La postverdad, el efecto avestruz y otros fenómenos

Avestruz

La discusión sobre la verdad de las cosas y de los acontecimientos que se maneja en la opinión pública, en torno a los temas de actualidad, sigue generando ríos de tinta. El debate sobre la postverdad, las fake news, o simplemente sobre la difusión de mentiras en los medios, se ha convertido en tema de charla de café. Pero más allá de la popularidad actual de estos fenómenos, o de la preocupante tendencia a mezclar información de muy distinta calidad en los mensajes que se difunden públicamente, lo cierto es que la reflexión sobre la verdad, o al menos, sobre la “calidad” de las noticias que nos llegan, es más necesaria que nunca. Y a la hora de hacer esa reflexión es bueno tener en cuenta algunos procesos bien estudiados y documentados por la investigación en economía de la información.

Uno de esos efectos es el “efecto avestruz”, estudiado con detalle en el mundo de las finanzas. Según esta teoría, los inversores a menudo tienden a evitar la información negativa que les puede causar una desazón psicológica, lo que explica, por ejemplo, que el consumo de información financiera se reduzca mucho en momentos de crash y se active con los booms. Tim Harford, en el Financial Times, explica cómo este fenómeno en parte podría ser responsable de que muchos brexiters sigan con gusto noticias favorables sobre la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea –aunque puedan ser falsas y exageradas-, y eviten por el contrario informaciones negativas sobre el proceso –aunque puedan ser acertadas e importantes para sus vidas-. Además, según Harford, este efecto se complementa con el “efecto confirmación”, que nos lleva a buscar y favorecer aquellas informaciones que se ajustan a nuestras posiciones: “People mined the information they were given for ways to support their existing beliefs. When invited to search for more information, they would seek out data that backed their preconceived ideas. This confirmation bias is the flip side of the ostrich effect. And when required to assess the strength of an opposing argument, they would spend no small effort thinking up ways to shoot it down. So we avoid unpleasant information, even when it might do us some good. We actively seek out information that supports our preconceptions. And when standing face to face with an inconvenient fact or claim, we muster every counterargument we can find” (“Beware the ostriches pursuing a Brexit deal”).

El psicólogo Alain Samson se refiere a la importancia de tener en cuenta estos comportamientos en nuestra sociedad de la información, donde se hace especialmente necesario ser conscientes de nuestra capacidad de discernimiento. Samson escribe en “Information Avoidance in the Information Age” (Psychology Today): “We now appear to live in both the information age, with an ever-increasing abundance of data, and a world that some people refer to as post-truth, where emotional appeals have come to replace facts (particularly in politics). On the surface, this may appear paradoxical. In standard economics, humans are rational agents who revise their beliefs based on new information they receive. More information means better knowledge and better decisions. Psychology, behavioral economics and honest introspection, however, suggest that people often don’t live up to this ideal”.

Desde una perspectiva algo distinta, aunque coincidiendo en el fondo con la idea de la confirmación de las propias ideas, Sagit BarGill y Neil Gandal explican en “Online exploration, content choice, and echo chambers: An experiment” cómo en las redes sociales y entornos online muchas personas se enclaustran en “cámaras de eco”, consumiendo preferentemente contenidos procedentes de otras personas y medios muy similares a ellas, y que han recibido especial aclamación (likes, reenvíos, etc.).  De nuevo, la clave no es tanto la calidad de la información, sino su alcance y aceptación en entornos cercanos a los propios. Como señalan BarGill y Gandal, este proceder es especialmente común entre los jóvenes y las personas muy activas en la red: “Online echo chambers –in which people engage only with others that share, and media that reflect, their opinions and biases– have become an area of concern in the wake of last year’s startling political upsets. (…) Highly social users and younger users are most likely to get caught in echo chambers, while opinion leaders are less likely to get caught. Reducing the visibility of content popularity information, such as ‘like’ and ‘view’ counts, may help mitigate echo chamber effects”.

La extension de las ‘fakes news’, o de la información de baja calidad, guarda también muchos paralelismos con otro fenómeno muy estudiado en economía de la información, causado por las asimetrías informativas en los mercados. Se trata del famoso dilema del “mercado de los limones” (en referencia al mercado de los coches de segunda mano), que popularizó en Nobel George A. Akerlof. Ante unos precios similares, y con un desequilibrio informativo a favor de los vendedores (que saben mucho más sobre los distintos niveles de calidad de los vehículos), el mercado tiende a inundarse de los coches de menos calidad, con los que los oferentes logran más margen, expulsando a los superiores. En “Fake News and the Market for Lemons” se explica así el paralelismo con la difusión de información de baja calidad: “Interestingly, the rise of fake news parallels the lemon dilemma in the market. True news stories are significantly more expensive to produce than fake ones, requiring extensive research, editors, and fact checkers. Similarly to the lemon market, there is also significant information asymmetry between the writer and the reader, where the writer is aware of the validity of an article and the reader is not. As a result, the news market is susceptible to the same market failure that dominates the lemon market – there is a strong implication that fake news could potentially drive out true news”. Stephan Russ-Mohl, Director del European Journalism Observatory lo explica con más detalle en “A Market for Lemons”.

Guardando las distancias, al pensar en un panorama informativo en el que gratuitamente se puede acceder con la misma facilidad a información de calidad que a verdaderos contenidos tóxicos viene necesariamente a la mente la famosa Ley de Gresham (o de Oresmes, o de Copérnico), de la expulsión del dinero “bueno” por el “malo” cuando ambos circulan conjuntamente, con un valor formal igual confirmado por el emisor de la moneda. Recientemente, Robert Thomson, del Wall Street Journal, hacía referencia al papel que podían/debían jugar los omnipoderosos “emisores” de información, como Google o Facebook, a la hora de discriminar los contenidos de calidad frente a otros (“Fake News and the Digital Duopoly”). Comentando el artículo de Thomson, un lector reflexionaba: “In “Fake News and the Digital Duopoly” (op-ed, April 5), Robert Thomson describes the effect of a kind of Gresham’s Law of Media: Bad “journalism” drives out good journalism. (…) Old media, such as The Wall Street Journal, which Mr. Thomson’s company, News Corp , owns, every day exercise the responsible editorial judgment that Gresham’s Law is relentlessly eroding in the online world. Most of the trash that somehow qualifies as news online would never be allowed to be expressed or presented on a college campus, for example. But it’s perfectly fine to show bomb-building instructions on the “new” media—as long as it doesn’t run near an equally hypocritical big company’s advertisement” (“Gresham’s Law of Bad Internet Journalism”).