Tiempos de resiliencia

En un debate reciente en las páginas del New York Times, educadores y psicólogos disentían sobre la necesidad de enseñar y/o testar la resiliencia de los estudiantes en las escuelas, como parte de la evaluación de sus habilidades socio-emocionales, algo que se está empezando a poner de moda en muchos centros. Las crisis, el estrés, una sociedad cada vez más cambiante, y un entorno vital crecientemente incontrolable, son fenómenos que parecen demandar que desde la niñez se perciba la importancia de practicar la resiliencia. Y es que más allá de este debate concreto en el ámbito educativo, en los últimos tiempos la resiliencia emerge como un concepto (en parte una palabra de moda) central de nuestra época.

El Diccionario de la Real Academia define resiliencia como (1) Capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos. (2) Capacidad de un material, mecanismo o sistema para recuperar su estado inicial cuando ha cesado la perturbación a la que había estado sometido. En ámbitos profesionales y de relaciones humanas, como señala Paula Davis-Laack en “5 Myths about Resilience”, de hecho es una mezcla de ambas ideas: adaptarse bien y resistir a situaciones de alta tensión y estrés, y recuperarse con fuerza renovada tras sucumbir ante una adversidad. El concepto se ha trasladado a muchos otros ámbitos, y esa mezcla de resistencia, estoicismo, fortaleza y temple sirve para hablar de “resiliencia climática”, “cyber resiliencia”, “resiliencia organizativa” o “resiliencia comunitaria“ (en algunas ciudades se ha creado el puesto de “chief resilience oficer”). Incluso la OCDE ha establecido un grupo de trabajo sobre Risk & Resilience, y ha definido la “resiliencia económica” como “la reducción de la vulnerabilidad de las economías ante las crisis, y el fortalecimiento de su capacidad para absorber y superar shocks severos preservando un crecimiento económico sólido”.

Las neurociencias también se interesan de modo creciente por el descubrimiento de las claves de la resiliencia. Como se señala en un comentario reciente publicado en Nature (“Rise of resilience”), en el marco de los estudios sobre los efectos del estrés, los traumas y las adversidades en la mente humana, cada vez hay más interés en conocer los mecanismos que pueden aliviar su influencia: “Research into stress is changing how we view mental-health conditions. Epigenetic and brain-chemistry changes caused by life stresses can be reversed by activities such as exercise, yoga, meditation and mental stimulation. And soon these types of behavioural intervention might be complemented by pharmaceuticals. We may learn the molecular mechanisms important for resilience, and then use that to help those susceptible to stress or who have suffered ill treatment or trauma.”

Por supuesto, como tantas otras cosas, la resiliencia se puede fortalecer con el aprendizaje, con el ejercicio y con el cambio de actitud hacia la vida. En un interesante artículo en The New Yorker (“How People Learn to Become Resilient”), Maria Konnikova comenta cómo cada vez más investigadores y “expertos en resiliencia” ponen énfasis en la importancia de la percepción, y en la mayor o menor capacidad que tienen la personas para manejar el “frame” de la adversidad como algo traumático o como una oportunidad para aprender y crecer como personas: “Human beings are capable of worry and rumination: we can take a minor thing, blow it up in our heads, run through it over and over, and drive ourselves crazy until we feel like that minor thing is the biggest thing that ever happened. In a sense, it’s a self-fulfilling prophecy. Frame adversity as a challenge, and you become more flexible and able to deal with it, move on, leam from it, and grow. Focus on it, frame it as a threat, and a potentially traumatic event becomes an enduring problem; you become more inflexible, and more likely to be negatively affected”.

Sea como fuere, algo hay en la época actual –en la economía, en las empresas, en la sociedad- que promueve esta creciente reflexión sobre la experiencia de la adversidad, y sobre la necesidad de gestionar de forma apropiada –como analiza Jo Marchant en Cure– los efectos “nocebos”, que se producen no sólo en medicina –de donde procede el término-, sino en la vida en general. En este sentido, es llamativo cómo la recuperación de una cierta vida contemplativa y la experiencia de una rica espiritualidad emergen casi siempre como claves relevantes. Comentado la obra de Marchant, John J. Ross escribe en el Wall Street Journal: “Ms. Marchant examines the possible benefits of a variety of stress-reduction techniques, including meditation and mindfulness training, compassion training, biofeedback, and a rewarding social life. She even travels to Lourdes to investigate the health effects of spirituality and religion. Regular churchgoers seem to live longer than non-churchgoers, an effect that may be mediated by stress reduction and stronger social networks rather than divine intervention. When it comes to health outcomes here on Earth, a God who is mild and forgiving might be preferable. As Ms. Marchant notes, belief in “an angry or judgmental God seems to make people more stressed, with subsequent effects on their health”. Similares reflexiones alientan el último trabajo de James y Evelyn Whitehead (The Virtue of Resilience), autores que desde su trabajo en el Institute of Pastoral Studies at Loyola University llevan años profundizando en la relación entre resiliencia y espiritualidad cristiana.

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