La postverdad, el efecto avestruz y otros fenómenos

Avestruz

La discusión sobre la verdad de las cosas y de los acontecimientos que se maneja en la opinión pública, en torno a los temas de actualidad, sigue generando ríos de tinta. El debate sobre la postverdad, las fake news, o simplemente sobre la difusión de mentiras en los medios, se ha convertido en tema de charla de café. Pero más allá de la popularidad actual de estos fenómenos, o de la preocupante tendencia a mezclar información de muy distinta calidad en los mensajes que se difunden públicamente, lo cierto es que la reflexión sobre la verdad, o al menos, sobre la “calidad” de las noticias que nos llegan, es más necesaria que nunca. Y a la hora de hacer esa reflexión es bueno tener en cuenta algunos procesos bien estudiados y documentados por la investigación en economía de la información.

Uno de esos efectos es el “efecto avestruz”, estudiado con detalle en el mundo de las finanzas. Según esta teoría, los inversores a menudo tienden a evitar la información negativa que les puede causar una desazón psicológica, lo que explica, por ejemplo, que el consumo de información financiera se reduzca mucho en momentos de crash y se active con los booms. Tim Harford, en el Financial Times, explica cómo este fenómeno en parte podría ser responsable de que muchos brexiters sigan con gusto noticias favorables sobre la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea –aunque puedan ser falsas y exageradas-, y eviten por el contrario informaciones negativas sobre el proceso –aunque puedan ser acertadas e importantes para sus vidas-. Además, según Harford, este efecto se complementa con el “efecto confirmación”, que nos lleva a buscar y favorecer aquellas informaciones que se ajustan a nuestras posiciones: “People mined the information they were given for ways to support their existing beliefs. When invited to search for more information, they would seek out data that backed their preconceived ideas. This confirmation bias is the flip side of the ostrich effect. And when required to assess the strength of an opposing argument, they would spend no small effort thinking up ways to shoot it down. So we avoid unpleasant information, even when it might do us some good. We actively seek out information that supports our preconceptions. And when standing face to face with an inconvenient fact or claim, we muster every counterargument we can find” (“Beware the ostriches pursuing a Brexit deal”).

El psicólogo Alain Samson se refiere a la importancia de tener en cuenta estos comportamientos en nuestra sociedad de la información, donde se hace especialmente necesario ser conscientes de nuestra capacidad de discernimiento. Samson escribe en “Information Avoidance in the Information Age” (Psychology Today): “We now appear to live in both the information age, with an ever-increasing abundance of data, and a world that some people refer to as post-truth, where emotional appeals have come to replace facts (particularly in politics). On the surface, this may appear paradoxical. In standard economics, humans are rational agents who revise their beliefs based on new information they receive. More information means better knowledge and better decisions. Psychology, behavioral economics and honest introspection, however, suggest that people often don’t live up to this ideal”.

Desde una perspectiva algo distinta, aunque coincidiendo en el fondo con la idea de la confirmación de las propias ideas, Sagit BarGill y Neil Gandal explican en “Online exploration, content choice, and echo chambers: An experiment” cómo en las redes sociales y entornos online muchas personas se enclaustran en “cámaras de eco”, consumiendo preferentemente contenidos procedentes de otras personas y medios muy similares a ellas, y que han recibido especial aclamación (likes, reenvíos, etc.).  De nuevo, la clave no es tanto la calidad de la información, sino su alcance y aceptación en entornos cercanos a los propios. Como señalan BarGill y Gandal, este proceder es especialmente común entre los jóvenes y las personas muy activas en la red: “Online echo chambers –in which people engage only with others that share, and media that reflect, their opinions and biases– have become an area of concern in the wake of last year’s startling political upsets. (…) Highly social users and younger users are most likely to get caught in echo chambers, while opinion leaders are less likely to get caught. Reducing the visibility of content popularity information, such as ‘like’ and ‘view’ counts, may help mitigate echo chamber effects”.

