La empresa humanitaria

Seguramente hasta esta última semana pocos conocíamos a Peter Sttordalen, millonario noruego y propietario de una de las mayores cadenas de hoteles en los países escandinavos, Nordic Choice Hotels. Su nombre ha recorrido el mundo no por su fortuna –en torno a 1.300 millones de euros-, sino por su anuncio de la oferta de 5.000 plazas gratuitas en sus hoteles para los refugiados que huyen de la barbarie y buscan acogida en Europa. El razonamiento de este joven empresario, hecho a sí mismo desde que empezó a trabajar a los 10 años en la frutería de su padre, es sencillo: “El mundo está observando la mayor crisis humanitaria que se ha vivido en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Es imposible no verse afectado por tamaña tragedia humana y por lo que está ocurriendo en Oriente Medio”. Sttordalen no es el único empresario que se ha puesto a disposición de las autoridades de su país para ofrecer su ayuda. En las últimas semanas se han dado a conocer algunas otras iniciativas como las de AXA, Audi o el Bayern de Münich, que han anunciado donaciones de 1 millón de euros y otro tipo de servicios para contribuir a la acogida de refugiados. Con toda seguridad, hay muchas más iniciativas empresariales de este tipo en marcha, aunque por ahora se desconozcan.
Pero el hecho de que estas actuaciones particulares lleguen a los titulares de los medios de comunicación quizá sólo demuestra su excepcionalidad. Llevamos semanas escuchando una avalancha de testimonios y declaraciones institucionales –de ciudadanos y familias, de partidos políticos y de gobiernos, de instituciones internacionales, del Vaticano, etc., etc.- que tratan de sensibilizar a Europa para que la acogida de refugiados se guíe por criterios de humanidad, dejando a un lado –al menos a corto plazo- los cálculos económicos, geopolíticos, de seguridad y culturales, que puedan entorpecer el alivio de la tragedia que viven tantos miles de personas. Sin embargo, no parece que el mundo empresarial se haya unido con claridad a esas voces, ni en declaraciones ni en actuaciones. Puede haber razones de discreción e incluso de pudor –que no parezca que se aprovecha la tragedia para promocionar la vena social y humanitaria de las compañías-; puede haber razones de tipo coyuntural –la crisis económica en algunos países quizá no anime a gestos de este tipo, cuando las empresas, salvo en mercados como el alemán, a duras penas pueden ofrecer trabajo y aliviar la penuria de los propios nacionales-; pueden, incluso, existir razones estratégicas –el riesgo y los peligros que puede suponer para ciertas compañías, sobre todo internacionales, posicionarse abiertamente contra las consecuencias del horror promovido por el denominado Estado islámico-. Y seguramente hay muchas más. Pero lo que no puede suceder es que la empresa, el mundo empresarial en su conjunto, no se haga oír con fuerza ante lo que se está viviendo en Europa por los sempiternos cálculos económicos.
Es significativo que esta misma semana, con la sensibilidad a flor de piel como consecuencia de la tragedia humanitaria que se vive en Europa, algunos medios influyentes como el Financial Times o el New York Times hayan reflexionado sobre las dimensiones económicas de la acción social de las empresas. En “Charitable giving cannot substitute for the state”, el diario británico reflexiona sobre la escasa filantropía que existe en Gran Bretaña, por comparación con Estados Unidos, y apuesta por un mayor compromiso social de las compañías, pero siempre que se cuide que la “ostentación pública” que puede lograrse con ese tipo de acciones no intensifique el descontento social, al recordar a la gente los enormes desequilibrios de riqueza que hay en la sociedad –aireando la super riqueza de los filántropos (no hay más que recordar las críticas que recibieron en España las donaciones de Amancio Ortega a Cáritas)-; y siempre, también, que esa caridad y filantropía no se haga efectiva a expensas de excesivos ingresos públicos, como consecuencia de los incentivos fiscales que habitualmente conllevan. El editorial del diario concluye: “Los actos ostentosos de filantropía merecen alabanzas, no ventajas fiscales”. Por su parte, Eduardo Porter reflexiona en el New York Times (“Corporate Efforts to Address Social Problems Have Limits”) sobre un reciente informe de la Harvard Business School en el que se avanzan, entre otras, algunas ideas sobre el futuro de la acción social de la empresa. Su conclusión no es muy esperanzadora: “Parece que afrontar problemas sociales tendrá que quedar en segundo plano respecto al logro de los objetivos económicos y financieros”.
No sabemos si en la decisión de Peter Sttordalen, que por otra parte para algunos puede parecer meramente simbólica (¿qué son 5.000 noches hotel para un billonario?) ha habido cálculos de este tipo, aunque da la impresión que no. Lo que sí es claro es que su acción ha dado visibilidad a las múltiples opciones que las empresas tienen para ayudar y contribuir a que la acogida de refugiados sea menos problemática. También ha servido para poner sobre la mesa la cuestión de cómo las empresas y los empresarios, mostrando su vena humanitaria, pueden unirse al clamor social que ha generado un problema peculiar como éste; un problema humanitario distinto a los habituales –catástrofes naturales, hambrunas, etc.- , y que se plantea como un verdadero reto a largo plazo (económico, político, cultural) que pondrá a prueba la caridad y la solidaridad de los europeos.
Peggy Noonan, en “The Migrants and the Elites”, pone el dedo en llaga de la labor que tienen las élites europeas –y la empresa y los empresarios son parte fundamental de ellas- para ponerse en situación, y entender realmente la tragedia que de repente se ha instalado a las puertas de sus cómodas y ordenadas vidas:
“The decision-makers feel disdain for the anxieties of normal people, and ascribe them to small-minded bigotries, often religious and racial, and ignorant antagonisms. But normal people prize order because they can’t buy their way out of disorder. (…)
Here is the challenge for people in politics: The better you do, the higher you go, the more detached you become from real life. You use words like “perception” a lot. But perception is not as important as reality.The great thing in politics, the needed thing, is for those who are raised high in terms of responsibility and authority to be yet still, in their heads and hearts, of the people, experiencing life as a common person on an average street. The challenge is to carry the average street inside you. Only then, when the street is wrong, can you persuade it to see what is right.
The biggest thing leaders don’t do now is listen. They no longer hear the voices of common people. Or they imitate what they think it is and it sounds backward and embarrassing. In this age we will see political leaders, and institutions, rock, shatter and fall due to that deafness”.

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