El populismo y la gran empresa

A una semana de la toma de posesión de Donald Trump, y tras su primera rueda de prensa como presidente electo de los Estados Unidos, los negocios –las grandes empresas- han pasado al primer plano de la actualidad. La razón no es sólo que en aquel país la experiencia de tener a un gran empresario al frente del Gobierno genere todo tipo de inquietudes –sobre potenciales conflictos de intereses, etc.-, sino que, sobre todo, preocupan sus ideas populistas sobre los negocios. Trump plantea premiar a los grandes negocios que supuestamente trabajen para “hacer grande América, de nuevo”, y castigar a aquellas empresas –nacionales y extranjeras- que no contribuyan a esa misión. Y ya se ha referido a la necesidad de que esta lógica se la apliquen algunas de las grandes industrias estadounidenses –automóvil, farmacéutica, tecnológica-, y multinacionales concretas –Ford, Toyota, Boeing y General Motors, entre otras-.

Esta particular visión del mundo de la gran empresa está de una u otra forma presente en gran parte de los populismos que emergen a un lado y al otro del Atlántico. Sin ir más lejos, esta misma semana, en uno de los documentos de trabajo para la asamblea de Vistalegre II de Podemos (Recuperar la ilusión), elaborado por Íñigo Errejón, se podía leer: “Necesitamos empresas conscientes de que una patria no es un solar para explotar su suelo, sus recursos y a su pueblo, sino una comunidad de la que todos somos parte y responsables de su destino. (…) Frente al autoritarismo de la gestión empresarial tradicional es necesario proponer la demo­cratización de los procesos de producción con el fin de que el producto social se distribuya de una forma más justa y equitativa ya desde la producción”.

La idea de que los negocios, la gran empresa, haga “the right thing” para el país, y que es responsabilidad de los gobernantes obligarla a ello, es uno de los pilares del nacionalismo económico populista, y también lo viene siendo –desde hace años- del autoritarismo económico que se vive en algunas economías emergentes, con China a la cabeza. Se podrá discutir si esa “right thing” es distinta –la de Trump, Errejón o Xi Jinping-, pero no el hecho de que el modo de alcanzarla es muy similar: forzar a la gran empresa a actuar en cierta dirección.

Adrian Wooldridge, el autor principal desde 2009 de la famosa columna de The Economist “Schumpeter”, se despedía hace poco de sus lectores alertando precisamente sobre este tema, y sobre la posible paralización del “espíritu emprendedor” ante la incertidumbre que genera esta visión populista de los negocios que cada vez es más común. En “Our Schumpeter columnist pens a dark farewell”, Wooldridge escribía: “Populism feeds on its own failures. The more that business copes with uncertainty by delaying investment or moving money abroad, the more politicians will bully or bribe them into doing “the right thing”. As economic stagnation breeds populism, so excessive regard for the popular will reinforces stagnation”. Esta misma semana, ya con nueva autoría, la columna Schumpeter volvía a reflexionar sobre este tema, en este caso destacando el hecho de que los Estados Unidos se están convirtiendo en un lugar cada vez más inhóspito para la empresa y la inversión extranjeras. “America leaves foreign firms out in the cold” explicaba cómo “populism, economic concentration and regulation are some of the reasons foreign bosses are souring on the land of the free”.

Dani Rodrik, Professor of International Political Economy at Harvard University’s John F. Kennedy School of Government, analiza en “Trump’s Defective Industrial Policy” las especiales características de políticas industriales como la que es de esperar en los Estados Unidos: “Such industrial policies, based on close collaboration and coordination between the public and private sectors, have of course been the hallmark of East Asian economic policymaking. It is difficult to imagine China’s transformation into a manufacturing powerhouse – and the attendant success of its export-oriented model – without the Chinese government’s helping and guiding hand. It is ironic that the same people who extol Chinese gains from globalization are often alarmed that a US administration may copy the Chinese approach and explicitly endorse industrial policies. Unlike China, of course, the US purports to be a democracy. And industrial policy in a democracy requires transparency, accountability, and institutionalization. The relationship between the government and private firms has to be calibrated carefully. Government agencies need to be close enough to private enterprises to elicit the requisite information about the technological and market realities on the ground. (…) But they cannot get so close to private firms that they end up in companies’ pocket, or, at the other extreme, simply order them around.And that is where industrial policy à la Trump fails to pass the test. (…) This means that we can expect the Trump administration’s industrial policy to vacillate between cronyism and bullying. That may benefit some; but it will do little good for the overwhelming majority of American workers or the economy as a whole”.