La extension de las ‘fakes news’, o de la información de baja calidad, guarda también muchos paralelismos con otro fenómeno muy estudiado en economía de la información, causado por las asimetrías informativas en los mercados. Se trata del famoso dilema del “mercado de los limones” (en referencia al mercado de los coches de segunda mano), que popularizó en Nobel George A. Akerlof. Ante unos precios similares, y con un desequilibrio informativo a favor de los vendedores (que saben mucho más sobre los distintos niveles de calidad de los vehículos), el mercado tiende a inundarse de los coches de menos calidad, con los que los oferentes logran más margen, expulsando a los superiores. En “Fake News and the Market for Lemons” se explica así el paralelismo con la difusión de información de baja calidad: “Interestingly, the rise of fake news parallels the lemon dilemma in the market. True news stories are significantly more expensive to produce than fake ones, requiring extensive research, editors, and fact checkers. Similarly to the lemon market, there is also significant information asymmetry between the writer and the reader, where the writer is aware of the validity of an article and the reader is not. As a result, the news market is susceptible to the same market failure that dominates the lemon market – there is a strong implication that fake news could potentially drive out true news”. Stephan Russ-Mohl, Director del European Journalism Observatory lo explica con más detalle en “A Market for Lemons”.

Guardando las distancias, al pensar en un panorama informativo en el que gratuitamente se puede acceder con la misma facilidad a información de calidad que a verdaderos contenidos tóxicos viene necesariamente a la mente la famosa Ley de Gresham (o de Oresmes, o de Copérnico), de la expulsión del dinero “bueno” por el “malo” cuando ambos circulan conjuntamente, con un valor formal igual confirmado por el emisor de la moneda. Recientemente, Robert Thomson, del Wall Street Journal, hacía referencia al papel que podían/debían jugar los omnipoderosos “emisores” de información, como Google o Facebook, a la hora de discriminar los contenidos de calidad frente a otros (“Fake News and the Digital Duopoly”). Comentando el artículo de Thomson, un lector reflexionaba: “In “Fake News and the Digital Duopoly” (op-ed, April 5), Robert Thomson describes the effect of a kind of Gresham’s Law of Media: Bad “journalism” drives out good journalism. (…) Old media, such as The Wall Street Journal, which Mr. Thomson’s company, News Corp , owns, every day exercise the responsible editorial judgment that Gresham’s Law is relentlessly eroding in the online world. Most of the trash that somehow qualifies as news online would never be allowed to be expressed or presented on a college campus, for example. But it’s perfectly fine to show bomb-building instructions on the “new” media—as long as it doesn’t run near an equally hypocritical big company’s advertisement” (“Gresham’s Law of Bad Internet Journalism”).

Gignificación del trabajo

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Jia Tolentino cuenta esta semana en The New Yorker la historia de Mary, una conductora de Lyft –red de transporte compartido similar a Uber- que contaba en el blog de la compañía cómo había podido recoger a varios pasajeros, en medio de las primeras contracciones, pocos minutos antes de dar a luz. En el blog se celebraba la “proeza” de Mary, y se animaba a otros trabajadores de la compañía a que contaran experiencias similares o especiales (“Do you have an exciting Lyft story you’d love to share? Tweet us your story at @lyft_CHI!”). En “The Gig Economy Celebrates Working Yourself to Death”, Tolentino llama la atención sobre la perversidad de referirse a esa anécdota como “excitante historia”, sobre todo en una empresa que no ofrece a sus empleados ni baja por maternidad ni seguro médico: “Mary’s story looks different to different people. Within the ghoulishly cheerful Lyft public-relations machinery, Mary is an exemplar of hard work and dedication -the latter being, perhaps, hard to come by in a company that refuses to classify its drivers as employees. Mary’s entrepreneurial spirit—taking ride requests while she was in labor!- is an “exciting” example of how seamless and flexible app-based employment can be. Look at that hustle! You can make a quick buck with Lyft anytime, even when your cervix is dilating”.

El artículo muestra algunos ejemplos más de esta nueva mentalidad de la denominada “gig economy”, de la economía que entretejen un número creciente de negocios, la mayoría de ellos tecnológicamente mediados, que funcionan creando gigantescas redes de “trabajadores” temporales, a menudo autónomos, que realizan servicios flexibles, y se comportan como freelancers (ya sea como conductores, profesionales liberales, hospederos, etc.). Tolentino comenta por ejemplo el caso de Fiverr, una red de gestión de servicios profesionales, cuyo lema es “In Doers We Trust”. La compañía explica el sentido de ese eslogan en los siguientes términos: “The campaign positions Fiverr to seize today’s emerging zeitgeist of entrepreneurial flexibility, rapid experimentation, and doing more with less. It pushes against bureaucratic overthinking, analysis-paralysis, and excessive whiteboarding.” Para la autora del artículo, “this is the jargon through which the essentially cannibalistic nature of the gig economy is dressed up as an aesthetic”.

