Hollywood, Silicon Valley y el activismo político

Cada año, con motivo de los premios Goya al cine español, se debate el grado en el que el activismo político de los artistas se hace presente en la gala. Es habitual que actores, directores, etc. muestren su oposición a ciertas políticas gubernamentales, sobre todo si provienen de gobiernos conservadores. En nuestro país, tanto en períodos electorales como postelectorales, el posicionamiento político de los denominados por algunos como “los titiriteros” –en referencia al mundo del cine, sobre todo- se airea sin ningún rubor, apoyando a unos u otros partidos (sobre todo sin son de izquierdas). También en otros países sucede algo parecido, como se ha podido ver en las recientes elecciones estadounidenses, en las que el mundo del cine y la música, a través de algunas de sus estrellas más rutilantes –desde Meryl Streep hasta Robert de Niro, desde Beyonce hasta Madona-, ha mostrado su apoyo a Hillary Clinton y su rechazo al candidato Trump, y ahora lo sigue mostrando, pero ya al Presidente Trump. Guste más o guste menos, Hollywood –por utilizar un símbolo casi global de la cultura popular- tiene una historia consistente de activismo político, pre y postelectoral, alineada normalmente con posturas liberales (en terminología anglosajona) o de izquierdas (en expresión más europea).

Esta trayectoria activista del mundo de la cultura en la política a menudo contrasta –y suele ser objeto de crítica, por ello- con la neutralidad, el silencio o la prudencia de otros colectivos que podrían tener una fuerte influencia en la opinión pública (empresarios, deportistas, científicos, líderes religiosos, etc.). La pregunta que uno se hace es sencilla: ¿deberían tener estos colectivos una participación más activa en los procesos políticos?

La discusión sobre este asunto está de plena actualidad en los Estados Unidos, pero también lo estará en breve en Europa, ante los comicios electorales que nos esperan. Frente al huracán Trump, esta semana, por ejemplo, la comunidad científica estadounidense discute si es conveniente o no una “Marcha de la Ciencia” sobre Washington, al estilo de la que protagonizaron hace unos días las mujeres (“Scientists plan to march on Washington — but where will it get them?”, Washington Post). También se discute si tiene sentido o no que el nuevo Presidente derogue una ley que prohíbe que en aquel país “se haga política desde los púlpitos” (“How Trump Would Corrupt the Pulpit”, New York Times). Pero sobre todo, se ha iniciado un debate acerca del activismo político de los empresarios y directivos de las grandes compañías, en especial a partir de las recientes declaraciones en contra de las políticas de Trump de renombrados empresarios, sobre todo, aunque no sólo, de Silicon Valley.

En los últimos días todos los medios de comunicación han reproducido y comentado el rechazo (más o menos explícito) a las leyes contra la inmigración de Trump por parte de figuras de Silicon Valley como Marck Zuckerberg (Facebook), Tim Cook (Apple), Sergei Brin y Sundar Pichai (Google), pero también de importantes directivos en otros sectores como Howard Schultz (Starbucks), Jeffrey Immelt (General Electric), Lloyd Blankfein (Goldman Sachs) o Elon Musk (Tesla). Como comenta John Cassidy en “A welcome setback for Donald Trump”, “It is far too early to say that corporate America is abandoning Trump and refusing to work with his Administration. But business leaders are indicating that there are limits to what they will go along with. U.S. multinational companies are closely integrated into the global economy. In many cases, they rely on overseas countries for markets, labor, and capital. Trump’s effort to turn the United States into a fearful, inward-looking, discriminatory, and isolationist country is potentially disastrous for them”. Por supuesto, muchísimos otros empresarios prefieren esperar, y dar un “no comment” como respuesta, al menos hasta que pase algo más de tiempo y se pueda juzgar con perspectiva las decisiones del nuevo Presidente. En Alemania, por ejemplo, salvo raras excepciones, esa parece ser la tónica de actuación (“Nur amerikanische Chefs wagen klare Worte gegen Trump”).

Habrá que ver cómo evoluciona esta resistencia empresarial (una resistencia que por ahora está sólo en modo de prueba –“Widerstand in der Betaphase”), pero no cabe duda que parece iniciarse la etapa del “Ceo Activismo”, una etapa en la que los empresarios y directivos deberán abordar a fondo las implicaciones económicas, sociales, éticas, etc. que tendrá su mayor implicación en la vida púbica, y sobre todo, en la política. En un informe reciente sobre este tema de la empresa de relaciones públicas Weber Sandwick (“The Dawn of CEO Activism”), se podía leer: “When a CEO speaks out on a controversial issue, there are potential advantages and disadvantages. Companies need to have a firm understanding of the attitudes of their key stakeholders, both internal and external, on hotly debated issues before engaging in CEO activism. Companies and their leaders need to deliberate about speaking out on controversial issues of the day, carefully select those to be addressed and strategically plan how to address them”.

