La fuerza de la expresión

Vivimos en una sociedad intensamente expresiva, rodeados de mensajes y contenidos que representan con palabras u otros signos externos pensamientos, ideas y sentimientos. El dominio de la expresión (escrita, oral, visual, corporal, etc.) se ha convertido, quizá más que en otras épocas, en una habilidad esencial para el desarrollo personal y profesional. En este sentido, tanto en la política como en los negocios –por fijarnos en dos actividades del ámbito público-, cada vez es más común oír hablar de la importancia que tienen el discurso, las historias, la narrativa…, y otros conceptos relacionados más con el “cómo” que con el “qué” de los mensajes. El dominio de distintos lenguajes expresivos, y la capacidad de utilizarlos para adaptar esos mensajes a destinatarios específicos, de manera que se produzcan procesos de comunicación eficaces, están en la base del éxito de muchas actividades e iniciativas públicas. Por contra, los desajustes que a menudo se producen en el ámbito de la expresión pueden generar numerosos y serios problemas en la vida pública.

John Lanchester, en The New York Times Magazine, escribe sobre uno de esos desajustes en el caso de la distancia entre el lenguaje del mundo de las finanzas y el lenguaje de los ciudadanos. En “How Economic Gobbledygook Divides Us”, Lanchaster hace referencia a un estudio británico sobre el lenguaje de la banca y de las declaraciones oficiales del Banco de Inglaterra que determina que su nivel de complejidad en la escala Flesch-Kincaid es de grado 14, cuando las obras literarias de grandes autores como Emily Brontë, F. Scott Fitzgerald, Jane Austen, Charles Dickens, Mark Twain o Ernest Hemingway rondan normalmente el nivel 10. La complejidad y oscuridad de los textos financieros, tan crípticos, dice Lanchester, es una barrera casi infranqueable para el ciudadano medio, y una de las causas de su desconfianza hacia los mensajes de los expertos, y hacia las historias que estos cuentan, por ejemplo, sobre las crisis. Por supuesto, concluye, es necesario afrontar estos desajustes para fortalecer nuestra sociedad: “It would be a disaster for democracy if this divide were to become permanently entrenched. Democracy depends on an informed electorate; it depends on argument, and that in turn depends on having enough in common to be able to argue. Bankers and the financial elite can’t just talk to each other as if nothing has changed; as if the little people are just going to accept that they can’t follow the big words, so the rich should just keep running things in their own interest. The experts need to set terms for the debate that everyone can understand”.

La lejanía entre el lenguaje común y el lenguaje utilizado en muchos ámbitos profesionales afecta también al día a día de la vida en las organizaciones. En “Bad Writing Is Destroying Your Company’s Productivity”, Josh Bernoff, autor de Writing Without Bullshit: Boost Your Career by Saying What You Mean, destaca cómo los problemas expresivos, la falta de claridad en los mensajes escritos, por ejemplo, es fuente de grandes pérdidas de tiempo-productividad y de otros muchos problemas en el ejercicio del liderazgo y en la acción directiva. Esto es especialmente grave cuando cada vez se pasasn más horas escribiendo y leyendo mensajes en el correo electrónico, redactando y estudiando informes, etc. La baja competencia expresiva, a la que no se hace frente en las organizaciones una vez que el empleado se ha incorporado a ellas, se traduce en un lenguaje poco preciso, en estructuras gramaticales imposibles, y en un abuso de los tecnicismos y del lenguaje administrativo. Como señala Bernoff, “Entry-level employees get little training in how to write in a brief, clear, and incisive way. Instead, they’re immersed in first-draft emails from their managers, poorly edited reports, and jargon-filled employee manuals. Their own flabby writing habits fit right in. And the whole organization drowns in productivity-draining blather. (…) A culture of clear writing makes managers more productive. It means that the material that ends up on your desk will be clearer too. Senior managers can waste time rooting through their subordinates’ fuzzy writing, or they can spend effort changing the culture to one that prizes brevity, clarity, and directness. That’s worth the effort, because it means everyone in the organization — especially management — will end up more productive”.

Es significativo que, por contraste con estos ejemplos de lejanía entre la expresión de los expertos y la comprensión de los ciudadanos, uno de los datos que ha llamado más la atención sobre la efectividad de los discursos y mensajes de campaña de Donald Trump sea precisamente su simplicidad, nada sofisticada, lingüística y retórica. Katy Waldman en “Trump’s Tower of Babble” se refiere a la “brillantez accidental del estilo discursivo de Trump”. Waldman la describe así: “What’s the secret to Trump’s accidental brilliance? A few theories: simple component parts, weaponized unintelligibility, dark innuendo, and power signifiers. (…) Despite the often-complicated work they do, Trump’s speeches are built from basic, readily understood elements. One analysis, citing loosely woven sentences and a cramped, simplistic vocabulary, found that he talks just below a sixth-grade reading level, compared with the eighth- to 10th-grade reading levels at which his competitors speak. Another paper discovered that 78 percent of the words Trump deploys are monosyllabic. (Sad!) Trump’s most avidly used term is I, followed by Trump, very, China, and money”.

Esa sencillez, a veces un tanto caótica –pero con la que muchos ciudadanos se identifican al pensar en las formas en que ellos se expresan cotidianamente-, también se traslada en el caso de Trump al uso de recursos retóricos. Francesca Citron en “How just one little metaphor can fire up our emotions” se refiere a este hecho al destacar la fuerza emotiva de ciertas imágenes y metáforas utilizadas por el candidato en campaña: “There’s never been a US presidential candidate quite like Donald Trump – and one of his most distinctive traits is the way he uses vivid, jumbled metaphors. His speaking style is shot through with figurative imagery – a sort of language that we know is particularly effective at rousing people’s feelings”. De hecho, se podría decir que Trump utiliza sus metáforas de una forma muy básica, como lo hacemos la mayoría de los ciudadanos, mezclando metáforas ya muy trilladas con otras ocurrentes, de propio cuño, pero sin un plan predeterminado, sin especial sofisticación discursiva. Así lo destaca Andrew Hynes, profesor en Queen Mary (University of London), en “Donald Trump’s chaotic use of metaphor is a crucial part of his appeal”: “Trump’s usual rhetorical stock-in-trade is a random tumble of metaphors, some dead, some alive. When he said in May that China is “raping our country” it certainly caught people’s attention. But then in the next line of the speech he said, “we have the cards, don’t forget it. (…) Because of this sort of metaphorical chaos, Trump’s speeches generally lack a unifying image. But then again, perhaps incoherence is precisely what makes his rhetoric so appealing”.

La percepción de las crisis (como en la caso de la crisis financiera), la comunicación en las organizaciones o los desafíos expresivos que se presentan en las campañas electorales (la actual estadounidense es un buen ejemplo) dependen en buena medida de la competencia expresiva de los actores económicos, políticos, sociales y de la de los propios ciudadanos. Por eso, el reto expresivo, en nuestra sociedad de la información, es un desafío humanístico de primer orden, que va a requerir mucha más atención de la que se le presta en la actualidad.

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