De hecho, cada vez son más las llamadas de atención sobre la degradación de las relaciones laborales, y la desaparición de coberturas sociales y sanitarias que se producen en la economía gig. Emma Jacobs, en “The gig economy: freedom from a boss, or just a con?”  (The Spectator) ha analizado recientemente este fenómeno en torno al debatido caso de Uber, que ha disparado las alarmas tanto en Estados Unidos como en Gran Bretaña. En la misma línea, Arun Sundararajan, profesor de la New York University School of Business, señala en “The ‘gig economy’ is coming. What will it mean for work?” (The Guardian): “In many countries, key slices of the social safety net are tied to full-time employment with a company or the government. Although the broader socioeconomic effects of the gig economy are as yet unclear, it is clear we must rethink the provision of our safety net, decoupling it from salaried jobs and making it more readily available to independent workers”.

La gignificación del trabajo forma parte de un fenómeno cada vez más preocupante: la creciente desigualdad en las condiciones de los puestos de trabajo, entre trabajos similares en diferentes empresas de un mismo sector, o incluso dentro de una misma empresa. Por un lado, hay una fuerza de trabajo que disfruta de salarios y condiciones laborables envidiables en grandes corporaciones; por otro, incluso en esas mismas empresas, pero sobre todo en sus competidoras, hay personas que trabajan en un entorno de enorme inestabilidad y precariedad. De este fenómeno se ocupa Nicholas Bloom en un artículo reciente publicado en la web de la Harvard Business Review (“Corporations in the Age of Inequality”). Bloom considera para entender la creciente desigualdad que hay en muchas sociedades hay que analizar con detalle esa desigualdad laboral entre compañías, que cada vez es más evidente: “If we want to truly understand income inequality – if we want to mitigate it and its pernicious effects- we must look beyond CEO compensation and tax policy and consider the role played by firms and their hiring and compensation policies for ordinary, non-millionaire workers. This is not a simple morality play in which evil companies are pitted against the middle class. There is nothing nefarious about Google’s goal of being the global leader in software and machine learning, or in its hiring the best employees it can find. Yet the result of countless strategic decisions in pursuit of such goals by Google and other elite companies throughout the world -not just in tech- has been to raise the compensation of some workers far more than others. It’s time to turn our attention from comparing individuals’ fortunes to considering differences between firms.”

La creciente desigualdad entre empresas y trabajos, de la que el empleo en la economía gig es un buen ejemplo, es una dimensión más de la enorme revolución que se está produciendo en el mundo laboral como consecuencia de la revolución tecnológica. En cierta forma, el “trabajador gig” (si se puede utilizar esta expresión) está a medio camino entre el privilegiado profesional al que se refiere Bloom (“the best-educated and most-skilled employees cluster inside the most successful companies”) y la robotizada fuerza laboral con la que sueñan muchas compañías (una fuerza laboral sin necesidades sociales ni sanitarias, y muy poco reivindicativa). De hecho, más allá de las indudables ventajas que pude tener para muchas personas participar en la economía gig (libertad, flexibilidad, adaptación a circunstancias personales, etc.), su extensión en la sociedad –al menos en las condiciones en que se está desarrollando en nuestros días- puede generar indudables problemas y tensiones. Aunque entre gignificación y dignificación del trabajo, al menos desde un punto de vista léxico, sólo hay una letra de distancia, en realidad entre ambos conceptos existe casi un abismo, que no se puede dejar pasar por alto.

 

 

Templanza tecnológica

Templanza

Ya se han calmado las aguas de la fugaz tormenta comunicativa que se vivió la semana pasada con motivo de la viralización de un breve y divertido vídeo extraído de un programa informativo de la BBC. En esa breve pieza audiovisual, un colaborador académico de la BBC, Robert Kelly, desde el despacho de su casa, trataba de responder a algunas preguntas sobre la crisis política que se estaba viviendo en Corea del Sur. De repente, irrumpió en la habitación alegre y jovial su hija pequeña, a la que seguía su hermanito en taca taca, y al poco, para retirar de escena a ambos, de la forma más rápida posible, la agobiada esposa que en pocos segundos despejaba la habitación. La escena en directo, tan divertida como inocua y familiar –aunque nada habitual en una conexión de un programa de noticias, y menos en la pluscuamperfecta BBC-, dio en pocos minutos la vuelta al mundo. Millones de descargas en Internet, menciones en los noticiarios en prensa y televisión de todo el planeta, memes infinitos, todo tipo de análisis de los significados del fenómeno, etc., etc. Tal fue su impacto, que un par de días después, la primera entrevista que daba el ya famoso profesor Kelly, nada menos que al Wall Street Journal, se convertiría en una de las noticias online más leídas del prestigioso periódico económico y financiero (“When the Children Crashed Dad’s BBC Interview: The Family Speaks”). En esa entrevista, el profesor Kelly, refiriéndose a su pequeño error de no cerrar la puerta de la habitación, como hacía siempre cuando contactaba por Skype con la BBC, señalaba: “I made this minor mistake that turned my family into YouTube stars. It’s pretty ridiculous”.

