Populismo cultural, populismo económico y democracia

Quizá porque ya se acerca el tan esperado desenlace de la carrera de Donald Trump hacia la presidencia de los Estados Unidos, quizá porque no se acaban de esfumar los ecos de la sorpresa del éxito de los partidarios del Brexit en el Reino Unido, lo cierto es que en las últimas semanas ha arreciado el ritmo de publicación de trabajos y reflexiones sobre los fenómenos de populismo en Estados Unidos y Europa. La mayoría de ellos se centran en profundizar en las causas de esos populismos, y un número también numeroso en tratar de comprender las similitudes y diferencias entre los populismos denominados de izquierdas (más comunes hoy en países mediterráneos y latinos) y los populismos de derechas (más visibles en la actualidad en centro Europa y el mundo anglosajón).

Uno de los trabajos que más eco ha tenido en los últimos días ha sido el estudio publicado por dos conocidos profesores estadounidenses, Ronald Inglehart (University of Michigan) y Pippa Norris (Harvard University). “Trump, Brexit, and the Rise of Populism: Economic Have-Nots and Cultural Backlash”, documento de trabajo publicado por la John F. Kennedy School of Government (Harvard University), plantea que, al contrario de lo que habitualmente se piensa, las razones o causas económicas –como los efectos de la crisis de 2008- tienen una relevancia mucho menor que las razones culturales a la hora de explicar y entender fenómenos populistas como el Trump o el de los partidos y movimientos partidarios del Brexit. Según Inglehart y Norris, desde los años setenta del siglo XX se ha ido incubando una pugna cultural entre las fuerzas políticas más progresistas que han ido accediendo al poder (defensoras de valores culturales post-materialistas como la preocupación por el medio ambiente, la equidad de género, el cosmopolitanismo, etc.) y las fuerzas más conservadoras, que se han visto cada vez más desplazadas (defensoras de valores tradicionales “pasados de moda”). La reacción de estas últimas ante ese nuevo establishment progresista está en el origen de buen número de populismos de derechas. Como concluyen los autores en su trabajo, “the spread of progressive values has stimulated a cultural backlash among people who feel threatened by this development. Less educated and older citizens, especially white men, who were once the privileged majority culture in Western societies, resent being told that traditional values are ‘politically incorrect’ if they have come to feel that they are being marginalized within their own countries. As cultures have shifted, a tipping point appears to have occurred”.

En el caso del Brexit, por ejemplo, Anatole Kaletsky coincide con esa visión, en la que factores tan básicos como la edad (jóvenes y mayores), el origen étnico y la defensa de ciertos valores socioculturales son más aptos para explicar lo sucedido que las razones de situación económica, laboral, etc. Kaletsky escribe en “Pensioners and Populism”: “The British data suggest that cultural and ethnic attitudes, not direct economic motivations, are the real distinguishing features of anti-globalization voting. Asked whether “social liberalism” is a “force for good” or a “force for ill,” 87% of “Remain” voters said it was a force for good, while 53% of Leave voters called liberalism a “force for ill.” On “multiculturalism,” the difference was even starker – 65% of Leave voters were against it, while 86% of Remainers approved. In Britain, where detailed analyses of the votes actually cast in the Brexit referendum are now available, the group most directly affected by low-wage competition from immigrants and Chinese imports – young people under 35 – voted against Brexit by a wide margin, 65% to 35%. Meanwhile, 60% of pensioners who voted backed the “Leave” campaign, as did 59% of voters with disabilities. By contrast, 53% of full-time workers who participated wanted Britain to remain in Europe, as did 51% of part-time workers”.

Sin embargo, frente a estos populismos denominados de derechas o conservadores, tan culturalmente condicionados, la explicación de los populismos de izquierda sí tiene además una fuerte raíz económica, que se ha repetido a lo largo de la historia en este tipo de movimientos.  También en este caso, la raíz se puede encontrar en los años setenta, con el inicio de una nueva era de dominio del liberalismo económico que genera grandes desequilibrios y desigualdades sociales, y que culmina con la crisis de 2008. La reacción política e ideológica de indignación ante esa situación está en el origen de partidos como Podemos en España o Syriza en Grecia –pero también, por ejemplo, en el giro a la izquierda de Sanders y Corbyn en el mundo anglosajón-. Sociológica y demográficamente muy diferentes a los de derechas –entre otras cosas, porque  movilizan sobre todo a la juventud y a los más desfavorecidos-, estos populismos, muchos de ellos de raíz postmarxista, no presentan especial novedad respecto a los que ya se han dado históricamente en otras latitudes y momentos históricos. Sí comparten con los anteriores, sin embargo, la idea de la revuelta contra el establishment, contra las élites, la política convencional, etc. Fareed Zakaria destaca este hecho en “Populism on the March. Why the West Is in Trouble”, comentario publicado en el último número de Foreign Affairs, que se dedica monográficamente a este tema: “What is populism? It means different things to different groups, but all versions share a suspicion of and hostility toward elites, mainstream politics, and established institutions. Historically, populism has come in left- and right-wing variants, and both are flourishing today, from Bernie Sanders to Trump, and from Syriza, the leftist party currently in power in Greece, to the National Front, in France. But today’s left-wing populism is neither distinctive nor particularly puzzling”.

Más allá de sus diferencias profundas, incluso de su carácter antagónico, o de sus similitudes más o menos superficiales, es una realidad que la actual expansión del pensamiento populista supone un enorme reto y un gran peligro para las democracias, tal y como las conocemos en la historia reciente. Andrés Velasco, profesor de la Columbia University School of International Public Affairs, al comentar una obra de Jan-Werner Mueller sobre el tema, señala: “Populism is not about taxation (or jobs or income inequality). It is about representation – who gets to speak for the people and how. Advocates of democracy make some exalted claims on its behalf. As Abraham Lincoln put it at Gettysburg, it is “government of the people, by the people, for the people.” But modern representative democracy – or any democracy, for that matter – inevitably falls short of these claims. Voting in an election every four years for candidates chosen by party machines is not exactly what Lincoln’s lofty words call to mind. What populists offer, Mueller says, is to fulfill what the Italian democratic theorist Norberto Bobbio calls the broken promises of democracy. Populists speak and act, claims Mueller, “as if the people could develop a singular judgment,…as if the people were one,…as if the people, if only they empowered the right representatives, could fully master their fates. Populism rests on a toxic triad: denial of complexity, anti-pluralism, and a crooked version of representation” (“The The Anti-Democratic Heart of Populism”).