Scrooge y la economía navideña

Seguramente hemos visto más de una Navidad, en alguna de las innumerables versiones que existen para cine y televisión, el famoso cuento de Charles Dickens “Un villancico de Navidad” (A Christmas Carol). En él se narra la historia de un anciano hombre de negocios, avaro y egoísta, Ebenezer Scrooge, que acaba descubriendo el espíritu de la Navidad, y transformándose en una persona amable y bondadosa, tras ser visitado por una serie de fantasmas en Nochebuena.

La figura de Scrooge se ha utilizado a menudo como metáfora de la preocupación excesiva por el dinero y de la deshumanización del frío y avaro homo economicus. Cada año, también, su personaje cobra protagonismo en Navidad, y muy especialmente en las múltiples reflexiones que se hacen sobre el fenómeno de los regalos, sobre el consumismo navideño y sus efectos en la forma de celebrar estas fiestas tan entrañables y familiares. Este año no ha sido una excepción.

Por un lado, recuerdan a Scrooge quienes explican la no tan infrecuente costumbre de hacer regalos navideños en forma de dinero, o de bonos de compra, que según los economistas –o mejor, según la teoría económica- sería la forma más eficiente de abordar esta práctica tan universal en estas fechas. Es común, en este sentido, recordar el libro de Joel Waldfofel Scroogenomics, que en su momento analizó, de forma rigurosa y entretenida, el enorme desperdicio que para la sociedad supone regalar cosas a otros sin atender a la verdadera utilidad que tienen para ellos. La propuesta de Waldfodel, siguiendo en cierto modo el espíritu de Scrooge, la resumía así The Economist: “So what should people, especially those obliged to bestow holiday gifts on those whose tastes they do not know well, do? Since the best a gift-giver can do is give the recipient exactly what he wants, economic theory has a simple solution: give cold, hard cash.” Obviamente, todos sabemos que “regalar” dinero –especialmente en Navidad- no está demasiado bien visto en la mayoría de las culturas.

Por otro, también recuerdan a Scrooge –en este caso para referirse a los “aguafiestas” –quienes consideran que el regalo navideño tiene un valor per se, independientemente de su utilidad para quien lo recibe. Amelia Murray comenta en el Daily Telegraph, refiriéndose al gran negocio del regalo navideño en UK, que las Navidades son época de dar, de hacer regalos, a pesar de que siempre haya algún Mr Scrooge cerca: “Christmas is a time for giving. And despite the occasional presence of Mr Scrooge types around the table, we’re a generous nation. According to retail code site, Voucherbox.co.uk, the UK is set to spend £17.2bn on Christmas gifts”. Así lo explica también Rob Longe, autor de The Christmas Virtues: A Treasury of Conservative Tales for the Holidays, en una columna reciente del Wall Street Journal. Longe escribe en “In Defense of Scrooge”: “Gifts are not superficial or silly or a sign of greed or secret agendas. Gifts -especially expensive ones like gold, frankincense and whatever myrrh is- are a perfect way to say things that are hard for people to say. Things like, “I love you.” And, “You are important to me.” And, “I want you to smell good.” And, “This almost put me in the poorhouse to get, but I did it because you are my everything.”

Entre unos y otros, están quienes ven en Scrooge (o mejor, en la historia del cuento de Dickens) las claves de lo que debería ser una verdadera “economía navideña”, una síntesis entre las dimensiones humanísticas, de donación y fraternidad, y las dimensiones materiales, de coste y utilidad, de los gastos que rodean a la celebración del nacimiento de Jesús.