Algo sucede cuando eventos tan ciertamente cotidianos e intrascendentes llegan a captar la atención, aunque sea momentánea, de tantos millones de personas. Por supuesto, hasta de sucesos tan nimios (aunque espectacularmente populares) pueden surgir reflexiones interesantes. Lucy Kellaway, en el Financial Times, aprovecha la ocasión para llamar la atención sobre la “ridícula pomposidad” que rodea la actuación de las personas en su ámbito profesional –en este caso, la de uno de tantos expertos actuando como tal en un programa informativo-, que contrasta con la sencillez y la normalidad, como la del resto de los mortales, de sus vidas cotidianas (“Robert Kelly’s children remind us how pompous we are at work”). Sin embargo, más allá de que la situación dé para reflexionar sobre casi cualquier tema que uno quiera, lo verdaderamente sorprendente es su increíble difusión y la atención planetaria que captó. En términos económicos, cabría preguntarse cuál es el coste de oportunidad de toda esa atención dedicada a un hecho tan intrascendente (incluida, la de quien escribe estas líneas). De hecho, cada vez hay más voces que abogan por la necesidad de empezar a reflexionar sobre la virtud de la templanza –se podría denominar la “templanza tecnológica”- y su más que necesaria aplicación al consumo de contenidos y tecnologías que inundan la vida personal y laboral.

Ross Douthat, en “Resist the Internet” (New York Times), se refiere explícitamente a la necesidad de promover (¿incluso imponer en ciertos ámbitos?) esa templanza ante la creciente compulsividad en el uso de la tecnología. Señala Douthat: “Compulsions are rarely harmless. The internet is not the opioid crisis; it is not likely to kill you (unless you’re hit by a distracted driver) or leave you ravaged and destitute. But it requires you to focus intensely, furiously, and constantly on the ephemera that fills a tiny little screen, and experience the traditional graces of existence — your spouse and friends and children, the natural world, good food and great art -in a state of perpetual distraction. Used within reasonable limits, of course, these devices also offer us new graces. But we are not using them within reasonable limits”. En línea con los crecientes estudios que muestran las similitudes entre el uso desordenado de las tecnologías y otras adicciones bien conocidas, el autor del artículo cree que hay que empezar a tomar medidas para embridar el impulso incontrolado de los gadgets. Hace falta, dice, un movimiento social y cultural en esa dirección: “Digital temperance movement would start by resisting the wiring of everything, and seek to create more spaces in which internet use is illegal, discouraged or taboo. Toughen laws against cellphone use in cars, keep computers out of college lecture halls, put special “phone boxes” in restaurants where patrons would be expected to deposit their devices, confiscate smartphones being used in museums and libraries and cathedrals, create corporate norms that strongly discourage checking email in a meeting. Then there are the starker steps. Get computers -all of them- out of elementary schools, where there is no good evidence that they improve learning. Let kids learn from books for years before they’re asked to go online for research; let them play in the real before they’re enveloped by the virtual”.

Los beneficios de la templanza en este ámbito de consumo y de comportamiento vital cada vez son más evidentes. Desde hace algún tiempo, se repiten los estudios que analizan los efectos de la “abstinencia” tecnológica. En “What Really Happens To Your Brain And Body During A Digital Detox” (Fast Company), Elizabeth Segran relata los resultados de una investigación llevada a cabo por la empresa Kovert Designs, en la que 35 directivos y emprendedores fueron invitados a un viaje a Marruecos, parte del cual pudieron realizar conectados a tecnologías en un Hotel, y otra parte sin ellas, en el desierto del Sahara. Bajo la atenta mirada de psicólogos y neurocientíficos, los resultados del experimento fueron contundentes. En el tiempo sin tecnologías, mejoraba la relación gestual entre los invitados, por supuesto, la conversación, y otros aspectos como el sueño, detalles de memoria (como recordar mejor los nombres de los demás), etc. Tras la experiencia, Kate Unsworth, CEO de Kovert Designs, concluía: “It seems grandiose to say this, but many of our guests said that this was a life-changing experience. They said that they wanted to permanently change their digital habits by disconnecting from technology at night and over weekends. They wanted to introduce some of the benefits of the digital detox into their everyday lives.”

