La nostalgia en prime time

Las empresas y las marcas hace tiempo que descubrieron el atractivo de la nostalgia como elemento de revitalización y relanzamiento de sus productos. El “nostalgia marketing”, y su propuesta de vuelta a los orígenes, ha sido el responsable de la recuperación de la Coca Cola classic, de la resurrección de modelos de coches como el Mini o el Beetle, de la moda de volver a escuchar los discos de vinilo, o de muchos otros fenómenos de revival y de consumo vintage.  Pero también hace ya algún tiempo que la nostalgia se ha convertido en un elemento esencial para entender otros fenómenos culturales, sociales y políticos de la actualidad, en los que la percepción de crisis, el estado de indignación, el miedo y la rabia, llevan al anhelo de revivir épocas e ideas (supuestamente) gloriosas del pasado.

La television, ese areópago moderno de la  cultura popular, refleja bien el espíritu del momento. Jennifer Swann comenta en el Washington Post (“Feeding the nostalgia beast: MTV and other networks bring back their vintage shows”) cómo cada vez es más común que las grandes cadenas de televisión estadounidenses recuperen del pasado series, shows y formatos televisivos con el fin de satisfacer a audiencias cada vez más entradas en años que disfrutan rememorando sus años dorados de juventud.  Un buen ejemplo de ese fenómeno lo hemos tenido en España en las últimas semanas con el revival de “Operación Triunfo”, que más bien podría haberse titulado “Operación Nostalgia”, aunque la añoranza en este caso tenga un referente tan cercano como los felices años de cambio de milenio, previos a la crisis de 2008.

Como reflejo de la sociedad, ese prime time televisivo nostálgico conecta con un estado de ánimo público proclive a buscar soluciones a los problemas de la sociedad mirando por el espejo retrovisor. Entretenimiento y política sintonizan el mismo dial nostálgico. Así lo explica Peter Marks en “Nostalgia? Yestalgia! Why reviving old shows is exactly what we need right now”: “In an age of high anxiety -economic or political- we tend to reach into the cabinet of our comforts and scrounge for reminders of stabler periods. So now, it seems, is prime time for nostalgia. As a relatively popular presidency, and the most vulgar and corrosive national election of modern times, both wind down, a nation looks for reassuring signs — and often finds them in the rearview mirror”. Aunque quizá esta sintonía se vea con especial nitidez en estos tiempos tan convulsos en los Estados Unidos, el fenómeno es global, y uno lo puede advertir en manifestaciones de todo tipo.  Sirva de ejemplo simbólico y cercano la reciente campaña política de Podemos para elegir su equipo directivo en Madrid. Como si de un revival de los 50 se tratara, el equipo de campaña de una de las contendientes, Rita Maestre, y ella misma, protagonizaron un flas mob en un vídeo en el que bailaban el tema final de la película musical “Grease” (revival de los revival, donde los haya).

Por supuesto, ese intenso movimiento de la nostalgia está teniendo consecuencias que van mucho más allá de su anecdótico éxito en el prime time televisivo. La nostalgia se está adueñando del primer time de la política y de la sociedad.  El “Take Back Control!” del Brexit y el “Make America Great Again” de Trump son reflejo del éxito de los eslóganes de la nostalgia, de la reacción ante los problemas del presente buscando una referencia en el pasado, en épocas de gloria previas, más o menos recientes, que han sido destruidas por fenómenos como la globalización, el poder del establishment y las élites, y el progresismo. Como señala Mark Lilla, profesor de Columbia University y autor de “The Shipwrecked Mind: On Political Reaction”, el éxito de ese espíritu nostálgico tiene una base reaccionaria que contrasta con la orientación más revolucionaria que históricamente ha tenido la esperanza en el progreso y en el futuro. En “Our Reactionary Age”, Lilla escribe: “Today, politics worldwide is being driven by anger, despair and resentment.  And above all, nostalgia. (…) We live in a reactionary age. Revolutionaries traffic in hope. They believe, and wish others to believe, that a radical break with the past is possible and that it will inaugurate a new era of human experience. Reactionaries believe that such a break has already occurred and has been disastrous. While to the untrained eye the river of time seems to flow as it always has, the reactionary sees the debris of paradise drifting past his eyes. The revolutionary sees the radiant future, and it electrifies him. The reactionary thinks of the past in all its splendor, and he, too, is electrified. He is, he thinks, the guardian of what actually happened, not the prophet of what might be”.

La nostalgia política no solo se apoya en los elementos culturales, identitarios, nacionalistas o raciales que a menudo se citan para comprender casos como los comentados en Estados Unidos o Gran Bretaña, y en otros países europeos. También hay una añoranza ideológica que alimenta la nostalgia política, por ejemplo, entre quienes creen en los tiempos gloriosos de las economías  y las sociedades modernas previos a la ola neoliberal de los años ochenta del siglo XX.  Como comenta Marc Bassets en El País (“Crónicas del derrumbe”), “la nostalgia es un arma política cargada de futuro. Quienes la agitan, se trate de los promotores del Brexit en Europa o de Donald Trump en Estados Unidos, recogen éxitos electorales. Y no es exclusiva de un campo ideológico. La izquierda añora los tiempos, más igualitarios, en los que el Estado de bienestar era más robusto”.

Ya sea la nostalgia de una sociedad cada vez más envejecida  físicamente (no se puede olvidar el peso del voto de los “mayores” en el Brexit y en el éxito de Trump), o la de una sociedad fundamentalmente joven que mira intelectual e ideológicamente al pasado (los movimientos que redescubren que Marxism ‘ist cool again’), lo cierto es que el prime time nostálgico parece que está aquí para quedarse. De hecho, siempre ha estado aquí –aunque quizá no con tanta intensidad-, ya que, no lo olvidemos, la nostalgia es un sentimiento profundamente humano: “Y de pronto el recuerdo surge. Ese sabor es el que tenía el pedazo de magdalena que mi tía Leoncia me ofrecía, después de mojado en su infusión de té o de tila, los domingos por la mañana en Combray (porque los domingos yo no salía hasta la hora de misa) cuando iba a darle los buenos días a su cuarto” (Marcel Proust, “En busca del tiempo perdido: Por el camino de Swann”, 1913).

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