¿Transparencia o claridad?

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La transparencia está de moda. Todas las empresas y organizaciones sociales aspiran a ser transparentes. Anuncian a bombo y platillo el logro de esa transparencia como base de la confianza que son capaces de generar en la sociedad, entre sus clientes, proveedores, socios, etc. Declaraciones como éstas del banco sueco Klarna seguramente las firmaría cualquier institución: “The world today is complex and confusing enough. We’re not here to add to that. Being smoooth means being transparent and straightforward about how Klarna works, so you always know where you stand. That means being crystal clear about our products and their terms”. Hoy, quien no se declara “transparente” (crystal clear) y quien no remite a menudo a su “portal de transparencia”, está fuera de juego. La transparencia es también una de las medicinas más recetadas para solucionar algunos de los problemas más acuciantes que aquejan a las sociedades del siglo XXI. Esta misma semana, ante la preocupación creciente por las fake news –o más genéricamente, por la desinformación rampante en esta era de la información- la Unión Europea ha publicado un informe de expertos (Final report of the High Level Expert Group on Fake News and Online Disinformation) en el que se plantea un enfoque multidimensional para afrontar el problema de los bulos. Como no podía ser de otro modo, el primer remedio que se cita y analiza es la transparencia: “Enhance transparency of online news, involving an adequate and privacy-compliant sharing of data about the systems that enable their circulation online”. En las 44 páginas del informe, la expresión transparencia se utiliza en 80 ocasiones.

Sin embargo, como con tantos otros conceptos y expresiones de moda (buzzwords), el uso de la idea de transparencia y de sus cualidades casi milagrosas ha pasado a ser un caso de abuso. La “completa/total” transparencia a la que tantas veces aluden las empresas, organizaciones, partidos políticos, y actores de la vida pública en general, es una gigantesca ilusión. Es una gran mentira. Ese dejar ver completamente lo que hay al otro lado, propio de los cuerpos transparentes, no sólo es imposible entre instituciones humanas, sino que además es indeseable. La transparencia en las organizaciones es (y debe ser) siempre translúcida, entre otras cosas porque la completa desnudez es inabarcable. De hecho, en la actualidad –como ya hemos comentado en alguna otra ocasión en este blog, véase “Transparencia y opacidad”– no es extraño que la remisión a la transparencia sea un modo cada vez más habitual –y políticamente correcto- de evitar decir la verdad y explicar las cosas. “Todo está en la web, en nuestro portal de transparencia: vaya usted allí y se podrá informar de lo que desea saber (y que yo no le cuento)”. Por supuesto, casi nadie va a la web, y quien se acerca a ella con espíritu investigador se da cuenta que no está todo, ni mucho menos; de que la última vez que se actualizó fue hace tres años; que hay que ser un experto en el tema de que se trate para separar el grano de la paja; que hay tal exceso de información que habría que dedicar horas a descubrir lo que uno desea saber, etc., etc. Además, sucede que la transparencia casi en exclusiva se ha identificado con la fría publicación de datos, cuya capacidad expresiva, discursiva y explicativa está más que en duda en esta era de las métricas. Como señala Jerry Z. Muller (“The Metric God That Failed”), el culto a la transparencia forma parte de la engañosa lógica del imperio de lo cuantificable, que se apoya en dos principos centrales: “The first holds that it is both possible and desirable to replace judgment – acquired through personal experience and talent – with numerical indicators of comparative performance based on standardized data. Second, making such metrics public and transparent ensures that institutions are held accountable. “

Hace unos días, Jesús Zorilla, gerente de Comunicación y Relaciones Externas de Volkswagen Navarra, explicaba a algunos alumnos en la Universidad que su función no era contribuir a que su empresa fuera más transparente, sino a que la empresa –ante sus clientes, proveedores, y ante la sociedad- fuera más clara. La claridad, frente a la transparencia, implica un esfuerzo de la organización –como lo implica también en nuestra vida personal- para determinar qué se puede y debe contar, y qué no, y para hacer explícita esa decisión. Supone también un gran esfuerzo de explicación, un compromiso con la verdad y la honestidad, que a menudo está ausente –o no tan presente- en los grandiosos ejercicios de transparencia que dejan que sean otros (clientes, ciudadanos, etc.) los que descubran las verdades sobre esas organizaciones que supuestamente se esconden en el “destape corporativo” que deciden llevar a cabo. En cierto modo, ser transparente –en el sentido que aquí comentamos- le exime a uno de ser claro.

Lo que hoy se necesita en nuestras sociedades hiperinformadas es más claridad y menos transparencia. O dicho de otro modo, lo que se necesita es la transparencia suficiente para que todo gane en claridad. Esa claridad, que surge de la iluminación de las cosas –de explicar su sentido-, tiene más que ver con la verdad que con la transparencia, y está más relacionada con el esfuerzo de discernimiento y la voluntad humana que con la capacidad tecnológica de registro, procesamiento y distribución de información. Jugando un poco con los conceptos y el lenguaje, y acudiendo a un oxímoron, bien se podría decir que lo que necesitan las organizaciones es optar por una “translucidez nítida”, que añada claridad y verdad a su función y a su comportamiento en la sociedad. Para ello, como comenta Charles Prow, alto directivo de IBM en “Drawing a Distinction between Transparency and Clarity”, es necesario reivindicar la claridad como uno de los objetivos fundamentales en el gobierno de las organizaciones: “Transparency is about ensuring that your inputs, processes and outcomes are visible to key stakeholders.  (…) Clarity is about utilizing this information to reduce complexity and uncertainty, so that leaders and mangers can make the best decisions.  (…) What our leaders need to lead is clarity.  It involves taking information and analysis and applying it to your goals to define a clear path forward.  (…) While transparency is an important way to communicate with citizens and stakeholders, it does not, in and of itself, provide clarity.  Transparency should help make the right data available, but the availability of data is only the first step to more effective decisions and actions”.

“Clear is the new clever”: con esta expresión redonda, más propia de un creativo publicitario que de un directivo de empresa, explicaba Jill Dumain, responsable de la estrategia sostenible de Patagonia, la manera que tiene su empresa de entender la rendición de cuentas en la era de la transparencia. Patagonia es una de las empresas protagonistas del documental The Naked Brand, en el que la tensión entre transparencia y claridad es uno de los temas centrales. Un buen film para quien desee seguir reflexionando sobre este tema.

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