No es seguro que la templanza tecnológica hubiera podido con la fuerza difusora de un suceso como el de Robert Kelly en la BBC, pero de lo que no hay duda es de que un uso más templado y sobrio de las tecnologías nos ahorraría una cantidad inmensa de tiempo, personal y laboral, consumido en cientos de momentos tan intrascendentes como ese, de los que no somos no siquiera conscientes.

El poder de la risa

Risa

“If We Are Not Just Animals, What Are We?”: ésta es la pregunta que se hacía esta semana en una columna del New York Times Sir Roger Scruton, el siempre sugerente y polémico filósofo británico, con motivo de la publicación de su último libro “On Human Nature”. Scruton vuelve a reflexionar sobre un tema tan antiguo como el hombre mismo, en un momento en el que por una lado la ciencia (con una visión meramente biológica) y por otro la tecnología (que apunta al transhumanismo), amenazan nuestra forma tradicional de entender lo humano. Escribe Scruton: “Philosophers and theologians in the Christian tradition have regarded human beings as distinguished from the other animals by the presence within them of a divine spark. If, as many people believe, there is a God, and that God made us in his own image, then of course we are distinct from nature, just as He is. But talk of God’s image is a metaphor for the very fact that we need to explain, namely that we treat the human being as a thing apart, a thing protected by a sacred aura — in short, not a thing at all, but a person. Recent advances in genetics, neuroscience and evolutionary psychology have all but killed off that idea. But they have raised the question of what to put in its place. For quite clearly, although we are animals, bound in the web of causality that joins us to the zoosphere, we are not just animals”. Pensar sobre lo específicamente humano, como hace Scruton, sirve también para afrontar inquietantes preguntas que están en el aire, como por ejemplo: “Si los robots pueden no ser sólo robots, ¿qué pueden llegar a ser?”

De los muchos temas y ejemplos que aborda Scruton en “On Human Nature” sobre la especificidad de lo humano, hay uno muy sugerente: la risa. Señala Scruton que los filósofos –salvo algunas honrosas excepciones- no han dedicado suficiente atención a este comportamiento tan único, tan exclusivo y revelador de la naturaleza humana. Sólo del hombre se puede decir que ríe realmente. Y comenta: “Laughing and cry are keys to the human condition, features that typify our distinctiveness. (…) Laughter points to a community of sentiment and only a being who makes judgments can laugh. (…) Those who laugh together also grow together and win through their laughter a mutual toleration of their all-too-human defects”. Nada más leer estas líneas, llegaba a mi cuenta de Twitter la frase “Humor is human; laughter is used by humans to build social cohesion”, pronunciada por Carmen Torres, profesora de Psicología de la Universidad de Jaén, en su conferencia “Cerebro y risa: humor a primera vista”, dentro de las Conferencias de Psicología, 2017, celebradas en la Facultad de Psicología de la Universidad de Navarra.

El humor y la risa son fenómenos enormemente complejos que sólo por lejana analogía se puede decir que se reflejan en las expresiones faciales y sonidos de ciertos animales (la risa de los primates, por ejemplo) o en las recreaciones de ficción de ciertos autómatas (como los inolvidables R2-D2, C3PO o el más reciente K2-50, los droids de la Guerra de las Galaxias a los que el “humor” los hace más humanos). Y es por eso que el humor y la risa son fundamentales en un momento tan proclive a la deshumanización como el actual.

En el Instituto Empresa y Humanismo estamos reflexionando este curso sobre el Humanismo Digital, sobre las dimensiones humanas que seguramente serán claves en un mundo empresarial y laboral cada vez más robotizado, guiado por la lógica de la inteligencia artificial. La pasada semana se celebró una Jornada en Madrid, en la sede del BBVA, en la que se habló sobre temas tan interesantes como el mito de la máquina –sobre sus efectos beneficiosos y perversos-, o sobre los esfuerzos de las entidades financieras por aprovechar al máximo las potencialidades que ofrecen las nuevas tecnologías para cumplir mejor su misión empresarial y social. Una y otra vez surgía el desafío de responder a la pregunta de cómo compatibilizar las indudables ventajas del desarrollo científico y tecnológico, con la no menos imperiosa necesidad de aprovechar al máximo el valor insustituible de lo genuinamente humano. No me cabe duda que el humor y la risa forman parte de esto último.

