Gignificación del trabajo

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Jia Tolentino cuenta esta semana en The New Yorker la historia de Mary, una conductora de Lyft –red de transporte compartido similar a Uber- que contaba en el blog de la compañía cómo había podido recoger a varios pasajeros, en medio de las primeras contracciones, pocos minutos antes de dar a luz. En el blog se celebraba la “proeza” de Mary, y se animaba a otros trabajadores de la compañía a que contaran experiencias similares o especiales (“Do you have an exciting Lyft story you’d love to share? Tweet us your story at @lyft_CHI!”). En “The Gig Economy Celebrates Working Yourself to Death”, Tolentino llama la atención sobre la perversidad de referirse a esa anécdota como “excitante historia”, sobre todo en una empresa que no ofrece a sus empleados ni baja por maternidad ni seguro médico: “Mary’s story looks different to different people. Within the ghoulishly cheerful Lyft public-relations machinery, Mary is an exemplar of hard work and dedication -the latter being, perhaps, hard to come by in a company that refuses to classify its drivers as employees. Mary’s entrepreneurial spirit—taking ride requests while she was in labor!- is an “exciting” example of how seamless and flexible app-based employment can be. Look at that hustle! You can make a quick buck with Lyft anytime, even when your cervix is dilating”.

El artículo muestra algunos ejemplos más de esta nueva mentalidad de la denominada “gig economy”, de la economía que entretejen un número creciente de negocios, la mayoría de ellos tecnológicamente mediados, que funcionan creando gigantescas redes de “trabajadores” temporales, a menudo autónomos, que realizan servicios flexibles, y se comportan como freelancers (ya sea como conductores, profesionales liberales, hospederos, etc.). Tolentino comenta por ejemplo el caso de Fiverr, una red de gestión de servicios profesionales, cuyo lema es “In Doers We Trust”. La compañía explica el sentido de ese eslogan en los siguientes términos: “The campaign positions Fiverr to seize today’s emerging zeitgeist of entrepreneurial flexibility, rapid experimentation, and doing more with less. It pushes against bureaucratic overthinking, analysis-paralysis, and excessive whiteboarding.” Para la autora del artículo, “this is the jargon through which the essentially cannibalistic nature of the gig economy is dressed up as an aesthetic”.

De hecho, cada vez son más las llamadas de atención sobre la degradación de las relaciones laborales, y la desaparición de coberturas sociales y sanitarias que se producen en la economía gig. Emma Jacobs, en “The gig economy: freedom from a boss, or just a con?”  (The Spectator) ha analizado recientemente este fenómeno en torno al debatido caso de Uber, que ha disparado las alarmas tanto en Estados Unidos como en Gran Bretaña. En la misma línea, Arun Sundararajan, profesor de la New York University School of Business, señala en “The ‘gig economy’ is coming. What will it mean for work?” (The Guardian): “In many countries, key slices of the social safety net are tied to full-time employment with a company or the government. Although the broader socioeconomic effects of the gig economy are as yet unclear, it is clear we must rethink the provision of our safety net, decoupling it from salaried jobs and making it more readily available to independent workers”.

La gignificación del trabajo forma parte de un fenómeno cada vez más preocupante: la creciente desigualdad en las condiciones de los puestos de trabajo, entre trabajos similares en diferentes empresas de un mismo sector, o incluso dentro de una misma empresa. Por un lado, hay una fuerza de trabajo que disfruta de salarios y condiciones laborables envidiables en grandes corporaciones; por otro, incluso en esas mismas empresas, pero sobre todo en sus competidoras, hay personas que trabajan en un entorno de enorme inestabilidad y precariedad. De este fenómeno se ocupa Nicholas Bloom en un artículo reciente publicado en la web de la Harvard Business Review (“Corporations in the Age of Inequality”). Bloom considera para entender la creciente desigualdad que hay en muchas sociedades hay que analizar con detalle esa desigualdad laboral entre compañías, que cada vez es más evidente: “If we want to truly understand income inequality – if we want to mitigate it and its pernicious effects- we must look beyond CEO compensation and tax policy and consider the role played by firms and their hiring and compensation policies for ordinary, non-millionaire workers. This is not a simple morality play in which evil companies are pitted against the middle class. There is nothing nefarious about Google’s goal of being the global leader in software and machine learning, or in its hiring the best employees it can find. Yet the result of countless strategic decisions in pursuit of such goals by Google and other elite companies throughout the world -not just in tech- has been to raise the compensation of some workers far more than others. It’s time to turn our attention from comparing individuals’ fortunes to considering differences between firms.”

La creciente desigualdad entre empresas y trabajos, de la que el empleo en la economía gig es un buen ejemplo, es una dimensión más de la enorme revolución que se está produciendo en el mundo laboral como consecuencia de la revolución tecnológica. En cierta forma, el “trabajador gig” (si se puede utilizar esta expresión) está a medio camino entre el privilegiado profesional al que se refiere Bloom (“the best-educated and most-skilled employees cluster inside the most successful companies”) y la robotizada fuerza laboral con la que sueñan muchas compañías (una fuerza laboral sin necesidades sociales ni sanitarias, y muy poco reivindicativa). De hecho, más allá de las indudables ventajas que pude tener para muchas personas participar en la economía gig (libertad, flexibilidad, adaptación a circunstancias personales, etc.), su extensión en la sociedad –al menos en las condiciones en que se está desarrollando en nuestros días- puede generar indudables problemas y tensiones. Aunque entre gignificación y dignificación del trabajo, al menos desde un punto de vista léxico, sólo hay una letra de distancia, en realidad entre ambos conceptos existe casi un abismo, que no se puede dejar pasar por alto.

 

 

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