Capitalismo inclusivo

Cada vez se escuchan voces más críticas con el principio de que el criterio fundamental para valorar el gobierno de una compañía es la maximización del valor para sus accionistas. Quizá por su simplicidad y operatividad, esta idea tan básica expuesta por Milton Friedman en 1970, en un famoso artículo publicado en el New York Times (The Social Responsibility of Business is to Increase its Profits), y reforzada académicamente por otro trabajo de 1976 de Jensen y Meckling en el Journal of Financial Economics (Theory of the Firm: Managerial Behavior, Agency Costs and Ownership Structure) ha sido el primer mandamiento del gobierno corporativo en las últimas décadas. Pero ha sido también, como cada vez es más evidente, una de las causantes de los enormes problemas generados por el gobierno cortoplacista de muchas empresas –obsesionadas con el valor de la acción en los mercados-, por la vinculación de las remuneraciones de los directivos al logro de dividendos y plusvalías, y por toda una serie de decisiones corporativas que a medio y largo plazo han puesto en peligro –cuando no la han cortado para siempre- la vida de muchas corporaciones.
Si existe un cierto consenso sobre las limitaciones del valor de la acción como único parámetro para valorar el gobierno de las empresas, ¿qué impide que se adopten otros sistemas de gestión? Lynn Forester de Rothschild, máxima directiva de E.L. Rothschild y cofundadora de la Coalition for Inclusive Capitalism, reflexiona sobre esa cuestión esta semana en el Wall Street Journal (How Capitalists Can Do Well While Doing Good). Según Lady Rothschild, el problema práctico es que no existen métricas generalmente aceptadas que integren otros aspectos de gobierno, como los medioambientales, sociales, etc., que ayuden a guiar las decisiones de los inversores. En general, cada vez hay más empresas que tienen en cuenta indicadores de ese tipo (los denominados ESG, Environmental, Social and Governance metrics), que complementan las métricas financieras, pero no existe una aceptación generalizada de estándares que pudieran servir como sistema de evaluación universal.
Es necesario que “las firmas de todo el mundo trabajen conjuntamente para codificar esos estándares de ESG, de forma que puedan ser utilizados por los inversores a la hora de tomar decisiones en los mercados de valores. Si los cinco mercados de valores más grandes del planeta adoptaran métricas comunes, más del 50% de las empresas que cotizan en Bolsa en todo el mundo se verían forzadas a informar de esos parámetros a los inversores”, concluye de Rothschild. Esa es una de las propuestas del denominado “Capitalismo inclusivo”, que busca pensar en el éxito de las empresas no sólo desde una perspectiva financiera, sino también teniendo en cuenta los retornos de las inversiones para los clientes, los empleados y la sociedad.

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