Me temo que la “gestión del humor y la risa” –si es posible hablar en estos términos- puede ser cada vez más importante en empresas y organizaciones crecientemente mecanizadas, en las que la presencia del plástico y el metal sustituye al calor humano, y donde se impone el discurso de la inteligencia artificial y la lógica de decisión de los algoritmos. Tanto en lo que concierne a la cultura organizativa como al propio desarrollo de las carreras profesionales, merece la pena no perder de vista el valor de algo tan esencial. Aunque como todo lo esencial, también tan delicado. Así lo recordaba hace poco un artículo en USA Today, titulado “Why it can pay to be the funny person at work”. Jueun Choi, la autora del trabajo, comentaba: “Properly used humor serves many good purposes. It builds relationship among employees or with bosses, helps workers maximize their innovative thinking, defuses tension and stress, increases productivity and makes people happier, according to Rue Dooley, a human resources knowledge adviser at the Society for Human Resource Management and a standup comedian in Washington D.C.” El texto de USA Today se hacía eco también de los hallazgos de un estudio reciente sobre la “gestión del humor”, que se publicará en el Journal of Personality and Social Psychology: “Risky Business: When Humor Increases and Decreases Status”. Los autores de la investigación, T. B. Bitterly, A.W. Brooks y M. E. Schweitzer, explican cómo el humor es un factor clave en la gestión del estatus de los empleados y los directivos en las empresas, aunque es un factor que se debe manejar con destreza: “We demonstrate that humor can influence status, but attempting to use humor is risky. The successful use of humor can increase status in both new and existing relationships, but unsuccessful humor attempts (e.g., inappropriate jokes) can harm status. (…) Rather than conceptualizing humor as a frivolous or ancillary behavior, we argue that humor plays a fundamental role in shaping interpersonal perceptions and hierarchies within groups”.

No se puede decir que los resultados de investigaciones como éstas –y de otras muchas que se han hecho sobre este tema en diferentes disciplinas- sean contra intuitivos. El sentido común y la cotidiana experiencia nos confirman una y otra vez la importancia del humor y de la risa –podríamos ir más allá, por supuesto, para hablar de la alegría- en tantas circunstancias de la vida personal, familiar, laboral, etc. Pero quizá precisamente por eso, por ser tan evidente, igual es un buen momento para reivindicar el poder de la risa, sobre todo en aquellos lugares –como en las empresas- donde el frío inexpresivo de la tecnología cada vez está más presente. No estaría de más que junto al Chief Technology Officer se sentara de vez en cuando el Chief Laughter Officer.

El valor del instante efímero

Una noticia empresarial ha captado la atención de todo el mundo, casi como un vendaval, durante los últimos días: la impresionante salida a Bolsa de Snap Inc., la compañía de Los Ángeles que en septiembre de 2011 lanzó la popular aplicación de envío de fotos y vídeos efímeros Snapchat. El día previo a la salida se especulaba si la empresa podría alcanzar la valoración prevista de 24.000 millones de dólares (“Snapchat Goes the Market”), pero las dudas acabaron el jueves 2 de marzo, cuando el precio de la acción pasó de 17 dólares a 24 en su primera jornada de cotización. Para el final de semana, la empresa, que en 2016 ingresó poco más de 400 millones de dólares (básicamente por ingresos publicitarios) y tuvo unas pérdidas de más de 500 millones, tenía un valor por capitalización bursátil de más de 30.000 millones de dólares. Poco a poco se empezaba a conocer historias increíbles de enriquecimientos instantáneos, como el del inversor australiano que hacía cinco años había tomado parte en la empresa con 640.000 dólares y de repente pasaba a tener un patrimonio de 2.000 millones, o la historia de un instituto de educación superior en California, el Saint Francis, que había convertido una pequeña inversión de 15.000 dólares en un beneficio de 24 millones. Todo había sido tan instantáneo –habrá que ver si tan efímero o no- como la idea de negocio que está detrás de la compañía (fundada, como no podía ser de otro modo, por dos universitarios de Stanford, en la mejor tradición de las “ideas de garaje o de campus” que van desde Steve Jobs hasta Mark Zuckerberg).

