Trabajo, tecnología y humanismo

La convivencia del hombre con la máquina en el lugar de trabajo tiene una larga historia de encuentros y desencuentros. Casi dos siglos después del primer movimiento ludita, símbolo del descontento de la clase obrera británica ante el avance de la máquina en la industria, estamos en la actualidad en uno de esos momentos que pueden dar a un nuevo giro a esa relación. La confluencia del desarrollo de las tecnologías de la información, de la robótica y de la inteligencia artificial –por citar algunos de los fenómenos tecnológicos más populares- vuelve a poner sobre la mesa el problema de la posible sustitución de gran parte del trabajo humano por las máquinas, con todas sus consecuencias económicas, sociales, etc.

En los dos últimos años se ha intensificado la publicación de artículos académicos y libros sobre estos temas, con el objetivo de tratar de anticipar los efectos que la aceleración del desarrollo tecnológico puede tener en el mundo laboral y la empresa. Algunos de estos trabajos han tenido un notable éxito, como The Second Machine Age (2014), obra en la que los profesores del MIT Erik Brynjolfsson y Andrew McAfee reflexionaban sobre la necesaria reinvención de las economías como consecuencia de la revolución de las tecnologías digitales, y su efecto en la nueva educación y formación que se requerirán para desempeñar ciertos trabajos en el futuro (“to prepare people for the next economy instead of the last one, designing new collaborations that pair brute processing power with human ingenuity, and embracing policies that make sense in a radically transformed landscape”). También ha sido un best seller el libro Rise of the Robots (2015), del experto en tecnología Martin Ford, que con un tono algo más apocalíptico, también se plantea el reto de reinventar el contenido del trabajo humano como única forma de supervivencia ante el empuje tecnológico (“all jobs that are on some level routine are like to eventually be automated, resulting in the death of traditional careers and a hollowed-out middle class. The robots are coming and we have to decide – now – whether the future will bring prosperity or catastrophe”). Más recientemente, el fundador del World Economic Forum, Klaus Schwab, ha publicado The Fourth Industrial Revolution (2016), con el objetivo de llamar la atención sobre la rapidez y la escala del cambio tecnológico, de reflexionar sobre posibles respuestas ante ese cambio, y sobre todo, con el fin de aunar fuerzas, públicas y privadas, para afrontar de forma armoniosa los desafíos que plantea. John Thornhill, en el Financial Times, comenta sobre el trabajo de Schwab: “Schwab suggests that the fourth industrial revolution has the potential to “robotise humanity”; but, if shaped in a responsive and responsible way, could also catalyse a new cultural renaissance and a true global civilisation, lifting humanity into a new collective and moral consciousness based on a shared sense of destiny”.

Más allá de retos y desafíos concretos, dos ideas de fondo parecen emerger de la investigación que aborda el impacto de esta aceleración tecnológica en el mundo del trabajo.

La primera idea es que, como en otras revoluciones pasadas, las nuevas tecnologías sustituirán sin duda muchas tareas realizadas hoy por las personas –tanto rutinarias como complejas-, pero al mismo tiempo generarán nuevas ocupaciones –que quizá hoy, todavía, no se ven con claridad- que compensen con creces esas pérdidas. En “How computer automation affects occupations: Technology, jobs, and skills”, James Bessen (Boston University) explica, por ejemplo, cómo los trabajos más intensivos en el uso de tecnologías de la información son también los que más puestos de trabajo generan, en comparación con los menos intensivos en tecnología: “Computers automating tasks doesn’t imply that occupations that use computers will necessarily suffer job losses. In fact, computer-using occupations have had greater job growth to date. Instead, it is the occupations that use few computers that appear to suffer computer-related job losses. The notion that computer automation necessarily leads to major job losses ignores the dynamic economic response to automation, a response that involves both changing demand and interoccupation substitution”. Esa dinámica de reinvención del trabajo, como señalan Acemoglu y Restrepo en “The Race Between Machines and Humans. Implications for growth, factor shares and jobs”, es la que se ha dado en otros momentos de la historia: “Many economists throughout history have been proven wrong in predicting that technological progress will cause irreversible damage to the labour market. This column shows that so far, the labour market has always adapted to the replacement of jobs with capital, using evidence of new types of skilled jobs between 1970 and 2007. As long as the rate of automation of jobs by machines and the creation of new complex tasks for workers are balanced, there will be no major labour market decline”.

La segunda idea en la que hay claro acuerdo es en la necesidad de repensar la educación y la formación de las personas para el trabajo, tanto desde el punto de vista de la formación para aprovechar al máximo las posibilidades de las nuevas tecnologías, como de la formación para explotar del modo más apropiado aquello que las tecnologías no pueden –ni seguramente podrán- ofrecer en las organizaciones: humanidad. Respecto a lo primero, el CEO de Salesforce, Marc Benioff, destaca por ejemplo la importancia de adaptarse a cambios como los que está produciendo la extensión de la inteligencia artificial a muchos ámbitos de decisión de las empresas. En “On the Cusp of an AI Revolution”, Benioff comenta: “As in past periods of economic transformation, AI will unleash new levels of productivity, augment our personal and professional lives, and pose existential questions about the age‐old relationship between man and machine. It will disrupt industries and dislocate workers as it automates more tasks. But just as the Internet did 20 years ago, AI will also improve existing jobs and spawn new ones. We should expect this and adapt accordingly by providing training for the jobs of tomorrow, as well as safety nets for those who fall behind”. Quizá sea más complejo lo segundo: la formación necesaria para convertir la humanidad, el humanismo, en un factor laboral clave en entornos altamente tecnologizados. También lo será su puesta en práctica en las organizaciones, que a menudo se equivocan al tratar de gestionar esas dimensiones humanas de forma frívola. Precisamente de algunos de estos aspectos se hace eco esta semana el semanario The Economist, al comentar los problemas que puede generar una mala gestión de las “dimensiones emociales” como contenidos del puesto de trabajo, tanto en hacia adentro como hacia afuera de la empresa: “The idea of companies employing jolly good fellows and “happiness alchemists” may be cringe-making, but is there anything else really wrong with it? Various academic studies suggest that “emotional labour” can bring significant costs. The more employees are obliged to fix their faces with a rictus smile or express joy at a customer’s choice of shoes, the more likely they are to suffer problems of burnout. (…) But the biggest problem with the cult of happiness is that it is an unacceptable invasion of individual liberty. Many companies are already overstepping the mark. (…) Companies have a right to ask their employees to be polite when they deal with members of the public. They do not have a right to try to regulate their workers’ psychological states and turn happiness into an instrument of corporate control” (“Against Happiness”).

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