El complejo valor de la simplicidad

David Brooks, columnista del New York Times, dedica esta semana sus pensamientos a reflexionar sobre la simplicidad. En “The Evolution of Simplicity”, Brooks explica cómo la simplicidad vital –históricamente tan presente a través de los ascetismos religiosos- se está convirtiendo en una verdadera moda (y en un fenómeno de consumo) como consecuencia de la creciente complejidad de las sociedades modernas. El autor comenta cómo el progreso genera complejidad, deseo de abundancia y variedad de bienes materiales, pero al mismo tiempo provoca el impulso opuesto de la búsqueda de la simplicidad y la naturalidad. Un ejemplo de esto es la moda de “despejar el hogar” (decluterring the home) en busca del orden, la armonía y la serenidad, quedándose sólo con lo verdaderamente valioso y deshaciéndose de lo accesorio. El éxito del libro “The Life-Changing Magic of Tidying Up: The Japanese Art of Decluttering and Organizing”, escrito por la japonesa Marie Kondo y que en 2015 fue el segundo libro más vendido en Amazon, es buena muestra de esta tendencia. Otro ejemplo de este movimiento en favor de la simplicidad, comenta Brooks, son los esfuerzos –personales y tecnológicos- por alcanzar cierto grado de “higiene mental” ante la avalancha de mensajes (llamadas telefónicas, emails, comentarios en redes sociales, etc., etc.) que enredan cada vez más nuestra vida cotidiana.
Muy diferente del ascetismo religioso –que siempre ha tenido un claro objetivo trascendente, de eliminar distracciones en el acceso a la gracia divina-, la actual búsqueda de la simplicidad es ambivalente. Por un lado, se puede entender como un verdadero fenómeno de consumo, que incluso tiene sus propios vehículos de comunicación, como la revista Real Simple, que ayudan a “comprar” una vida materialmente simple; por otro, es también parte de un proceso de redescubrimiento personal: “Early in life you choose your identity by getting things. But later in an affluent life you discover or update your identity by throwing away what is no longer useful, true and beautiful”.
Trasladada al ámbito de la empresa, la simplicidad –precisamente en mercados y entornos económicos y tecnológicos cada vez más complejos- es un valor en alza. Tanto en aspectos de gestión como en otros ámbitos de la actividad empresarial –diseño de productos, marketing, etc.- el “keep it simple” se ha convertido en una verdadera estrategia de éxito. Así lo recordaba hace poco Jonathan Ive, el responsable de diseño de todos los productos de Apple y auténtico sucesor del espíritu de Steve Jobs en la compañía. Precisamente recordando a Jobs –tan de actualidad, cuatro años después de su fallecimiento, por el lanzamiento de la película Steve Jobs de Aaron B. Sorkin-, Ive resaltaba cómo por encima de la complejidad del personaje, de la sofisticación del mítico éxito de la marca Apple, del enorme ruido existente en torno a la compañía y a su fundador, lo que realmente le quedaba como recuerdo y lección fundamental de sus muchos años de trabajo con Steve Jobs era esa búsqueda de la simplicidad: “What’s remained is almost unremarkable, but what’s remained is his very simple focus on trying to make something beautiful and great. And it really was simple. There wasn’t a grand plan of winning, or a very complicated agenda. That simplicity seemed almost childlike in its purity. And it’s true”.
Por supuesto, esta simplicidad “casi infantil” guarda en su interior –paradójicamente- una enorme complejidad. Por eso, en los últimos años se habla cada vez más en distintos ámbitos de la actividad humana –también en la empresa- del concepto de “simplejidad”, que sintetiza ese esfuerzo por lograr ese “keep it simple” en entornos más y más complejos. A caballo entre la teoría de los sistemas, la filosofía dialéctica y el diseño, este concepto plantea la complementariedad entre complejidad y simplicidad, y su creciente importancia para comprender (y provocar) fenómenos en ámbitos tan variados como la empresa, la ciencia, las finanzas o las relaciones personales (véase, Jefrey Kruger, Simplejidad. Por qué las cosas simples acaban siendo complejas y cómo las cosas complejas pueden ser simples).
Como Apple, quizá una de las empresas que mejor ha conectado, a nivel planetario, con la sensibilidad de la cultura actual, y con esa paradójica vivencia de la tensión entre complejidad y simplicidad, sea la productora cinematográfica Pixar. La empresa de California –hoy en manos de Disney- practica de manera modélica en sus productos audiovisuales –tanto en los aspectos de fondo como de forma- los principios de la simplejidad. De hecho, cabe decir que la simplejidad es la fuerza que guía el enorme éxito de la máquina de producción de Pixar. Ese ha sido precisamente el argumento central de la reciente exposición “Pixar: The Design of Story” que se ha podido disfrutar en el Smithsonian Design Museum. Aunque centrándose en cuestiones de diseño, Ricky Nierva -uno de los animadores de personajes de películas como Monters, Inc., Finding Nemo o Up– describe a la perfección el sentido de la simplejidad: “Simplexity is the art of simplifying an image down to its essence. But the complexity that you layer on top of it -in texture, design, or detail- is masked by how simple the form is. Put another way, it’s what keeps Pixar’s films from sliding into the “uncanny valley” of uncomfortable verisimilitude -why a character like Mr. Incredible might have hyper-real hair but cartoonish facial features. Simplexity is about selective detail”.

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