El servicio de mensajes visuales de Snapchat –que poco a poco se ha ido sofisticando- explota la atracción de compartir con los demás ciertos instantes efímeros, de hacer llegar a amigos, colegas, etc. momentos de la vida cotidiana (en forma de fotografías que se editan con facilidad, o como minivídeos de 10 segundos) que desaparecen en el dispositivo de recepción del destinatario con gran rapidez (se puede programar una duración que va de 1 a 10 segundos). El instante efímero, al que últimamente Snapchat le ha dado algo más de vida –la función “Historias” puede unir instantes en una pequeña historia de un horizonte temporal de 24 horas-, no deja rastro, una vez que ha cumplido su función de ser visualizado por alguien. La compañía asegura que ya hay más de 158 millones de usuarios que comparten miles de millones de momentos efímeros, del mismo modo –casi compulsivo- que los empezaron a compartir hacía cinco años, en un instituto, el grupo de amigas de una prima de Evan Spiegel, uno los fundadores de Snap Inc. Por supuesto, el atractivo del servicio era enviarse imágenes y vídeos sin que nada quedase registrado para la posteridad –el gran miedo que existe en el resto de redes sociales, sistemas informatizados de intercambios de mensajes, etc.-, algo especialmente valorado por los inquietos y atrevidos adolescentes. Además, Snapchat es una aplicación sencilla y bien conocida por todos: no es otra cosa que una cámara de fotos y vídeos peculiar.

Parece que esta instantaneidad efímera, tan atractiva entre la juventud –que aún sigue siendo el público central de Snapchat-, tiene visos de calar intensamente en la sociedad (o eso parece deducirse del valor que dan los inversores al potencial futuro de esta compañía, a no ser que ellos, también, estén tan sólo jugando a esos momentos de enriquecimiento instantáneo y efímero que tanto gustan en las Bolsas…, véase, en el Financial Times “Snap IPO is the foolish leading the blind”). De hecho, la propuesta de negocio de la compañía de Los Ángeles –tal y como se describe en el interesante formulario S1 de su salida a Bolsa- es sencilla, comprensible por todos y está abierta a múltiples desarrollos de productos y servicios futuros, en torno a la captación y distribución de imagen: “Snap Inc. is a camera company. We believe that reinventing the camera represents our greatest opportunity to improve the way people live and communicate. Our products empower people to express themselves, live in the moment, learn about the world, and have fun together”.

El negocio de Snapchat se basa en la rentabilización publicitaria de su capacidad para agregar y estructurar ese caótico universo de instantes efímeros que millones de personas registra en su vida cotidiana de forma casi compulsiva (véase, “How Snapchat Makes Money”). En este sentido, Snapchat es uno de los muchos “mercaderes de la atención” que existen en la actualidad, de esos negocios que comercian con la atención ajena y con su capacidad para difundirla y compartirla con otros, aunque sólo sea en millones de instantes infinitesimales, de una forma casi adictiva. Como comenta Tim Wu, profesor de la Facultad de Derecho de Columbia, en la recensión de un libro reciente sobre este tema (“The Rise of Addictive Technology and the Business of Keeping Us Hooked”, de Adam Alter), “companies are moving away from the creation of rewarding technologies for human enhancement, such as the calculator or the bicycle, and toward technologies meant to lure people to devote large amounts of time and attention to them — think Facebook or BuzzFeed. Something like a bicycle or a calculator didn’t need to be addictive to be valuable. But for a product like Facebook, success and user addiction are the same thing”.

Es paradójico que la adictiva atención instantánea y efímera que nos demandan aplicaciones como Snapchat tiene en realidad los rasgos de una “desatención” momentánea, más que de una concentración selectiva y continuada en un tema, propias del “prestar atención”. De hecho, el éxito o el fracaso de negocios como éste van a depender cada vez más de la capacidad de las personas de retomar el control de su atención y su concentración, una tarea ineludible en el momento histórico que estamos viviendo. El propio Tim Wu publicó a finales de 2016 “The Attention Merchants: The Epic Scramble to Get Inside Our Heads”, una obra en la que se reflexiona sobre este tema. En la crítica del libro que escribe Jeniffer Senior en el New York Times se puede leer: “Mr. Wu concludes his book with a cri de coeur, imploring us to regain custody of our attention. It is written so rousingly that it just may make you reconsider your priorities. He brings up the work of the psychologist and philosopher William James, who ‘held that our life experience would ultimately amount to whatever we had paid attention to.’ He also quotes James’s quasi-palindromic complement, the ethicist James Williams: ‘Your time is scarce, and your technologies know it.’ We are what we choose to focus on, the sum of our concentrations. What will we choose? This is an age of glorious individualism. Yet never, it seems, have we belonged less to ourselves”.

