Los riesgos de la empatía

La empatía es uno de los conceptos que mejor prensa tiene en el mundo del management, y en la sociedad en general, sobre todo cuando se hace referencia a las cualidades fundamentales de los líderes. La empatía implica una identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo y las experiencias de otro, y su significado a menudo se confunde o solapa con los de otros términos que provienen del griego páthos, como la simpatía o la compasión. Todos ellos están cargados de un acento positivo que proviene del hecho de la bondad de comprender al prójimo, de ponerse en el lugar del otro, de sus estados de ánimo, de sus emociones, sufrimientos, etc.

Un artículo reciente de Forbes (“11 Ways Leaders Can Develop Empathy”) se refiere en los siguientes términos a la importancia de la empatía para la dirección de las organizaciones: “Empathy is the ability to understand another person’s perspective, even when that perspective is quite different from your own. In just the last half decade, we’ve seen a number of organizations adopt this word and make it part of their company values. More than a buzzword, empathy may be key to helping businesses grow -allowing leaders to relate to people and ideas around them”. Esta popularidad de la empatía como cualidad personal se ha trasladado también al ámbito de las personas jurídicas, de las empresas, instituciones, etc., que también pueden ser valoradas por el grado en que desarrollan una cultura empática. Belinda Parmar se refiere a ello en la Harvard Business Review al comentar el Indice de Empatía Empresarial 2016: “Empathy has never been in more explicit demand from corporate leaders -particularly after a divisive U.S. presidential election and amid continued economic uncertainty around the globe. As the newly released 2016 Empathy Index demonstrates, empathy, which is about understanding our emotional impact on others and making change as a result, is more important to a successful business than it has ever been, correlating to growth, productivity, and earnings per employee”. (“The Most Empathetic Companies, 2016”).

Mostrar empatía, actuar por empatía, y “tomar decisiones empáticas” tiene sin lugar a dudas efectos beneficiosos en múltiples circunstancias de la vida. Sin embargo, cuando la empatía se convierte en una aspiración emocional y de estado de ánimo que parece justificar necesariamente la bondad de ciertas decisiones, las consecuencias no siempre son las mejores. Esta es la tesis que mantiene Harold Bloom, psicólogo de la Universidad de Yale, en su reciente obra Against Empathy. The Case of Rational Compassion, un trabajo que, quizá por ir contracorriente, está teniendo un amplio eco en los medios de comunicación y en los círculos académicos. En una columna sobre su trabajo en el Wall Street Journal (“The Perils of Empathy”), Bloom sintetiza el eje de su análisis con estas palabras: “Fortunately, empathy isn’t the only force motivating us to do good. Empathy can be clearly distinguished from concern or compassion—caring about others, valuing their fates. The distinction is nicely summarized by the neuroscientists Tania Singer and Olga Klimecki in a 2014 article for the journal Current Biology: “In contrast to empathy, compassion does not mean sharing the suffering of the other: rather, it is characterized by feelings of warmth, concern and care for the other, as well as a strong motivation to improve the other’s well-being. Compassion is feeling for and not feeling with the other”. (…) I don’t deny the lure of empathy. It is often irresistible to try to feel the world as others feel it, to vicariously experience their suffering, to listen to our hearts. It really does seem like a gift, one that enhances the life of the giver. The alternative—careful reasoning mixed with a more distant compassion—seems cold and unfeeling. The main thing to be said in its favor is that it makes the world a better place”.

La reivindicación de esa mezcla entre razón y compasión como guía para tomar decisiones y tener en cuenta los estados de ánimo, experiencias y vivencias del otro, como modo de apaciguar la ola empática que nos arrastra, quizá no sea muy popular en los tiempos que corren –dominados por la emoción y los sentimientos-, pero es más necesaria que nunca. Peter Singer, en “The Empathy Trap”, al comentar el libro de Bloom, señala: “When researchers show that some of our supposedly carefully considered choices and attitudes can be influenced by irrelevant factors like the color of the wall, the smell of the room, or the presence of a dispenser of hand sanitizer, their findings are published in psychology journals and may even make headlines in the popular media. Research showing that people make decisions based on relevant evidence is harder to publish, much less publicize. So psychology has an inbuilt bias against the view that we make decisions in sensible ways. Bloom’s more positive view of the role of reason fits with what I take to be the correct understanding of ethics. Empathy and other emotions often motivate us to do what is right, but they are equally likely to motivate us to do what is wrong”.

Las reflexiones de Bloom tienen un eco especial si se tiene en cuenta, no tanto el comportamiento humano individual como su proyección en la toma de decisiones que afectan a políticas públicas o actuaciones colectivas. The Economist, en “The case for compassion, not empathy” hace una lectura desde esa perspectiva: “To be clear, Mr Bloom is not against kindness, love or general good will toward others. Nor does he have aproblem with compassion, or with “cognitive” empathy -the ability to understand what someone else is feeling. His complaint is with empathy defined as feeling what someone else feels. Though philosophers at least as far back as Adam Smith have held it up as a virtue, Mr Bloom says it is a dubious moral guide. Empathy is biased: people tend to feel for those who look like themselves. It is limited in scope, often focusing attention on the one at the expense of the many, or on short-term rather than long-term consequences. It can incite hatred and violence—as when Donald Trump used the example of Kate Steinle, a woman murdered by an undocumented immigrant, to drum up anti-immigrant sentiment, or when Islamic State fighters point to instances of Islamophobia to encourage terrorist attacks. It is innumerate, blind to statistics and to the costs of saccharine indulgence”.

Es una pena que en esa discusión sobre las dimensiones de los derivados del páthos –simpatía, empatía, compasión-, y su impacto en la sociedad, no haya referencia alguna al paso de la experimentación de esos sentimientos a la vivencia de la virtud cristiana a la que avocan, una virtud tan profundamente humana como la misericordia. Sería una discusión interesante en el marco de la reciente finalización del Jubileo de la Misericordia promovido por el Papa Francisco. Quizá no sea tan difícil convertir en variables “indexables” el dar consuelo a cada hombre y a cada mujer, el mostrar amabilidad, el asistir al necesitado, el perdonar y reconciliar, y tantos otros actos de misericordia. Eso sí, habría que ser muy creativo y atrevido para conseguir que el Empathy Index se convirtiera en un Mercy Index.

 

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2 thoughts on “Los riesgos de la empatía

  1. danieljimenezmontero 28 enero, 2017 / 4:40 pm

    En concordancia con el mensaje impreso por el autor en el último párrafo del artículo, considero conveniente la lectura del libro “Pasó haciendo el bien” del Padre Francico Fernández Carvajal. Su contenido es una rica interpretación de la vida ordinaria de Nuestro Señor Jesucristo como perfecto hombre. Entonces, ha de ser una guía para todos y cada uno de nosotros sobre la manera en que debemos vivir nuestra vida ordinaria, incluyendo nuestra labor dentro de la empresa. Una manera factible de valorar la vivencia de las virtudes dentro del giro ordinario de la empresa es mediante la reflexión de su cultura empresarial, especialmente, de las normas y políticas vigentes que gobiernan la acción humana dentro de la empresa.

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  2. gfarinasc 31 enero, 2017 / 2:49 pm

    Una referencia complementaria a este post es el libro Focus, de Daniel Goleman, donde distingue Empatía de Compasión. La primera es menos racional que la segunda. Usa la parábola del Buen Samaritano para explicar la preocupación genuina por otros.

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