In Hoc Anno Domini, 2016

En 1949 el editorialista del Wall Street Journal Vermont Royster –posteriormente, director del periódico estadounidense entre 1958 y 1971- escribió la columna “In Hoc Anno Domini” para felicitar –y recordar- la Navidad a los lectores del diario. Desde entonces, el periódico de Wall Street, la “biblia” de la actualidad económica y de los negocios en el mundo –como alguna vez ha sido definido-, cada 23 de diciembre, sin faltar ni una sola vez a la cita, reproduce la columna de Royster. “In Hoc Anno Domini” es un canto a la libertad y un recuerdo de que en Navidad celebramos que Cristo se hizo hombre para salvar al mundo. Con la conversión de San Pablo como metáfora del paso de un mundo en la oscuridad bajo el yugo de Roma a un mundo de hombres libres bajo la luz salvadora de Cristo, Royster recuerda que una y otra vez, cada Navidad, es bueno volver a reflexionar sobre el hecho de que la tensión entre esos dos mundos sigue viva.

Cuando Vermont Royster escribió su columna, en 1949, el mundo vivía momentos convulsos, y en su opinión los mensajes navideños, habitualmente emotivos y sentimentales, llenos de buenos deseos de paz y alegría, no debían, sin embargo, olvidar esa realidad. En su biografía de Royster (“Thinking Things Over”), Chris Roush recuerda cómo el autor de la columna explicaba en 1978, casi treinta años después, su decisión de publicarla: “Royster noted that most newspapers ran Christmas editorials that were messages of glad tidings, about peace and joy and the babe in the manger. ‘But I did not see the world that way that year,’, he noted. ‘There was a blockade in Berlin, and war clouds were again scudding across the map in Europe. There were the first stirrings of racial unrest in the United States, and in the Soviet satellites people were learning what it was like to win the war and lose their freedom”.

Llegamos a la Navidad 2016 también en momentos en los que el mundo vive fuertes tensiones, sigue convulso, y con no pocas fuentes de oscuridad, y por eso, junto al ¡Feliz Navidad!, no está mal seguir recordando el verdadero sentido de esta celebración. Adelantándonos al propio Wall Street Journal, que con seguridad, volverá a publicar las palabras de Royster el 23 de diciembre (véase la columna de 2015), las recordamos aquí, traducidas al castellano, para acabar este año y dar la bienvenida al siguiente.

                In Hoc Anno Domini

“Cuando Saúl de Tarso partió en su viaje a Damasco, todo el mundo conocido vivía conquistado. Había un estado, y era Roma. Había un amo de todo, y era el César Tiberio. Por todas partes había orden civil, porque el brazo de la ley romana era largo. Por todas partes había estabilidad, en gobierno y en sociedad, porque los centuriones así lo garantizaban.

Pero por todas partes había también algo más. Había opresión para quienes no eran los amigos del César Tiberio. Había impuestos para poder cosechar el grano de los campos y para hilar el lino del huso; para alimentar las legiones o para llenar la hacienda pública con la cual el César divino entretenía a la gente. Había reclutadores para llenar de gladiadores los circos. Había verdugos para callar a quienes el emperador había proscrito. ¿Para qué era un hombre sino para servir al César?

Había persecución de los hombres que se atrevían a pensar de forma diferente, que oían voces extrañas o leían extraños manuscritos. Había esclavitud de los hombres cuyas tribus no provenían de Roma, desdén para quienes no tenían un aspecto familiar. Y sobre todo, había por todas partes un desprecio de la vida humana. ¿Qué era, para el poderoso, un hombre más o menos en un mundo sobrepoblado?

Entonces, de repente, hubo una luz en el mundo, y un hombre de Galilea que decía que había que dar al César lo que es de César y a Dios lo que es de Dios. Y la voz de Galilea, que desafiaría al César, ofreció un nuevo Reino en el cual cada hombre podría caminar con la frente bien alta y no postrarse ante nadie excepto ante su Dios. Como trataste a los más pobres, así me trataste a mí. Y ese hombre envió este evangelio del Reino del Hombre hasta lo confines de la tierra.

Y así la luz entró en el mundo y los hombres que vivían en la oscuridad tuvieron miedo, e intentaron correr una cortina para que los hombres continuasen creyendo que la salvación emanaba de los líderes políticos. Pero ocurrió durante algún tiempo en lugares diversos que la verdad liberó al hombre, aunque los hombres de la oscuridad intentaron apagar la luz. La voz dijo, apresuraos. Caminad mientras tenéis luz, a menos que os caiga la oscuridad, porque quienes caminan en oscuridad no saben dónde van.

En el camino a Damasco la luz alumbró resplandeciente. Pero después Pablo de Tarso también tuvo miedo. Temió que otros Césares, otros profetas, podrían un día persuadir a los hombres de que el hombre no era más que un siervo de otros hombres, que los hombres cederían sus derechos otorgados por Dios a cambio de pan y circo, y ya no caminarían en libertad.

Podría suceder de nuevo que la oscuridad triunfaría sobre la tierra, y que volviera la quema de libros, y que los hombres sólo pensaran en qué deben comer y cómo deben vestir, y prestaran atención solamente a Césares nuevos y a falsos profetas. Podría suceder que los hombres no mirarían hacia arriba para ver la estrella del invierno en el este y, una vez más, no brillara luz alguna en la oscuridad.

Y por eso Pablo, el apóstol del Hijo del Hombre, habló a sus hermanos, los Gálatas, y pronunció las palabras que quiso que recordásemos siempre en cada uno de los años de su Señor: Aferraos a la libertad con la que Cristo nos ha hecho libres y no os enredéis de nuevo bajo el yugo de la esclavitud.

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