Siguiendo con el ejemplo del regalo, como paradigma de ese gasto navideño, algunos defienden que en una economía como la actual –una economía de experiencias- lo más personal y humano, lo que puede dejar una huella más duradera en el otro, es regalar experiencias. Marta Aller, en “Si quieres acertar, regala experiencias”, señala: “Contrariamente a lo que se suele pensar, los regalos que perduran en el tiempo no son los que nos hacen más felices. Esta norma vale lo mismo para ese pijama espantoso de hace tres navidades como para el último iPhone. De acuerdo con estudios recientes, ofrecer una experiencia (ya sea un concierto, un viaje en globo o un día en un spa) tiene un impacto mucho mayor en quien lo recibe. Puede resultar paradójico, porque estos últimos sólo duran unas horas y el objeto resiste años.” Por su parte, Arthur C. Brooks en el New York Times aconseja aplicar el sentido común a los gastos navideños, de tal modo que la buena intención de quien regala (la razón navideña del regalo) se una, en la medida de lo posible, el acierto en la utilidad del regalo (la razón económica del presente). Brooks comenta al respecto: “What is the effect of bad gifts given within established relationships? According to the priest and writer Thomas à Kempis, ‘A wise lover values not so much the gift of the lover as the love of the giver’. In other words, it’s the thought that counts. (…) However, according to psychologists, the thought does indeed count -but only up to a point. In one 2012 study published in The Journal of Experimental Psychology, participants were asked to recall good and bad gifts they had received from loved ones. Surprisingly, recipients paid relatively little attention to the thought behind gifts that they liked. On the other hand, receivers of bad gifts positively evaluated the thought behind them. So go ahead and give your tennis-loving wife hockey tickets -she’ll say it’s the thought that counts! I wish you the best of luck with that”.

A Christmans Carol como metáfora de la economía navideña también tiene otras lecturas. Rick Kahler, un inversor y autor estadounidense, señala en “Scrooge provides perspective on value of money” que la historia de Dickens, en Navidad, sirve para reflexionar sobre el valor del dinero, y sobre su importancia en la vida ordinaria: “The marketing hype, holiday events, and expectations from families and society can be overwhelming. It’s a perfect holiday recipe for overspending and other unconscious financial behavior. You might find it helpful to re-read ‘A Christmas Carol,’ not simply for the story but for some possible insight into your own money scripts. The stress of the holidays can help you begin to identify aspects of your habitual money behavior that you might want to change.” Por su parte, Tim Harford en el Financial Times recuerda cómo Scrooge, una vez convertido al espíritu navideño, no se torna un derrochador extravagante, sino alguien que piensa en tres regalos verdaderamente navideños para sus seres más cercanos. En “In praise of Scrooge”, Harford escribe: “When he [Scrooge] finally did decide to embrace the conventional spirit of Christmas, he didn’t waste his money on demonstrative extravagances for people whose desires he didn’t really understand. Instead, he gave three superb gifts. First, a prize turkey that he knew -thanks to a ghostly premonition- was much needed by the Cratchit family. Second, the gift of his time and attention, playing games and making merry with his nephew. Finally, he gave Bob Cratchit the greatest Christmas gift of all: a pay rise.”

Afortunadamente, la economía navideña no tiene sólo que ver con los gastos y los regalos, sino con el plus de felicidad –y con la inyección de amor- que un año tras otro nos ofrece el recuerdo y la vivencia del nacimiento de Jesús. Por eso, poco sirve reflexionar sobre las lecciones que nos ofrece la historia de Scrooge, si no se hacen realidad en el contexto del sentido religioso de las Navidades. Y hay también “evidencias económicas” que así lo atestiguan. Es ya famoso el artículo de Kasser y Sheldon publicado en el Journal of Happiness Studies sobre qué hace que unas Navidades sean más o menos felices. En “What Makes for a Merry Christmas”, escribían en 2002: “Despite the importance of Christmas within many cultures, research has not examined the types of experiences and activities that are associated with holiday well-being. Thus, we asked 117 individuals, ranging in age from 18 to 80, to answer questions about their satisfaction, stress, and emotional state during the Christmas season, as well as questions about their experiences, use of money, and consumption behaviors. More happiness was reported when family and religious experiences were especially salient, and lower well-being occurred when spending money and receiving gifts predominated. (…) In sum, the materialistic aspects of modern Christmas celebrations may undermine well-being, while family and spiritual activities may help people to feel more satisfied.”

