La sociedad satírica

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Elon Musk es seguramente el empresario más popular y mediático del planeta en la actualidad. Sus grandes proyectos en Tesla para revolucionar el mercado del automóvil, sus no menos impresionantes sueños espaciales, o sus ideas para transformar las infraestructuras de transportes en las grandes ciudades están atrayendo la atención de periodistas, inversores y políticos. Musk es además todo un personaje; un empresario atípico, con toques extravagantes y una enorme capacidad de desconcierto. Es sin duda un visionario, un provocador nato, y a menudo hace gala de un humor negro un tano macabro (como cuando dijo que tenía planes para conquistar Marte, pero que él no iría en las primeras expediciones, ya que quería ver crecer a sus hijos). Por todo ello, no podía pasar inadvertida una de sus últimas aventuras –no se sabe muy bien hasta qué punto seria o no-, centrada en la creación de un negocio informativo basado en contenidos humorísticos, satíricos, etc. De hecho, sus declaraciones a Daily Beast sobre el particular dieron la vuelta al mundo. Musk afirmaba: “It’s pretty obvious that comedy is the next frontier after electric vehicles, space exploration, and brain-computer interfaces”. Los expertos todavía debaten si la afirmación era una broma más del fundador del Tesla, o tras ella había algo más serio.

Broma o no, lo cierto es que esa idea de la comedia como “the next frontier” (o quizá, mejor, “the current frontier”) da que pensar. Y da que pensar sobre todo cuando hace referencia a su expansión en el ámbito de las noticias, de la información y de la reflexión sobre los temas de la actualidad, en torno a los asuntos de interés público. Sin entrar en disquisiciones literarias que requerirían diferenciar entre la comedia, la parodia, la sátira, etc., es una realidad que los géneros humorísticos aplicados a la información, y sobre todo a la crítica social y política, son cada vez más populares entre los ciudadanos del siglo XXI. Y son también cada vez más influyentes en la vida pública. No hay más que ver qué está pasando con el mundo de las noticias en televisión.

Aunque los denominados programas satíricos de noticias son antiguos –algunos tan veteranos y populares como los guiñoles en Francia y España, o el Saturday Night Live estadounidense-, en los últimos años su número se ha multiplicado en muchísimos lugares. Un repaso a la Lista de programas satíricos de noticias por países, según la Wikipedia, muestra a las claras esa tendencia. Los Estados Unidos han marcado el camino con la enorme influencia en la creación de opinión pública –tanto a favor, como en contra de ciertas posturas- de personajes como Jon Stewart, Stephen Colbert, John Oliver o Trevor Noah, entre otros muchos. Pero el fenómeno es global. En España, un programa como El Intermedio –dirigido por el Gran Wyoming- triunfa entre los jóvenes y es percibido como uno de los programas de más calidad, según un estudio reciente llevado a cabo por IC Media sobre la confianza de los contenidos televisivos. También ha dado la vuelta al mundo la historia de Bassem Youssef, el cirujano que en medio de la revolución egipcia de 2011 creó el programa Al Bernameng, convirtiéndose en el azote del gobierno y cosechando un éxito desconocido hasta entonces en aquel país (su historia se llevó el año pasado a la gran pantalla en el documental Tickling Giants).

Por supuesto, el humor, la sátira y la parodia han sido siempre formas fundamentales de ejercer la crítica social y política, y en muchos casos –como en el de Bassem Youssef- han supuesto casi la única manera efectiva de llevarla a cabo, cuando formas más “serias” de crítica quizá estaban limitadas o prohibidas (por la presión social, por la censura, por cuestiones culturales, etc.). En ese sentido, se puede pensar que la generalización de la sátira y su creciente influencia en la vida pública es un fenómeno sano, ya que desdramatiza muchos de los temas de actualidad y alcanza a casi cualquier ámbito del poder y del establishment social, cultural, religioso, etc. Además, se suele argumentar, es una forma de hacer “interesantes” los temas de actualidad, que de otra forma (sin un fuerte aderezo humorístico) no apelarían a los ciudadanos, y en especial a los más jóvenes, cada vez más desconectados de la vida pública. Sin embargo, esta ‘sociedad satírica’, en su conjunto, presenta no pocos rasgos realmente preocupantes, sobre los que habría que reflexionar.

