Tecnología y destellos humanistas

El semanario The Economist dedica su tema central de esta semana a la reinvención de las compañías (“Reinventing the Company”), y más concretamente al hecho de que un buen número de nuevas empresas (sobre todo startups tecnológicas) están adoptando estructuras de propiedad que vuelven a reivindicar el papel de los fundadores, de los trabajadores accionistas, etc. como propietarios activos que lideran la gestión de sus proyectos. Frente al modelo de corporación pública con un accionariado muy anónimo, representado a través fondos de inversión, y cuyo destino depende de la cotización en Bolsa de sus acciones, esta nueva tendencia de configuración de la propiedad se parece mucho más al tradicional modelo de la empresa familiar que a los complejos entramados societarios de las empresas cotizadas. De hecho, comenta el artículo, es significativo que esta nueva filosofía de la propiedad que anima muchos de los emprendimientos actuales coincida también con un resurgimiento del protagonismo de empresas familiares ya veteranas, o de compañías que cotizan en los mercados pero que se renuevan para adoptar sistemas de propiedad híbridos (en los que los principales accionistas recuperan el control a través de la creación de acciones de clase A, con especiales derechos políticos).

Es significativo que esa recuperación de los elementos más personalistas de la propiedad se esté produciendo en Silicon Valley, la meca de los emprendimientos tecnológicos, y por tanto de la innovación y de la vanguardia empresarial y económica en nuestra sociedad de la información y el conocimiento. Y es que quizá puede suceder que en los ámbitos de actividad que a priori parecen más deshumanizados –aquellos donde domina la mentalidad tecnológica y el sueño de un mundo robotizado- se esté haciendo cada vez más evidente el inigualable valor de las personas, de los aspectos más humanos que a menudo se descuidan en tantos ámbitos de actividad económica, empresarial y tecnológica.
Tony Schwartz, en el New York Times, destaca precisamente cómo esos aspectos más humanos –en un mundo de actividades crecientemente robotizadas- pueden ser el origen de verdaderas ventajas competitivas (“Humanity as a Competitive Advantage”). Schwartz comenta en este sentido las ideas de Geoff Colvin, autor de Humans Are Underrated: What High Achievers Know That Brilliant Machines Never Will, donde se plantea precisamente cómo muchas de las habilidades analíticas y técnicas que ahora constituyen el eje de la formación de muchos profesionales serán de hecho realizadas en el futuro por máquinas –y se convertirán en procesos estandarizados-, lo que obliga a que el foco de las ventajas competitivas se centre en capacidades y habilidades netamente humanas, difícilmente desarrolladas por la tecnología. Según Geoff Colvin:
“In a more social, complex and connected world, individuals and their organizations will build competitive advantage through qualities such as empathy, care, attunement, self-awareness and even generosity. (…) Computers don’t have feelings, but people do. Precious few of us will differentiate ourselves in the marketplace by coming up with the next big technological advance. We’ll do it by becoming more wholly human. That means being more able to understand and influence how we feel, and how others feel, because how people feel profoundly influences how they perform. Companies, in turn, need to be nurturing in employees a set of qualities and capacities that haven’t been valued much in the workplace before. It’s about a move from the focus on “what” to “how,” from an orientation to the external world to one that includes our internal experience and from getting more out of people to investing more in them, so they’re more energized to bring the best of themselves to work”.
Estas ideas coinciden con un estudio reciente realizado por Oxford Economics que señala que en la próxima década las competencias profesionales más demandadas por los empleadores no serán de naturaleza técnica, sino relacionadas con la interacción social (capacidad de construir relaciones valiosas, trabajo en equipo, co-creatividad, sensibilidad cultural y ante la diversidad, generación de ideas, etc.). Cabe conectar estos resultados y las reflexiones de Colvin con la importancia de desarrollar la formación de esas dimensiones humanas y de interacción social a lo largo de todo el proceso educativo, con lo que ello implicaría desde el punto de vista de la revisión de los vínculos entre factores humanos y factores tecnológicos, también en el campo de quienes no dedicamos a la formación. No se puede olvdar que son cada vez más comunes los estudios que llaman la atención sobre este tema, como el reciente informe de la OCDE “Students, Computers and Learning” en el que se llama la atención sobre las perversas (o cuando menos, inútiles) consecuencias que un uso poco inteligente de la tecnología –en detrimento de las interacciones humanas- puede tener en la calidad de la educación.

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