Templanza tecnológica

Templanza

Ya se han calmado las aguas de la fugaz tormenta comunicativa que se vivió la semana pasada con motivo de la viralización de un breve y divertido vídeo extraído de un programa informativo de la BBC. En esa breve pieza audiovisual, un colaborador académico de la BBC, Robert Kelly, desde el despacho de su casa, trataba de responder a algunas preguntas sobre la crisis política que se estaba viviendo en Corea del Sur. De repente, irrumpió en la habitación alegre y jovial su hija pequeña, a la que seguía su hermanito en taca taca, y al poco, para retirar de escena a ambos, de la forma más rápida posible, la agobiada esposa que en pocos segundos despejaba la habitación. La escena en directo, tan divertida como inocua y familiar –aunque nada habitual en una conexión de un programa de noticias, y menos en la pluscuamperfecta BBC-, dio en pocos minutos la vuelta al mundo. Millones de descargas en Internet, menciones en los noticiarios en prensa y televisión de todo el planeta, memes infinitos, todo tipo de análisis de los significados del fenómeno, etc., etc. Tal fue su impacto, que un par de días después, la primera entrevista que daba el ya famoso profesor Kelly, nada menos que al Wall Street Journal, se convertiría en una de las noticias online más leídas del prestigioso periódico económico y financiero (“When the Children Crashed Dad’s BBC Interview: The Family Speaks”). En esa entrevista, el profesor Kelly, refiriéndose a su pequeño error de no cerrar la puerta de la habitación, como hacía siempre cuando contactaba por Skype con la BBC, señalaba: “I made this minor mistake that turned my family into YouTube stars. It’s pretty ridiculous”.

Algo sucede cuando eventos tan ciertamente cotidianos e intrascendentes llegan a captar la atención, aunque sea momentánea, de tantos millones de personas. Por supuesto, hasta de sucesos tan nimios (aunque espectacularmente populares) pueden surgir reflexiones interesantes. Lucy Kellaway, en el Financial Times, aprovecha la ocasión para llamar la atención sobre la “ridícula pomposidad” que rodea la actuación de las personas en su ámbito profesional –en este caso, la de uno de tantos expertos actuando como tal en un programa informativo-, que contrasta con la sencillez y la normalidad, como la del resto de los mortales, de sus vidas cotidianas (“Robert Kelly’s children remind us how pompous we are at work”). Sin embargo, más allá de que la situación dé para reflexionar sobre casi cualquier tema que uno quiera, lo verdaderamente sorprendente es su increíble difusión y la atención planetaria que captó. En términos económicos, cabría preguntarse cuál es el coste de oportunidad de toda esa atención dedicada a un hecho tan intrascendente (incluida, la de quien escribe estas líneas). De hecho, cada vez hay más voces que abogan por la necesidad de empezar a reflexionar sobre la virtud de la templanza –se podría denominar la “templanza tecnológica”- y su más que necesaria aplicación al consumo de contenidos y tecnologías que inundan la vida personal y laboral.

Ross Douthat, en “Resist the Internet” (New York Times), se refiere explícitamente a la necesidad de promover (¿incluso imponer en ciertos ámbitos?) esa templanza ante la creciente compulsividad en el uso de la tecnología. Señala Douthat: “Compulsions are rarely harmless. The internet is not the opioid crisis; it is not likely to kill you (unless you’re hit by a distracted driver) or leave you ravaged and destitute. But it requires you to focus intensely, furiously, and constantly on the ephemera that fills a tiny little screen, and experience the traditional graces of existence — your spouse and friends and children, the natural world, good food and great art -in a state of perpetual distraction. Used within reasonable limits, of course, these devices also offer us new graces. But we are not using them within reasonable limits”. En línea con los crecientes estudios que muestran las similitudes entre el uso desordenado de las tecnologías y otras adicciones bien conocidas, el autor del artículo cree que hay que empezar a tomar medidas para embridar el impulso incontrolado de los gadgets. Hace falta, dice, un movimiento social y cultural en esa dirección: “Digital temperance movement would start by resisting the wiring of everything, and seek to create more spaces in which internet use is illegal, discouraged or taboo. Toughen laws against cellphone use in cars, keep computers out of college lecture halls, put special “phone boxes” in restaurants where patrons would be expected to deposit their devices, confiscate smartphones being used in museums and libraries and cathedrals, create corporate norms that strongly discourage checking email in a meeting. Then there are the starker steps. Get computers -all of them- out of elementary schools, where there is no good evidence that they improve learning. Let kids learn from books for years before they’re asked to go online for research; let them play in the real before they’re enveloped by the virtual”.

Los beneficios de la templanza en este ámbito de consumo y de comportamiento vital cada vez son más evidentes. Desde hace algún tiempo, se repiten los estudios que analizan los efectos de la “abstinencia” tecnológica. En “What Really Happens To Your Brain And Body During A Digital Detox” (Fast Company), Elizabeth Segran relata los resultados de una investigación llevada a cabo por la empresa Kovert Designs, en la que 35 directivos y emprendedores fueron invitados a un viaje a Marruecos, parte del cual pudieron realizar conectados a tecnologías en un Hotel, y otra parte sin ellas, en el desierto del Sahara. Bajo la atenta mirada de psicólogos y neurocientíficos, los resultados del experimento fueron contundentes. En el tiempo sin tecnologías, mejoraba la relación gestual entre los invitados, por supuesto, la conversación, y otros aspectos como el sueño, detalles de memoria (como recordar mejor los nombres de los demás), etc. Tras la experiencia, Kate Unsworth, CEO de Kovert Designs, concluía: “It seems grandiose to say this, but many of our guests said that this was a life-changing experience. They said that they wanted to permanently change their digital habits by disconnecting from technology at night and over weekends. They wanted to introduce some of the benefits of the digital detox into their everyday lives.”

No es seguro que la templanza tecnológica hubiera podido con la fuerza difusora de un suceso como el de Robert Kelly en la BBC, pero de lo que no hay duda es de que un uso más templado y sobrio de las tecnologías nos ahorraría una cantidad inmensa de tiempo, personal y laboral, consumido en cientos de momentos tan intrascendentes como ese, de los que no somos no siquiera conscientes.

One thought on “Templanza tecnológica

  1. Daniel Jiménez Montero 21 marzo, 2017 / 8:55 pm

    La tecnología digital es un instrumento de trabajo como cualquier otro. Hoy día vivimos envueltos o encantados de la efervescencia provocada por los inicios de la era digital. Entonces, es bueno que inicien los estudios que nos indiquen la necesidad de controlar los aparatos electrónicos como debemos controlar cualquier otro instrumento. Quizá el desprecio recibido por las personas que hayan planteado anteriormente esta necesidad retardó el comienzo de esta reflexión. Justamente, ayer lunes 20 de marzo del 2017 tuvé la oportunidad de conversar con un amigo ingeniero en software sobre los estudios antropológicos que recién empiezan a realizar ciertas universidades en torno al impacto de la tecnología digital en la enseñanza. Parece que los primeros resultados no son tan alentadores como hubiéramos esperado.

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