El acercamiento satírico a muchos de los temas de actualidad, cuando se convierte en modo fundamental de acceso a ella –como muchas veces sucede con los temas políticos y sociales del día a día- es muy disfuncional.

Por un lado, es fácil que la inercia humorística lleve a sobrepasar límites que nunca deberían traspasarse –caso de la ofensa gratuita-, y que tienen consecuencias indeseables en sociedades como las nuestras, en las que desgraciadamente no hay un acuerdo básico sobre principios morales fundamentales. El objetivo de la sátira –que en el ámbito periodístico suele ser el de confortar a los afligidos y afligir a los poderosos, o de forma más genérica, la reforma moral de la sociedad- no es fácil de alcanzar cuando no hay coincidencia entre lo que unos y otros piensan sobre lo que está bien y lo que está mal. Como señalaba hace algún tiempo el autor británico y humorista Will Self, tras los atentados en Francia  a la sede de Charli Hebdo, “it’s the managed anomie of our society today, in which competing ethical codes are viewed as alternate lifestyle choices rather than stairways to heaven and hell that allows for a satire at once savage and toothless. (…) The paradox is this -if satire aims at the moral reform of a given society it can only be effective within that particular society, and, furthermore, only if there’s a commonly accepted ethical hierarchy to begin with” (“A Point of View: What’s the point of satire?”).

Por otro lado, desde una perspectiva más periodística, la creciente influencia de los enfoques satíricos sobre la actualidad puede llevar a una generalización de las visiones simplistas y distorsionadas de la realidad, que en materia política, por ejemplo, se transforma en polarización y cinismo. Un reciente artículo en el Journal of Communication concluye; “Satirical news, as a form of embedding political information into entertaining formats, may serve as a gateway to engage individuals who are otherwise agnostic about politics more with the political process. Importantly, satire recipients might even engage more with counter attitudinal views and broaden their understandings of political issues. However, the downside may be that satirical news is undermining people’s sense of being able to influence politics and causing viewers to become more cynical about it, therefore adding to the polarization of attitudes in the electorate” (Silvia Knobloch‐Westerwick y Simon M. Lavis, “Selecting Serious or Satirical, Supporting or Stirring News?”).

Finalmente, en Internet la sátira y la parodia responsables son sustituidas a menudo por el libertinaje humorístico, que contribuye a la enorme confusión que existe en el mundo informativo en la era de las fake news. Como se comentaba ya hace algunos años en The Daily Beast: “With the shift to the web, the subjects of satire have been downgraded. Satirists once targeted the powerful and the famous. But now a growing number of satirical websites focus their barbs on dumb tabloid news—taking subjects that are silly to begin with, and constructing parodies that make them seem sillier. (…)The practice of deception is now so ingrained in the mindset of Internet-based satirists, that websites exist solely to differentiate between fake and real journalism. (…) ”. The purveyors of modern-day satire try to make every day into April Fools’ Day, into an occasion for tricking people with some barely plausible tall tale” (“The Death of Satire”).

Volviendo a Elon Musk, su alusión al negocio de la comedia entremezclado con sus grandes proyectos industriales es, cuanto menos, desconcertante. Pero es al mismo tiempo una muestra más de esa sociedad satírica en la que vivimos, y que incluso puede llegar a un mundo tan intocable para la sátira y la parodia como el mundo de los negocios. También en este caso, el humor mal orientado -lo sabemos bien por casos como el de Charlie Hebdo– puede tener consecuencias indeseables. Sea como fuere, merece la pena no dejar de prestar atención, y continuar reflexionando, sobre lo que John Clement Ball describe como “the risks and perils of satire’s unstable power in our heterogeneous societies” (“Capital Offenses: Public Discourse on Satire after “Charlie Hebdo”).

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