¿Filantrocapitalismo?

Cada vez es más complicado practicar la filantropía, o al menos eso puede deducirse de algunas reacciones que han causado las acciones filantrópicas en los últimos tiempos. Quizá se recuerde cómo no hace mucho, en medio de la crisis, en España se alzaron voces críticas –muy minoritarias y marginales, pero ruidosas- cuando se supo que Amancio Ortega, el multimillonario fundador de Zara, donó veinte millones de Euros a Cáritas, para contribuir a las tareas de esta entidad benéfica para aliviar la penuria de los ciudadanos y las familias más golpeadas por la crisis. Se dijo entonces que la cantidad era ridícula para alguien con su inmensa fortuna; que ese dinero procedía de los beneficios de una compañía que seguramente podía mejorar mucho sus prácticas empresariales (condiciones laborales y de fabricación de la ropa en países del Tercer Mundo, salarios de sus empleados, etc.); que esa donación seguramente reportaba grandes beneficios fiscales; o que al final ese acto no era sino una acción de relaciones públicas, para mejorar la visibilidad y la reputación de Ortega y de su empresa. Y es que da la sensación de que a los empresarios ni siquiera se les permite practicar la caridad, realizar buenas obras o contribuir al bien de la sociedad con espíritu altruista, sin que sobre ellos recaiga la eterna sospecha de que en el fondo está actuando el perverso capitalista.
Abundando en esta idea, esta semana se ha publicado No Such Thing as a Free Gift: The Gates Foundation and the Price of Philanthropy, un libro en el que Linsey McGoey, antigua asesora de la Organización Mundial de la Salud y profesora de sociología de la Universidad de Essex, se pregunta si el mayor esfuerzo filantrópico privado de los últimos tiempos, el de la Fundación Bill and Melinda Gates, está realmente contribuyendo a mejorar el mundo –sobre todo en temas sanitarios y de educación-, o más bien lo que hace es ensalzar la personalidad mítica y el negocio del fundador de Microsoft. Sin dejar de reconocer muchos de los efectos positivos de la actividad de la Fundación, la obra pone especial énfasis en resaltar los problemas, los efectos secundarios negativos y la dimensión de egotismo de muchos de los proyectos del matrimonio Gates. McGoey, en Fortune (“Do today’s philanthropists hurt more than they help?”), denuncia que la filantropía y la caridad convencional –la que tiene siglos de historia- se está convirtiendo hoy en filantrocapitalismo, un término que hace ya casi una década popularizó el semanario The Economist. La autora del libro sobre la Fundación Gates comenta: “Charity is dispensed in good faith, with empathy toward close and distant strangers. And yet, at the same time, a new trend is growing: philanthrocapitalism, a more muscular philanthropy that seeks to combine profits with poverty alleviation. The effort to do a good deed while at the same time making a good deal is the driving impetus behind the new philanthropy”.
Esa búsqueda de la eficiencia de las donaciones en el logro de los objetivos filantrópicos (la eficiencia de la inversión social) y, al mismo tiempo, de los objetivos de las corporaciones (de la inversión empresarial) está generando fenómenos como el de la “inversión de impacto”. Comenta Paul Sullivan en el New York Times cómo Jon Bon Jovi, el líder del famoso grupo de rock Bon Jovi, se ha decidido a gestionar sus donaciones de ese modo –a través de fondos de inversión que se crean para ayudar a ciertas causas, pero generando al mismo tiempo una rentabilidad de mercado-, tras una experiencia de una donación personal que realizó tras el paso del Huracán Sandy por New Jersey, en 2012. Como comenta el artículo del diario neoyorquino, cada vez hay más fortunas “interested in having their investments perform a social good -housing for displaced residents or financing for local businesses- while also earning a return close to the market rate”.
Junto a esta esta filantropía más calculada y consciente de la eficiencia, sigue habiendo iniciativas que mantienen el espíritu más genuino de la generosidad corporativa. Gillian Tett en el Financial Times (“Charity at the tip of a unicorn”) comenta el creciente éxito que está teniendo entre las startups tecnológicas el modelo de filantropía de Salesforce, el gigante del software de gestión. Su propuesta de “1-1-1” (donar el 1% del valor de su capital, el 1% del tiempo del trajo de su fuerza laboral, y el 1% de sus servicios a causas sociales) no sólo es interesante por ser innovadora, sino sobre todo, porque forma parte de su misión. Esta práctica se instauró cuando Marc Benioff fundó la empresa en 1999 –entonces una pequeña startup tecnológica- y se ha mantenido cuando la corporación tiene un valor de muchos miles de millones de dólares. Decisiones como ésta –o como la más reciente de tres grandes multimillonarios (Gates, Zuckerberg y Buffett) para juntar sus fuerzas y donar al menos la mitad de sus fortunas- no pueden sino generar alabanza y admiración.
Es una pena que muchas de las críticas a la filantropía partan de prejuicios sobre la clase empresarial. Como comenta Andrew Jack en su recensión de No Such Thing as a Free Gift, tras leer el libro uno se queda con la impresión de que la autora cree, sin poderlo demostrar realmente, que las empresas y los filántropos son los malos de la película, mientras que los gobiernos y la sociedad civil son los buenos. Por supuesto, es razonable pensar cómo hacer más eficaces los esfuerzos de la filantropía para resolver muchos de los problemas que padece nuestro planeta, como también lo es (y así lo ha reconocido este año el Premio Nobel de Economía, al resaltar los trabajos de Angus Deaton) reflexionar sobre cuestiones como la eficacia de la ayuda al desarrollo en general. Como ha escrito Deaton, “the developed world has a moral obligation towards the billions of individuals that have not escaped poverty and misery in many parts of the world, it cannot ignore that mindless aid funds can do more harm than good, undermining weak states, increasing corruption and possibly preventing real economic growth and development from taking off”. Seguramente algo parecido se podría reflexionar sobre la filantropía. Ahora bien, habrá que evitar que reflexiones como éstas, o la profundización en los “cálculos” del filantrocapitalismo, o la sempiterna crítica del mundo empresarial, acabe haciendo cada vez más complejo, difícil y arriesgado que los Ortegas, Gates, Bon Jovis, Zuckerbergs y Buffetts del mundo simplemente piensen en donar parte de su enorme riqueza, con buena voluntad, generosidad y aplicando su sentido común.

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