Volver a pensar

A nadie se le escapa que en las tareas directivas cada vez es más necesario pararse a pensar, salirse del flujo de la actividad y el stress del día a día, para ver la realidad de una nueva forma. Esa necesidad de un pensamiento realista pausado tiene más importancia si cabe en momentos convulsos como los actuales. Dos recientes reflexiones “a la contra” sobre los modos de pensar en las organizaciones atisban algunas de las carencias que existen al abordar este tema:

Mucha gente piensa que la clave del éxito es cultivar y mantener a toda costa una visión optimista. Es la creencia en el poder del pensamiento positivo
. Gabriele Oettingen, profesor de psicología en la Universidad de Nueva York, reflexiona sobre los problemas de esa manera de entender el optimismo en “The Problem with Positive Thinking”. He aquí agunas de sus conclusiones: “El pensamiento positivo engaña a nuestra mente al hacerle pensar que se ha alcanzado el objetivo, rebajando nuestra disponilidad a alcanzarlo”; “Lo que mejor funciona es un enfoque híbrido que combina el pensamiento positivo con el “realismo”; “El pensamiento positivo es placentero, pero no significa que nos haga bien. Como tantas cosas en la vida, para lograr objetivos es necesario equilibrio y moderación”.

Muchos directivos organizan actividades externas variadas para liberar su mente del stress, atienden cursos y reuniones de todo tipo para buscar nuevas ideas, y tratan de estar a la última de lo dicen los medios de comunicación y expertos. Frente a ello, dice el autor de Schumpeter en The Economist, los líderes de los negocios harían mucho mejor si dedicaran gran parte de ese tiempo a leer a los clásicos, y a discutir sobre sus ideas. En “Philosopher Kings” se puede leer: “La única manera de llegar a ser un verdadero líder de pensamiento es ignorar todo el ruido que envuelve al mundo de los negocios y escuchar a unos pocos grandes pensadores”.

A vueltas con la felicidad

La economía de la felicidad está de moda. Cada vez son más comunes los análisis de cómo una mejor asignación de los recursos escasos puede contribuir a la mejora de la felicidad de las sociedades. Sin embargo, queda mucho investigar en torno a la relacion entre economía, bienestar y felicidad. Un trabajo reciente de Edward Glaeser, Joshua Gottlieb y Oren Ziv (Maximising happiness does not maximise welfare) profundiza sobre este tema, y sobre los problemas a los que puede conducir la confusión entre felicidad y utilidad a la hora de tomar decisiones de políticas económicas públicas. Merece la pena reproducir las conclusiones de su trabajo:

Increasing happiness is not free. The empirical evidence is clear that higher incomes increase happiness levels, and some cities are expending resources on projects intended to increase reported happiness. While some such projects may improve welfare, this is not guaranteed just by virtue of increasing happiness. It is possible to make people worse off while increasing their reported subjective wellbeing. Given the subjective interpretation of survey responses, relying on subjective wellbeing data could generate misleading recommendations for policy efforts. If policymakers reallocate resources away from endeavours with known welfare gains on the basis of happiness surveys, these decisions could reduce welfare. Stiglitz et al. (2009) are undoubtedly correct that current measures of GDP do not perfectly capture welfare. But the theoretical and empirical literature on happiness teaches us to be cautious of redirecting resources away from tangible improvements in well-being towards morespeculative objectives based on happiness measures“.

Back to basics: redescubrir lo básico

Hay epocas en las que la novedad tiene mucho que ver con la vuelta a los principios. El trepidante mundo de los negocios, agitado por la convulsión de la crisis, parece buscar de nuevo puntos de referencia en lo más básico de la naturaleza humana. Abundan en los últimos tiempos reflexiones sobre la necesidad de valorar, sobre todo en los ámbitos directivos, perfiles profesionales definidos por rasgos de personalidad no precisamente relacionados con los conceptos tradicionamente más populares en el mudno de la empresa -creatividad, innovación, competencia técnica, ambición, etc.-. Sirvan como ejemplo algunos artículos periodísticos recientes del FinancialTimes que se hacen eco de esta idea:

(Wanted: employees who are good at getting things done). El valor de la diligencia profesional y de la conciencia de responsabilidad.

(Hubris and the City). Controla la arrogancia de los directivos y consigue que recuerden que, como hacían que se les recordase a los victoriosos generales romanos, “Momento mori” (No olvides que eres mortal).

(Inquire about candidates’ passions, not career paths). Pregunta por las pasiones, por lo que mueve a las personas, no por sus cualifaciones y méritos profesionales.

La crisis de identidad de la Economía

Al poco de estallar la crisis de 2008 no fueron pocos los economistas que entonaron un cierto mea culpa por la incapacidad de su disciplina para alertar de los problemas sistémicos de la economía. En 2009 Paul Krugman escribía en las páginas del New York Times “How Did Economists Get It So Woring?”, artículo en el que abogaba por repensar las bases de la ciencia económica y de las políticas económicas convencionales. Casi media década después, no parece que esa reflexión haya calado muy hondo. Hace unos meses, en las páginas del mismo diario, Krugman publicaba “Why Economics Failed”, donde seguía preguntándose por las razones de ese trágico “fallo” disciplinar.

Las voces que piden repensar la ciencia económica y abordar su crisis de identidad no cesan. El Financial Times publicacaba recientemente “Economics needs to reflect a post-crisis world”, un llamamiento a que la economía volviese a buscar sus bases en la realidad, en lugar de buscar leyes universales al margen del comportamiento humano. En el artículo se comentaba una nueva iniciativa de varias universidades, lideradas por la Universidad de Oxford, para renovar el curriculum de estudios económicos (el proyecto CORE). También autores conocidos como Jeff Madrick, director de Challenge: The Magazine of Economic Affairs, se han unido al coro de críticas. Su reciente libro “Seven Bad Ideas: How Mainstream Economists Have Damaged America and the World” es un buen ejemplo de ello.

Una de las razones más importantes de ese alejamiento de la ciencia económica de la “realidad” es seguramente su acelerado proceso de matematización teórica. Ese es precisamente el tema del último Cuaderno del Instituto Empresa y Humanismo, que bajo el título “Cuando las matemáticas suplantan a la economía” ha publicado el profesor Miguel Alfonso Martínez-Echeverría. En uno de los últimos párrafos del libro, se da en el clavo a la hora de pensar en dónde debe radicar la búsqueda de la nueva identidad de esta disciplina:

“En todas las matematizaciones de la economía, después de la acción todo permanece igual: ni el mundo, ni las riquezas, ni el conocimiento, ni los agentes quedan afectados por la acción. No hay memoria ni de aciertos ni de errores. Esto es así porque sólo bajo esa perspectiva tod individuo puede siempre maximizar su utilidad y mantener constante su interés. En ese marco, la libertad sólo puede entenderse como indiferencia de los individuos frente a opciones meramente pensadas, sin existencia real. Una extraña concepción de la libertad que sólo puede aumentar o disminuir en términos cuantitativos, según el número de opciones disponibles. Eso explica que la libertad y racionalidad solo sean posibles en equilibrio, cuando la información es la misma para todos y las posibilidades de opción han quedado definitivamente fijadas” (Miguel Alfonso Martínez-Echevarría, Cuando las matemáticas suplantan a la economía, Cuadernos de Empresa y Humanismo, 25, 2014, 97-98).