En este entorno complejo de relaciones con el Gobierno, y en un contexto en el que triunfan en la sociedad las ideas populistas contras las élites (entre ellas los “big business”, oligarquías económicas y financieras, o como se las quiera denominar), la gran empresa debe adoptar una actitud activa, que confronte las visiones simplistas y empobrecedoras sobre su actividad, y afronte al mismo tiempo los retos y desafíos que le impone su papel como institución central en una sociedad libre y democrática.

Jeniffer Rubin, en “How business can survive the know-nothing politics of populism” (The Washington Post), propone una guía de actuación para la gran empresa que incluye la defensa del libre comercio, del valor de la fuerza laboral inmigrante, y de la globalización; la defensa de la conexión entre la actividad y la actuación libre de las grandes empresas y el trabajo de millones de personas, que pueden ser las finalmente afectadas por las medidas populistas; la necesidad de atender las disfuncionalidades que puede generar un Gobierno populista en sectores como la educación, la sanidad, el respecto a las comunidades minoritarias, etc.; y puesta en marcha voluntaria de iniciativas encaminadas a favorecer a los trabajadores de rentas bajas, a incentivar la movilidad laboral y a promover la justicia social. Rubin concluye: “Very simply, if big business wants to survive Trump and change the way it is viewed, it better take on important tasks that are visible to the country at large. Otherwise, they’ll feel the wrath of Trump and his angry minions”.

Algo similar plantea Ben W. Heineman, Jr. en “The ‘Business in Society’ Imperative for CEOs” al hablar de la necesidad de una mayor conciencia y acción social de las grandes corporaciones: “Recent global developments underscore the importance of these societal issues. The U.S. presidential election and the transition present a confusing (and confused) mix of pro-business and anti-business themes. On the one hand, protectionism, populism, and wide-spread distrust of business’s role in politics is threatening international corporations (think Carrier, Boeing, and tariffs/taxes for off-shoring and outsourcing). On the other, tax reform, infrastructure, deregulation, and the inclusion of more businesspeople in the Cabinet may create opportunities for them. Similarly, whether the Brexit vote last June will help or hurt businesses in the UK and EU is still uncertain. The contemporary CEO must not only be expert at addressing the commercial verities of products, markets, and competitors. She must also have the experience and capability to address business-in-society issues—legislation, regulation, investigation, enforcement and litigation — that now create risk and opportunity in all dimensions of corporate activity”.

No cabe duda de que las intervenciones populistas en la vida de las grandes empresas pueden tener consecuencias indeseables que el mundo de los negocios tendrá que abordar. Muchas de esas intervenciones parecerán beneficiosas a corto plazo, seguramente serán populares entre muchos ciudadanos, e incluso entre muchos hombres de negocios (sobre todo entre los más favorecidos por ciertas medidas). Sin embargo, sus efectos a medio y largo plazo pueden ser devastadores. Como comenta el Premio Nobel de Economía Robert J. Shiller en “Making America Great Again Isn’t Just About Money and Power”, tanto en el ámbito empresarial como en otros aspectos de acción pública, la ilusión populista de la intervención del Gobierno puede quedarse sólo en eso, en una ilusión: “Government intervention to enhance greatness will not be a simple matter. There is a risk that well-meaning change may make matters worse. Protectionist policies and penalties for exporters of jobs may not increase long-term opportunities for Americans who have been left behind. Large-scale reduction of environmental or social regulations or in health care benefits, or in America’s involvement in the wider world may increase our consumption, yet leave all of us with a sense of deeper loss. Greatness reflects not only prosperity, but it is also linked with an atmosphere, a social environment that makes life meaningful. In President Johnson’s words, greatness requires meeting not just “the needs of the body and the demands of commerce but the desire for beauty and the hunger for community.”

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One thought on “El populismo y la gran empresa

  1. danieljimenezmontero 15 enero, 2017 / 8:31 pm

    Considero convienente tener presente otros dos aspectos, además de los descritos en el artículo, para valorar si un acto es populismo empresarial. Primero, la exportación de empresas obedece a la atención de una oportunidad empresarial real, o en su defecto, es un acto colmado de avaricia. Este tema incluye la siguiente inquietud personal: la maximización de beneficios es perjudicial en el plano temporal; en lugar de ello debemos tender hacia la optmización de beneficios. Segundo, la exportación de empresas ocurre hacia paises ocupados en el desarrollo pleno de sus ciudadanos, o en su defecto, es tan solo el aprovechamiento del ‘dumping social’ vigente en nuestra sociedad. No es correcto que una empresa crezca a costas del pobre o nulo Bien Común presente en ciertas economias o países.

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