Lo que más llama la atención sobre el activismo contra Trump surgido esta semana en Silicon Valley es su contraste con el silencio que se pudo escuchar unas semanas antes, cuando el candidato a la Presidencia estadounidense “sólo anunciaba” que tomaría las medidas que ahora está tomando, y que generan el rechazo de los empresarios. Salvo muy contadas excepciones –como la de Jeff Bezos, sobre todo como propietario del crítico Washington Post más que como fundador y máximo responsable de Amazon-, los líderes empresariales no manifestaron oposición a Trump y sus políticas en campaña, ni siquiera tras sus primeros días como Presidente. Es más, la mayoría seguramente descontaba que los posibles excesos de Trump se compensarían con el hecho de tener un Presidente pro-business. Andrew Ross-Sorkin explicaba en el New York Times, sólo unos días antes de la reacción empresarial de esta semana, cómo los principales directivos y empresarios estadounidenses peregrinaban hasta la Torre Trump, manifestando un “activismo positivo” encaminado a ganarse la confianza del nuevo inquilino de la Casa Blanca. Escribía Sorkin en “For C.E.O.s, a New Concern: The Activist in Chief”: “As corporate executives around the globe try to understand the implications of the Trump administration on their businesses, they seem to be having an almost bipolar reaction: a euphoric sense that regulations and taxes could soon be lowered — which would likely increase their profits and paychecks — yet a simultaneous anxiety that they could become a target of one of the president’s Twitter tirades, which could undo their businesses or possibly their careers. Over the last two months, dozens of chief executives have made pilgrimages to Trump Tower on Fifth Avenue in New York City. The ritual involves being photographed in the lobby in front of the gold elevators and having your name hastily tweeted by the throngs (journalistic and otherwise) involved in the spectator sport”. Sólo unos pocos días después, el silencio y la prudencia derivado de esa sensación bipolar de euforía y ansiedad se convertían en estallido, y el activismo positivo en activismo negativo. El propio Ross Sorkin escribía en “Frantic Phoning Among CEOs”: “The first shots between the business world and the White House have been fired. And more are likely to come”.

Frente al activismo consistente de Hollywood, este “doble discurso” del mundo empresarial plantea no pocos temas de reflexión sobre el papel de la empresa y el empresario en la sociedad, y sobre el tipo de análisis coste/beneficio que suele llevar a permanecer callado en ciertas circunstancias, y a manifestarse en otras. En “US executives need to show courage against Trump ban”, Gillian Tett comenta que una medida como la prohibición de la entrada en Estados Unidos de ciudadanos de determinados países podría ser un buen ejemplo del tipo de suceso que debería hacer conscientes a los empresarios de su responsabilidad pública, que va más allá del cálculo económico y financiero del impacto de sus posicionamientos en los clientes, proveedores, accionistas, etc. Escribe Tett en el Financial Times: “Will chief executives outside Silicon Valley follow suit? It will take courage. After all, the C-suite has seen in recent weeks just how much damage a Trump tweet can inflict on a company’s share price, and most CEOs operate from a much weaker position than Mr Zuckerberg. But it would be nice to think -or hope- that some executives find their voices in the coming days”. Una postura similar plantea el famoso economista de Harvard Lawrence H. Summers en el Washington Post (“It’s time for business leaders to wake up about Trump”).

Los tiempos que vienen no parecen ser los mejores para que las empresas y los empresarios gestionen con facilidad esa vieja idea de que el dinero no tiene patria ni ideología. El activismo empresarial, sea el que sea, debe ser al menos coherente, si desea ser creíble, y debe derivarse del modo en el que la misión organizacional entienda la implicación de la empresa en la sociedad. Si no es así, es fácil que se entienda como frío e interesado oportunismo. The Economist es claro en “Silicon Valiant” al comentar la decisión de Silicon Valley de saltar al arena pública: “Tech firms still have an awfully long way to go. Often they define virtue as what they judge to be in their business interests. Last year, Mr Cook (Apple) dismissed a demand by the European Union to pay more tax as “political crap”. In December Apple agreed to a state request to ban the New York Times’s app in China, where the firm makes just over a fifth of its sales. Mr Zuckerberg (Facebook) fits the same pattern: he says he wants to give away 99% of his fortune and that he believes in the ideal of free expression, but his firm paid a tax rate of just 6% over the past half-decade, and he has toadied up to China’s censors, too. Oligopolistic, hubristic and ruthless to its core, Silicon Valley is no beacon of moral leadership”.

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