Casi con toda seguridad, esa fue la verdadera transformación que experimentó Scrooge, y que la Navidad siempre nos pide a todos. ¡Muy Feliz Navidad!

Elogio de la edad

Si cabe con más claridad que en otras ocasiones, durante la campaña electoral que se está viviendo en España ha adquirido especial protagonismo la referencia a nuestros mayores. Las pensiones, la edad de jubilación o el tratamiento fiscal de sus rentas son temas centrales de debate, en una sociedad cada vez más envejecida y cuya pirámide poblacional proyecta un futuro económico inquietante. Hoy en España en torno al 18% de sus habitantes tiene más de 65 años, y la proyección es que en 2050 ese porcentaje pueda alcanzar el 30%. Además, somos uno de los países con mayor esperanza de vida del planeta. Está claro que los mayores son y van a seguir siendo un colectivo de votantes clave para el futuro político de cualquier país avanzado, y también para su devenir económico. Y a pesar de estas evidencias, a menudo los mayores han sido olvidados, apartados de la primera línea de la acción pública, empresarial, etc.

El Papa Francisco, atendiendo al olvido que a menudo sufren muchos ancianos, ha recordado que son el tesoro de la sociedad. Y así es, en el sentido más pleno de la palabra tesoro, como conjunto de valores dignos de estima. De hecho, cada vez hay más evidencias de que no se puede desaprovechar ese tesoro, que todavía tiene un gran poder transformador. Y no sólo por su peso político y social creciente, por su influencia en la vida de las familias, por su experiencia acumulada, etc., sino también por su capacidad para generar valor, también en el sentido económico del término.

En los últimos tiempos ha surgido un creciente número de investigaciones que se centran en el fenómeno de los “olderpreneurs”, el creciente número de personas mayores de 55 años –en su última etapa de la vida laboral, o ya jubiladas- que apuestan decididamente por el emprendimiento. En Gran Bretaña, por ejemplo, un estudio realizado el pasado mes de noviembre sobre la financiación de nuevos negocios desveló que casi 100.000 olderpreneurs han dedicado en torno a 400 millones de libras de sus fondos de pensiones para lanzar start-ups. Por su parte, en Estados Unidos, otro informe reciente sobre la vitalidad de los pequeños negocios demuestra que un tercio de ellos son lanzados por personas entre 45 y 55 años. Igualmente, existe ya bastante evidencia acumulada de la que las start-ups promovidas por emprendedores ya muy veteranos tienen índices de éxito superiores a las promovidas por jóvenes entre 20 y 34 años. Como señala Cheryl Conner en Forbes al referirse a una investigación de la Kauffman Foundation sobre el tema: “Our research on more than 500 startups in high-growth industries showed that the average founder of a successful company had launched his or her venture at the surprisingly high age of 40. The study also found that people over 55 are almost twice as likely to launch high-growth startups than those aged 20 to 34. The term “high growth” is key. One of the 2010′s two fastest-growing tech startups, according to Forbes, was First Solar, founded by a 68-year old”.

Rachel Bridge, en “The rise of olderpreneurs”, señala que la gente mayor cuenta con ventajas importantes respecto a los jóvenes a la hora de emprender: tienen más experiencia, habilidades y capacidades muy avanzadas, conocimientos y contactos valiosos, y mayor confianza y determinación a la hora de atravesar momentos malos para los negocios. Por supuesto, suelen tener más dinero para invertir, sobre todo si han dejado atrás una carrera profesional exitosa. Todo ello refuerza esa idea del emprendimiento maduro exitoso. Como destaca también Bridge al comentar el fenómeno en UK, “statistics shows that older entrepreneurs tend to be more successful than those starting out younger. According to a survey by Age UK, the charity for older people, more than 70% of businesses started by people in their fifties survive for at least five years whereas only 28% of those started by younger people last that long”.

