Agradar en el trabajo

Christine Porath, profesora de la Georgetown University’s McDonough School of Business, lleva años estudiando los efectos perversos de los comportamientos rudos y poco cívicos en las empresas. En un artículo reciente en el New York Times (No Time To Be Nice at Work), Porath analiza qué se sabe sobre este tema, que tantos quebraderos de cabeza y problemas causa en la vida de millones de personas. Cada vez es más común que bajo el estrés laboral, y con la máxima de que “no hay tiempo para ser agradable”, jefes irrespetuosos y malhumorados desmoralicen a muchos de sus colaboradores y subordinados con acciones tan simples como dejarlos con la palabra en la boca por falta de interés, responder a llamadas telefónicas en medio de una conversación, ponerlos en evidencia ante colegas, o apropiarse de sus éxitos y achacarles los fracasos. Comportamientos de ese tipo no hacen más que reducir la creatividad y el grado de implicación de los empleados, además de generar diversos tipos de problemas psicológicos, médicos, etc.
La profesora de Georgetown se refiere en este sentido a la ya clásica investigación de Robert Sapolsky, profesor de Stanford, que en su libro Why Zebras Don’t Get Ulcers demuestra que la gente que sufre estrés por ese tipo de comportamientos de sus jefes -durante mucho tiempo o de forma muy frecuente-, experimenta problemas en su sistema inmune, y puede tener una mayor probabilidad de contraer ciertas enfermedades (cardiovasculares, úlceras, diabetes). Los propios trabajos de Porath han analizado otros aspectos de este problema en distintos ámbitos laborales. Por ejemplo, en un estudio entre 4.500 médicos, enfermeras y otros empleados de hospital, el 71% de ellos conectaban comportamientos rudos e incluso violentos –de escasa civilidad o “urbanidad” laboral- con errores médicos, y un 27% incluso pensaba que podían ser causantes del fallecimiento de pacientes. Igualmente, otros estudios demuestran que la tensión que generan esos ambientes laborales incívicos hacen que los trabajadores reduzcan su capacidad de procesar adecuadamente la información que les rodea.
Además de la presión a la que están sujetos los directivos, una de las razones principales por las que sus comportamientos son tan poco agradables es la idea de que siendo amigable y solícito no se llega a triunfar y ascender en la empresa, no se puede ser realmente un líder. Porath y sus colaboradores también desmontan este mito en un artículo reciente publicado en el Journal of Applied Psychology, donde ofrecen evidencias de que las personas percibidas como más cívicas y agradables también logran mejores resultados en su desarrollo profesional.
La moraleja: Existe la percepción de que hay una relación inversa entre el afecto y la competencia laboral. Quien es fuerte en una de ellas parece que debe ser débil en la otra. Mucha gente es vista como competente pero fría –“es muy capaz, pero la gente odia trabajar con él”-; o como afectuosa pero no muy capaz –“es realmente agradable, pero no demasiado listo”-. Pero lo cierto es que no tiene por qué ser así. Los directivos y los líderes pueden mejorar mucho su comportamiento y su rendimiento aplicando reglas muy simples con las que se ganarán los corazones y las mentes de su gente. “Pequeños ajustes como escuchar más, sonreír más, compartir más, y agradecer más cosas a los demás –concluye Porath- pueden conseguir grandes resultados ”.

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