Era de la confusión

Dice el Diccionario de la Real Academia de la Lengua que “confundir” es “mezclar cosas diversas de manera que no puedan reconocerse o distinguirse”. El resultado de esa experiencia es la perplejidad, el desasosiego, la turbación de ánimo, la sensación de que nada está bajo control. Parece como si la confusión fuera el estado natural de las cosas.

Ciertamente, en nuestros días, hay buen número de acontecimientos y circunstancias que nos tienen inmersos en la confusión y en la perplejidad. Sólo en el ámbito de la política, los españoles estamos perplejos ante la incapacidad de los políticos elegidos en las urnas para formar gobierno tras dos elecciones y más de nueve meses de negociaciones; los británicos –muchos británicos- todavía no se pueden creer que el Brexit sea una realidad, y deambulan por las calles esperando que todo haya sido sólo un mal sueño; y los estadounidenses –quién lo iba a decir- no saben cómo hacer frente a la posibilidad de que un candidato como Donald Trump llegue en noviembre a la Casa Blanca. Son sólo tres ejemplos cercanos, pero seguro que se podrían complementar con muchos más.

El ciudadano tiene la impresión de que le faltan datos, de que no tiene la información suficiente –ni suficientemente buena- para entender estos fenómenos, a pesar de que en todos ellos es un participante activo, con sus acciones y decisiones. Un participante, sin embargo, al que la falta la seguridad y la tranquilidad que dan las certezas, los datos incontestables, la percepción clara de la realidad.

La paradoja de vivir con una confusión creciente, precisamente en la era de información y el conocimiento, está motivando algunas reflexiones interesantes sobre el papel de los “hechos”, de los “datos” y de la “información” en la toma de decisiones sobre asuntos –como los políticos y económicos- de indudable interés público.

En “The Age of Post-Truth Politics”, William Davies, profesor de economía política en Goldsmiths (University of London), señala cómo los hechos, y los datos sobre ellos, a diferencia de lo que ha pasado históricamente en Occidente, hoy no tienen la habilidad para sustentar consensos. Señala Davies: “The problem is that the experts and agencies involved in producing facts have multiplied, and many are now for hire. If you really want to find an expert willing to endorse a fact, and have sufficient money or political clout behind you, you probably can”. El reto, por supuesto, es que hay demasiada información, infinitos datos sobre casi cualquier realidad, y falta criterio y autoridad para jerarquizarlos, darles sentido, y posibilitar que ayuden para tomar mejores decisiones. Para Davies, “we are in the middle of a transition from a society of facts to a society of data. During this interim, confusion abounds surrounding the exact status of knowledge and numbers in public life, exacerbating the sense that truth itself is being abandoned”. Por supuesto, ese es buen entorno para que florezcan populismos, teorías de la conspiración, y engaños de todo tipo. Al comentar las próximas elecciones estadounidenses desde esta perspectiva, el profesor de ciencia política de Californa State University señala en “Why the Facts Can’t Speak for Themselves”: “Much of this disruption to this electoral process can be traced to the growing disconnect between reality and perception in political discourse”

Manejarse en tal entorno no es fácil, incluso en aquellos ámbitos de interés público en los que la ciencia parece tener una idea clara sobre cuál es la autoridad y veracidad de ciertos hechos y datos. Tali Sharot y Cass R. Sunstein analizan este fenómeno en el caso de las políticas medioambientales. En “Why Facts Don’t Unify Us”, estos profesores del University College y Harvard, respectivamente, explican algunas de las conclusiones de su investigación sobre las ideas y percepciones de la gente sobre el cambio climático, y sobre políticas públicas como el acuerdo de París para la reducción de la emisión de gases con efecto invernadero. El resultado de varios experimentos en los que expusieron los mismos datos científicos (algunos más reconfortantes, y otros menos) sobre el cambio climático a personas con diferentes posturas ante el papel del hombre en la generación de este problema no dejaban lugar para la duda: “For weak believers in man-made climate change, comforting news will have a big impact, and alarming news won’t. Strong believers will show the opposite pattern. And because Americans are frequently exposed to competing claims about the latest scientific evidence, these opposing tendencies will predictably create political polarization — and it will grow over time”. Esto, sin duda, es replicable a otros ámbitos de la vida personal y social.

No cabe duda que una manera de mitigar esta confusión del ciudadano es ser cada vez más consciente de los factores tecnológicos, informativos, etc., y de los mecanismos humanos y psicológicos que dificultan la claridad y la capacidad de llegar a tener un conocimiento y una opinión mejor fundados sobre la realidad. Como apunta Buster Benson en una interesante entrada de blog en Better Humans, “thinking is hard”, y es necesario esforzarse cada vez más para ser conscientes y manejar algunos de nuestros “prejuicios cognitivos” y navegar mejor por entornos de información (demasiada información, escasez de sentido, urgencia, etc.) que no hacen sino obligarnos a utilizarlos más y más.

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