Datos como estos relativizan algunos tópicos sobre el poder innovador y emprendedor de la juventud –que sin lugar a dudas tiene en sus manos el futuro-, así como el funcionamiento de nuestras economías. Gillian Tett, en el Financial Times, señala que los cambios en la geografía y la edad son los dos grandes cambios que se están produciendo en el tejido de innovación y emprendimiento estadounidense. Las start-ups y las grandes ideas de emprendimiento ya no se concentran sólo en zonas como Silicon Valley, ni surgen sólo de las mentes de veinteañeros al estilo Zuckerbeg.

La autoestima de Europa

Los dramáticos acontecimientos de los recientes atentados en París han puesto de manifiesto, una vez más, la solidaridad europea. Más allá de las profundas diferencias históricas y culturales de los países europeos, y de los desacuerdos puntuales en cuestiones de estrategia política y militar, se ha impuesto un sentido real de solidaridad con la nación herida por el sinsentido del terrorismo. La reciente jornada organizada por el Instituto Empresa y Humanismo, de la Universidad de Navarra, sobre “el proyecto de Europa”, ha generado algunas reflexiones interesantes sobre la identidad de Europa y su papel en el mundo.

Por su extremada tendencia a la autocrítica –algo que por otra parte está en la base de su grandeza histórica– y por algunas experiencias especialmente dramáticas –el desacuerdo respecto a una posible Constitución europea, el escepticismo británico, la crisis griega, la crisis de los refugiados– Europa ha perdido en estos últimos decenios buena parte de su autoestima. La falta de auténticos líderes políticos, la prevalencia de los criterios económicos sobre los culturales, una paradójica revisión (cuando no abierta reluctancia) de su propia tradición, y un cierto complejo de inferioridad (no del todo objetivo) frente a otras potencias, ha debilitado su tradicional sentido de responsabilidad como abanderado de unos valores – los occidentales – que siguen dominando el mundo.

Y, sin embargo, los datos objetivos muestran que no hay razones que fundamenten esta bajoestima de Europa. Basta citar cinco de ellas: 1/ Europa sigue siendo un lugar básicamente de inmigración; 2/ Europa ha conseguido un nivel en el estado de bienestar, de cobertura médica y educativa, como jamás se ha conseguido en toda la historia; 3/ Los valores europeos, materializados en la llamada civilización occidental, de respeto a la esfera de la libertad personal, de propiedad privada, de seguridad jurídica, de libertad religiosa, de democracia liberal concretada en la posibilidad de la reversibilidad política, siguen siendo deseados por buena parte de la humanidad; 4/ A pesar de las enormes dificultades de la crisis económica, Europa se puede enorgullecer de poseer una enorme clase media, con todas las ventajas que esto tiene para el desarrollo de una sociedad justa y equilibrada; 5/ Europa sigue siendo un modelo de búsqueda de una unidad con el más absoluto respeto a la diversidad de todas las naciones y pueblos que coexisten en su seno; 6/ Europa sigue contando con un fuerte sentido identitario, basado en la certeza de haber compartido una historia común; 7/ Europa sigue siendo el principal destino turístico, lo que certifica el enorme valor del arte y la cultura atesorados en su seno durante los últimos veinticinco siglos.

Por todos estos motivos, y por muchos otros que se podrían reseñar, Europa debe recuperar su autoestima, puesto que todavía tiene mucho que aportar al diseño cultural y socioeconómico del mundo. Su capacidad de comprensión y de compromiso real de lo público superan con mucho la tendencia al individualismo de la sociedad norteamericana; su respeto por la libertad política y religiosa, supera también con creces la de otros modelos – como el ruso, el de algunos países islámicos y latinoamericanos, o el de China – que todavía tienen que dar muchos pasos en esta dirección. Europa no es un mundo ideal, desde luego, pero por lo que estamos viendo a nuestro alrededor parece el más ideal entre los mundos existentes o, por lo menos, el menos malo de los existentes. Si Europa se hace más consciente de esta realidad, y cuenta con líderes que nos lo recuerden convenientemente de vez en cuando, será más capaz de divulgar por el mundo sus valores.