La ilegalidad útil

Conforme pasan los días, la sorpresa, la consternación, y el análisis de las consecuencias empresariales y económicas del escandaloso engaño de Volkswagen están dejando paso a distintas reflexiones sobre las posibles causas de una equivocación corporativa de tal magnitud. Sin desdeñar ni minusvalorar los actos y responsabilidades personales –de ingenieros, directivos, u otros actores de la trama-, emerge de fondo la importancia que tiene para este caso el análisis de la cultura y las prácticas corporativas del gigante alemán.
Reiner Hank y Georg Meck escriben en el Frankfurter Allgemeine Zeitung sobre la posibilidad de que este caso sea una buena muestra de lo que el famoso sociólogo alemán Niklas Luhman definió como brauchbare Illegalität (ilegalidad útil). Luhmann –que por cierto nació en Lünberg, a escasos cien kilómetros de Wolfsburg, donde están los cuarteles generales de Volkswagen- explicó en su obra Function und Folgen Formaler Organization (1964) cómo en muchas organizaciones, junto a la estructura formal de normas, principios y modos de actuación oficiales, se desarrollaban y consolidaban actividades, prácticas y valores informales que podían ir en contra de las primeras –incluso en contra de las leyes- pero que se pasaban por alto ya que eran útiles y convenientes para lograr ciertos objetivos de la organización. Para Hank y Meck, la ambición y la obsesión por llegar a ser el primer fabricante de coches del mundo; por liderar la tecnología y la ingeniería automovilística, buscando una cierta cuadratura del círculo (motores diésel respetuosos con el medio ambiente, con prestaciones como los coches de gasolina, y a un precio razonable); o por conquistar un mercado como el estadounidense, remiso a adoptar los coches de gasoil, ya extendidos por el resto del mundo, pueden ser el tipo de objetivos que acaben convirtiéndose en el caldo de cultivo para un engaño como éste.
Estas ilegalidades útiles o convenientes, como algunos grandes fraudes corporativos de la historia, parece que se producen en mayor grado en cierto tipo de compañías gigantescas, en sectores muy condicionados por la innovación y el desarrollo tecnológico, y altamente regulados. Como señala Joseph Heath en In Due Course, la automovilística, la financiera, la energética y la farmacéutica son industrias que generan culturas cerradas, en cierto modo más ajenas a su entorno que otras, y con una subcultura de resistencia a la regulación. Si a ello se une una fuerte orientación hacia el producto, hacia un clima dominado por los expertos –ingenieros, químicos, financieros, etc.- y por una competitividad científica y técnica máxima, no es de extrañar que los escándalos éticos, “crímenes corporativos” o “ilegalidades de cuello blanco” hayan sido especialmente sonoros en esos sectores. En el caso de VW, como destaca Richard Milne en el Financial Times (“Culture clash gives clue to Volkswagen scandal”), citando a una persona de la compañía, al final todo se ha tratado de “un grupo de directivos obsesionados con el desarrollo del motor del futuro”.
James B. Stewart en el New York Times (“Problems at Volkswagen start in the Boardroom”) complementa estas ideas, en el caso del gigante automovilístico alemán, contextualizando el escándalo –y las decisiones que unos y otros debieron tomar sobre el software del engaño- desde el punto de vista del peculiar gobierno corporativo de la empresa, descrito en el Süddeutsche Zeitung como un gobierno caracterizado por un estilo de dirección autocrático, más propio de países como Corea del Norte que de una empresa moderna. Asimismo, destaca Stewart, el peso de los sindicatos en el consejo de administración había generado una fuerte presión para crear y crear más empleo, lo que se alineaba con la ambición de crecimiento y liderazgo del resto de accionistas, en una empresa que ya contaba con más de medio millón de empleados en todo el mundo.
Es significativo el relato que hace el periodista del diario neoyorquino de las declaraciones de un antiguo directivo de la compañía:
“I spoke this week to a longtime former senior Volkswagen executive, who agreed that a scandal, especially one involving emissions, was all but inevitable at Volkswagen. He cited the company’s isolation, its clannish board and a deep-rooted hostility to environmental regulations among its engineers. The former executive, who spoke on the condition of anonymity because he now works at a competing global automaker, said that Wolfsburg, where Volkswagen is based in Lower Saxony and the city with the highest per capita income in Germany, is even more remote and isolated than Detroit was in its heyday. “The entire economy is automotive,” he said. “People have a completely uncritical view of cars and their impact on the environment because they all make a living from the industry.”
Sin lugar a dudas, los párrafos precedentes son sólo algunas de las muchas reflexiones que está originando el caso de Volkswagen, cuya naturaleza es enormemente compleja. Pero son comentarios y reflexiones que ponen el punto de mira en un tema central de la cultura y de la vida de las organizaciones: la coherencia o incoherencia entre su estructura formal, la que proyecta en su identidad pública, y su estructura informal, la que vive en su identidad privada. En este sentido, Luhmann tendría hoy en su tierra natal un buen caso de contraste de sus teorías.

One thought on “La ilegalidad útil

  1. danieljimenezmontero 8 octubre, 2015 / 10:47 pm

    El caso en mención es un ejemplo más del pobre campo o aceptación que tiene una buena ética en el mundo; justamente por no estar de acuerdo con las tendencias mundiales.Debemos ser personas del mundo sin llegar a ser personas mundanas. Dolorosamente, un cuerpo colegiado cayó en las garras de la obsesión (tendencia desordenada) que desembocó en un acto ilícito. Veamos a las personas que están detrás de este caso y asistemolas con justicia y misericordia; evitando caer en los extremos de la alcahuetería o de la lapidación.

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