear we must rethink the provision of our safety net, decoupling it from salaried jobs and making it more readily available to independent workers”.

La gignificación del trabajo forma parte de un fenómeno cada vez más preocupante: la creciente desigualdad en las condiciones de los puestos de trabajo, entre trabajos similares en diferentes empresas de un mismo sector, o incluso dentro de una misma empresa. Por un lado, hay una fuerza de trabajo que disfruta de salarios y condiciones laborables envidiables en grandes corporaciones; por otro, incluso en esas mismas empresas, pero sobre todo en sus competidoras, hay personas que trabajan en un entorno de enorme inestabilidad y precariedad. De este fenómeno se ocupa Nicholas Bloom en un artículo reciente publicado en la web de la Harvard Business Review (“Corporations in the Age of Inequality”). Bloom considera para entender la creciente desigualdad que hay en muchas sociedades hay que analizar con detalle esa desigualdad laboral entre compañías, que cada vez es más evidente: “If we want to truly understand income inequality – if we want to mitigate it and its pernicious effects- we must look beyond CEO compensation and tax policy and consider the role played by firms and their hiring and compensation policies for ordinary, non-millionaire workers. This is not a simple morality play in which evil companies are pitted against the middle class. There is nothing nefarious about Google’s goal of being the global leader in software and machine learning, or in its hiring the best employees it can find. Yet the result of countless strategic decisions in pursuit of such goals by Google and other elite companies throughout the world -not just in tech- has been to raise the compensation of some workers far more than others. It’s time to turn our attention from comparing individuals’ fortunes to considering differences between firms.”

La creciente desigualdad entre empresas y trabajos, de la que el empleo en la economía gig es un buen ejemplo, es una dimensión más de la enorme revolución que se está produciendo en el mundo laboral como consecuencia de la revolución tecnológica. En cierta forma, el “trabajador gig” (si se puede utilizar esta expresión) está a medio camino entre el privilegiado profesional al que se refiere Bloom (“the best-educated and most-skilled employees cluster inside the most successful companies”) y la robotizada fuerza laboral con la que sueñan muchas compañías (una fuerza laboral sin necesidades sociales ni sanitarias, y muy poco reivindicativa). De hecho, más allá de las indudables ventajas que pude tener para muchas personas participar en la economía gig (libertad, flexibilidad, adaptación a circunstancias personales, etc.), su extensión en la sociedad –al menos en las condiciones en que se está desarrollando en nuestros días- puede generar indudables problemas y tensiones. Aunque entre gignificación y dignificación del trabajo, al menos desde un punto de vista léxico, sólo hay una letra de distancia, en realidad entre ambos conceptos existe casi un abismo, que no se puede dejar pasar por alto.