Felicidad y sentido: ¿un problema de gestión?

Se ha hablado en alguna ocasión en este blog sobre la economía de la felicidad, y sobre la creciente tendencia a fijar objetivos de la acción pública, o en las empresas, basados en indicadores y medidas de felicidad. Este fin de semana, como antesala del World Government Summit, se ha celebrado en Dubai un encuentro sobre la felicidad (The Global Dialogue for Happiness) en el que han participado expertos y dirigentes de todo el mundo, desde economistas como Jeffrey Sachs (Profesor de Columbia y coeditor del World Happiness Report) hasta dirigentes políticos con responsabilidades tan particulares como las de la “Ministra para la Felicidad” de la Unión de Emiratos Árabes, Ohood Al Roumi.  Siguiendo el hastag del evento (#HappinessDialogue) uno se hace idea, en expresiones de 140 caracteres, de las cuestiones que se han tratado en el evento: “Can Government Make You Happy?”; “Prioritizing happiness as a public good? Some countries are.”; “How can governments support flourishing individuals on the social scale?”; “How long do you think governments across the globe need to have happier citizens?”; “What Works for Well-being?”. También hay abundantes referencias a principios, hallazgos científicos y consejos para los gobiernos y las empresas –algunos, en el límite de la literatura de autoayuda-, como: ‘LifeSkills’ is our humble endeavour towards Happiness. Skills that make your life happier, meaningfull and worth living!”; “We tend to think about things away from the present, a wandering mind escapes to a better place”; “According to the @OECD’s Better Life Index, well-being is altered by two factors: quality of life and material conditions”; “The greatest value you can add is to become more of yourself”; “One of the reasons of unhappiness is applying competitiveness instead of collaborating in a community”; “More social people are happier even when they’re not interacting with others”.

La felicidad, ese horizonte teleológico que desde los griegos se ha situado en el centro de las aspiraciones humanas, es hoy, adaptado a los significados que tiene en la vida pública del siglo XXI, un verdadero campo de acción política, y toda una “industria” (consultores, expertos, etc.) vinculada a la gestión de la economía y de la empresa. Estamos ante “la política y la industria de la felicidad”, llena de indicadores, de modelos de actuación política, de ejemplos de medidas públicas exitosas, de herramientas de auditoría de la felicidad, etc., etc. Por supuesto, sigue habiendo un inmenso campo para el análisis de los factores de la felicidad, y para la investigación más profunda –si es empírica, mejor- sobre preguntas tan cotidianas como si el dinero es clave o no para la felicidad, o sobre si la felicidad se hereda genéticamente. De hecho, una de las intervenciones con más eco del Global Dialogue for Happiness ha sido la de investigadora holandesa Meike Bartels (Vrije Universiteit Amsterdam), que precisamente dice haber demostrado esa vinculación genética que determina distintos niveles de felicidad (“A scientist has discovered why happiness might very well be genetic”).

Seguramente, los avances en la gestión de la felicidad en la sociedad –los discutidos en ese Diálogo Global y en otros- tendrán resultados positivos (¡sólo faltaba que sucediera lo contrario, en una sociedad tan necesitada de mejoras!), pero es más que discutible que los paneles de control que se están utilizando para gestionar “esa supuesta felicidad” acaben produciendo transformaciones profundas en nuestra vida personal, y con los demás. De hecho, ya se empiezan a escuchar voces que alertan de una cierta instrumentalización de la idea de felicidad que se maneja en la política y en la economía, una felicidad demasiado pegada al concepto de “satisfacción” (con una excesiva orientación hedonista) y no muy fiel a la eudaimonía que heredamos de los clásicos.

En las últimas semanas ha recibido bastante atención en los medios y en círculos académicos la publicación de “The Power of Meaning: Crafting a Life That Matters”, obra de la psicóloga y periodista Emily Esfahani Smith (véase aquí una entrevista reciente en Scientific American). El libro no plantea nada nuevo (sigue los pasos de obras recientes como el clásico El hombre en busca de sentido, de Frankl, o tan antiguas como las de Aristóteles y las de la tradición cristiana sobre la felicidad), pero llega en un momento interesante: el momento en el que la felicidad parece convertirse, como ya se ha comentado, en objeto de gestión pública. Naomi Duguid, en su reseña del libro en el Wall Street Journal (“Forget About Being Happy”) comenta: “This is not a book about how to be ‘happy.’ In fact, it’s a persuasive attack on the idea that happiness is a goal we should aim for in life. A search for happiness is destined to fail, Ms. Smith suggests, for such a search is self-centered. But by finding meaning outside ourselves, we can thrive. Once life has meaning for us, we may then discover happiness, but in any case we will be more fulfilled”.

Quizá la novedad más importante de “The Power on Meaning” es que recoge y sistematiza, de una forma accesible para el público no especialista, la investigación reciente –sobre todo en psicología- sobre las distintas dimensiones del sentido (Belonging, Purpose, Storytelling and Trascendence) que contribuyen a una vida plena (o feliz, en el sentido más clásico). La propia autora del libro, junto a Jennifer Aaker, escribía el pasado mes de diciembre en un artículo en The New York Magazine: “The distinction between happiness and meaningfulness has a long history in philosophy, which for thousands of years has recognized two forms of well-being –hedonia, or the ancient Greek word for what behavioral scientists often call happiness, and eudaimonia, or what they call meaningfulness. The happy life is defined by seeking pleasure and enjoyment, whereas the meaningful life is bigger. In a new book that will be published next month, one of us (Emily) reviewed hundreds of empirical papers from the growing body of research on meaningfulness -as well as the writings of great thinkers from Aristotle to Tolstoy to Camus- and found that the defining features of a meaningful life are connecting and contributing to something beyond the self, which could be your family, your work, nature, or God”.

Cuando cada vez es más común hablar de una felicidad que se puede convertir en materia de acción de un Ministerio, o en ámbito de gestión un “Chief Happiness Officer” (CHO), no está de más pararse a pensar de nuevo, al menos un momento, sobre distinciones como las planteadas en la obra de Smith, o volver a leer las obras de Aristóteles y Frankl –o trabajos quizá más cercanos, como la magnífica La vida lograda de Alejandro Llano-. No es fácil que después de hacerlo a alguien se le ocurra que un Ministerio de la Eudaimonía o un puesto de “Chief Eudaimonía Officer” tengan mucho sentido (aunque estrictamente, sería la mejor terminología para integrar felicidad y sentido, y así superar sus versiones actuales, más bien limitadas).

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