La hipersensibilidad universitaria

Desde hace ya algún tiempo, el mundo universitario estadounidense se está viendo alterado por una serie de acontecimientos –con algún cese de rector incluido- protagonizados por movilizaciones de alumnos que se quejan por la escasa sensibilidad de los centros (de profesores concretos, de temarios de asignaturas, de simbologías, etc.) ante temas como el racismo o ante muchos otros tipos de discriminación (reales o fabricados). La “corrección política” se ha extendido de tal modo en los campus, que las protestas pueden versar sobre casi cualquier cosa. Hace unos días, por ejemplo, estudiantes de Princeton ocuparon la oficina del Rector exigiendo que el nombre del presidente Woodrow Wilson desapareciera de diversos lugares de la universidad, entre otros de la prestigiosa Woodrow Wilson School of Public Policy and International Affairs. La razón era que el presidente estadounidense había aceptado la segregación racial entre el funcionariado federal. Como comenta Edward Luce en el Financial Times (“The rise of liberal intolerance in America”), si se inicia este camino sin retorno se acabará expulsando de la vida pública a George Washington, ya que fue propietario de esclavos.

La preocupación por el incremento de esta “fina sensibilidad” estudiantil es razonable, ya que puede acabar afectando a la vivencia de la libertad de expresión y de la libertad de cátedra en los campus. De hecho, ya hay universidades que están desarrollando guías de actuación basadas en la “corrección política”, y que están creando oficinas de diversidad encargadas de desarrollar, por ejemplo, principios de “etiqueta racial” y de otras buenas prácticas encaminadas a no herir sensibilidades. Como señala Luce, todo esto genera un exceso de autocensura en el profesorado, y traiciona en cierto sentido el espíritu universitario: “The point of higher education is to inculcate a spirit of inquiry and toughen up the mind for the confusing world beyond. Yet US campuses are moving in the opposite direction. Today’s mantra is to create ‘safe spaces’. The term ‘microaggression’ – giving unconscious verbal offence to marginalised groups – has entered everyday vocabulary”. En el mismo sentido, y aun reconociendo que en algunos casos las protestas estudiantiles sí se corresponden con críticas muy razonables, John H. McWhorter en “Closed minds on Campus” (The Wall Street Journal) concluye: “Where the protesters’ proposition is ‘If I am offended, I am correct’, the proper response is, quite simply, ‘No’. This and only this constitutes true respect for these students’ dignity. It isn’t an easy answer. The naysayer will be called a racist (or self-hating) on social media and on campus for months. However, adults who know that their resistance to mob ideology is based on logic and compassion will survive emotionally. Of course, such people fear for their jobs. But a true university culture will resist sacrificing professors or administrators who are advocates of reason on the altar of convenient pieties”.
Son muchos los análisis que tratan de explicar este zeitgeist de la hipersensibilidad estudiantil, que seguramente se ha ido incubando a lo largo de muchos años. Kathleen Parker en el Washington Post apunta a algunas de sus causas. En “For thin-skinned students, we have nobody to blame but ourselves”, la columnista señala que por un lado los padres, los profesores (y la sociedad en general) han favorecido estas actitudes al promover entre los niños y jóvenes una cultura de “Everybody Gets a Trophy”. Se ha evitado que se enfrenten con la adversidad, que se ganen su autoestima (en lugar de regalársela de forma ficticia), y que se acerquen a la realidad con su propia experiencia y su propio juicio. Como señala la autora, “The first sign of the epidemic of sensitivity we’re witnessing was when parents and teachers were instructed never to tell Johnny that he’s a “bad boy,” but that he’s “acting” like a bad boy”.
Otra de las razones por las que esa fina piel de los universitarios se resiente ante ideas o contenidos de asignaturas poco “confortables” –sobre asuntos como el racismo, la marginación o la diversidad- es, en opinión de Parker, la escasa formación que reciben los jóvenes sobre disciplinas tan básicas como la historia, la filosofía, la política o la literatura, donde esos temas espinosos y controvertidos se ponen en contexto y se llenan de sentido, y donde –por ejemplo- se evidencia la importancia de principios como el de la libertad (de expresión, religiosa, etc.). Y concluye, con un cierto tono de culpabilidad hacia las generaciones más veteranas: “Such is the world we’ve created for young people who soon enough will discover that the world doesn’t much care about their tender feelings. But before such harsh realities knock them off their ponies, we might hope that they redirect their anger. They have every right to despise the coddling culture that ill prepared them for life and an educational system that has failed to teach them what they need to know”.
Edward Luce pone en relación esta exacerbada sensibilidad y corrección que se vive en el mundo universitario estadounidense con otros fenómenos políticos y sociales que se viven en la actualidad, como por ejemplo la sorprendente atracción que entre algunos ciudadanos de aquel país está ejerciendo la figura de Donald Trump: “What does this mean for the future? Forget about universities. The future has already graduated. Anyone with ambition in US public life has long since learnt the value of self-censorship. A word out of context can ruin your chances of being confirmed by the US Senate. Risk-taking is penalised. Blandness is key to career advancement. Little wonder large swaths of the American public have lost faith in their leaders’ integrity. When a politician speaks, the effect is too often chloroformic. The vacuum that spontaneity once occupied is wide open for others to fill. Next time you wonder why a demagogue like Donald Trump is doing so well, ask why there is such high return to his plain spokenness. Could it be because it is being rooted out of public life?”.
Quizá en España todavía no se vive un fenómeno similar en el mundo de la Universidad, pero no cabe duda que en la vida pública (y en especial en la política) esta hipersensibilidad lingüística e ideológica está a la orden del día.

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