Negocios y mentiras

Hace unos días era noticia la decisión del gobierno japonés de primar a aquellas universidades públicas que apostaran por ciertos tipos de estudios –ciencias y negocios, fundamentalmente-, reordenando sus ofertas educativas a costa de los programas de Artes y Humanidades. La idea del gobierno de Shinzo Abe es revitalizar con ello la economía del país, potenciando la investigación y la innovación, así como una formación muy especializada ajustada a las necesidades del mercado laboral. No importa que algunos críticos, como el Decano del campus de la Temple University en Japón, le hayan recordado que los ciudadanos más productos son aquellos que se implican en la sociedad y comprenden la complejidad de los temas políticos, sociales, culturales, etc. del momento. Una implicación y una comprensión que, en palabras de Bruce Stronach, necesita el cultivo universitario de campos tradicionales como la literatura, la filosofía, el arte y otras ciencias humanas y sociales.
Una noticia como ésta –y el hecho de que esa tendencia no sólo se dé en Japón, sino en muchos otros lugares- no puede sino alarmar, sobre todo, cuando al mismo tiempo uno recuerda los muchos problemas que se generan en la economía y los negocios como consecuencia de decisiones humanas guiadas por una visión exclusivamente técnica y utilitaria del mundo, no guiadas –sino muchas veces, todo lo contrario- por las virtudes y los valores que a menudo protagonizan las gestas históricas, las obras de arte, o las formas más elevadas de la inteligencia y el comportamiento humanos. Estos últimos días, desde la última entrada de nuestro blog, han sido noticia dos acontecimientos en los que hay un mismo protagonista: la mentira en los negocios.
Por un lado, en su número del 14 de septiembre, Business Week llevaba a portada un relato escalofriante sobre Tomas Hayes, el trader británico que trabajando para UBS, y ante el temor de arruinarse y arruinar a sus clientes tras la caída de Lehman Brothers, logró –con engaños de todo tipo a sus colegas y socios- manipular en su favor la evolución del LIBOR (London Interbank Offered Rates), uno de los índices de tipos de interés interbancarios más inflyentes del planeta. En “Was Tom Hayes Running the Biggest Financial Conspiracy in History?”, Liam Vaughan y Gavin Finch, que en breve publicarán un libro sobre el caso (The Fix: How Bankers Lied, Cheated and Colluded to Rig the World’s Most Important Number), describen la compleja personalidad de Hayes –diagnosticado del síndrome de Asperger-, un hombre que se comunicaba mejor con números que con palabras. Hayes, que acabó en la cárcel –ya que el juicio determinó que su enfermedad no le impedía discernir lo honesto de lo deshonesto- explicó con frialdad su modo de actuar: “The success of getting it right, the success of finding market inefficiencies, the success of identifying opportunities and then when you get it right—it’s like solving that equation. It’s make money, lose money, and it’s just so pure.”
Es posible que una mentalidad parecida –de alguna o algunas personas concretas, o de alguno o algunos comités- haya estado detrás del otro gran escándalo de la semana que parece tener como protagonista a la mentira y el engaño. Se trata, por supuesto, del sofisticado sistema utilizado por Volkswagen, el gigante automovilístico alemán, para engañar a las autoridades estadounidenses y a sus clientes en aquel país (aún no se sabe si en muchos más) con respecto a las emisiones de gases tóxicos de sus vehículos de gasoil. Como se preguntaba con sorpresa el Frankfurter Allgemeine Zeitung en “Una crisis de confianza y muchas preguntas sin respuesta”, ¿por qué ha pasado esto? ¿cómo ha podido suceder? ¿cómo no se ha solucionado cuando aún se estaba a tiempo? Son preguntas que uno se hace ante el descubrimiento de un engaño, sea en el ámbito que sea; pero todavía más en el mundo de los negocios. Habrá que esperar a la investigación, y a los complejos detalles que seguramente enmarañan un suceso de este tipo. Pero está claro que alguien ha permitido que se actúe en el límite, o más allá del límite.
¿Y las Artes y Humanidades? Nada asegura que vaya a cambiar sustancialmente las cosas una mayor formación en estos campos, un mejor conocimiento de cómo la historia se repite, de cómo los vicios y las virtudes han movido el mundo, o de cómo una mayor reflexión sobre el bien, la verdad y la belleza –sobre los valores- puede ayudar a mejorar la sociedad y a las personas; pero parece evidente que hacer desaparecer, o reducir a su mínima expresión ese tipo de contenidos de la formación de los profesionales y directivos –sobre todo en el mundo de los negocios-, pueden empeorarlas esencialmente. No cabe duda que detrás de algunas opciones por el engaño, como las comentadas más arriba, hay decisiones técnicamente extraordinarias pero humanamente desastrosas.

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