La atención como instante frente a la atención como duración es una dialéctica a la que sin duda vamos a estar cada vez más expuestos, y de su resolución depende en gran medida que el futuro de negocios como Snapchat sea más o menos efímero. Por ahora, parece que el negocio de los “momentos de atención” breves y efímeros seguirá dando bastante de sí, aunque a veces no siempre en la dirección deseada. Y si no, que se lo pregunten a Brian Cullinan, el socio de PriceWaterhouseCoopers que parece que se “despistó” en su entrega del sobre con el Oscar a la mejor película, al poco de dedicar un breve “momento de atención” a tuitear una foto de la ganadora del Oscar a la mejor actriz, Emma Stone (véase, “PwC Partner at Oscars Tweeted Backstage Minutes Before Best Picture Mix-Up”). En este caso, de haber utlizado Snapchat quizá nadie hubiera visto ese ya famoso pantallazo de felicidad de Emma Stone en la Red, que ha dado la vuelta al mundo, y que le ha costado a Cullinan un bochorno planetario y su vuelta a la Gala de los Oscars.

La matriz Gift & Grit

“Valorad lo que tenéis. La muerte no es triste, lo triste es no saber vivir”. Esta frase, que ha dado la vuelta al mundo, la pronunció hace algún tiempo Pablo Ráez, el joven malagueño que falleció el pasado sábado, tras una lucha sin cuartel contra la leucemia, y después de haber liderado una campaña en favor de la donación de médula que ha movido a la acción a miles y miles de españoles. Las noticias sobre Pablo, el relato de su lucha contra la enfermedad, y todos los comentarios sobre su deseo de no abandonar este mundo sin dejar una enorme huella de ayuda en quienes estaban en similar situación a la suya, resaltaban su gran fortaleza, pasión, coraje y determinación. El azar, el destino, la providencia (que cada uno elija lo que crea) le había anunciado un final rápido, pero en lugar de dejarse llevar, vivió intensamente hasta el último minuto.

Al poco de leer varios relatos sobre la historia de Pablo,  llegó a mis manos la última columna de Lucy Kellaway en el Financial Times (“Why ‘lean in’ if laziness can be just as effective?”). En esta ocasión, Kellaway reflexionada sobre cómo una “vagancia inteligente” puede hacer que los directivos muy ocupados, hiperestresados y adictos al trabajo, mejoren su eficiencia, al tomarse un tiempo para disfrutar de la vida y focalizar mejor su tiempo en los temas laborales realmente importantes.  La periodista del Financial Times recordaba, con cierta ironía, que esta “vagancia inteligente” ya había sido identificada como un factor clave del desempeño en una de las primeras “matrices” del management que se conocen, la desarrollada hace un siglo por Kurt von Hammerstein-Equord, jefe de la Armada Alemana, para gobernar a sus oficiales: “He assessed his officers on two scales: clever vs dim and lazy vs energetic, and came up with the following four permutations.  1) Dim and lazy (Good at executing orders); 2) Dim and energetic (Very dangerous, as they take the wrong decisions); 3) Clever and energetic (Excellent staff officers); 4) Clever and lazy (Top field commanders as they get results)”. Kellaway comenta cómo esta matriz, en el competitivo y un tanto hipócrita mundo en el que vivimos, se ha convertido en otra también muy popular, la matriz “skill-will”: “Alas, instead of deploying something so bracingly honest, management theorists have taken von Hammerstein-Equord’s idea and ruined it by turning it into the wishy-washy modern “skill-will” matrix. According to this, the person who is clever and lazy (or “high skill/low will”) is not deemed to have won the lottery. They are deemed to be in need of coaching”.

La historia de Pablo Ráez y los comentarios de Lucy Kellaway sobre el binomio esfuerzo y pereza hacen reflexionar sobre una experiencia docente demasiado habitual en la Universidad: la de buen número de alumnos que por mil motivos –a menudo nimios- desaprovechan oportunidades de participar en actividades formativas “que no sirven para la nota”, que “están fuera del programa” o que suponen “un esfuerzo extra”. Seguro que algo muy parecido sucede en muchos otros ámbitos de la vida, sobre todo, de la vida profesional.  Ante tales experiencias, cabe preguntarse: ¿la ”vagancia inteligente” de los que supuestamente lo tienen todo (los ocupados y exitosos directivos), o la energía y determinación plenas de quien supuestamente tiene poco que ganar (el enfermo terminal de leucemia)? ¿Hacia dónde hay que orientar el estudio y el trabajo? Para responder a esta pregunta merece la pena reflexionar, siquiera un momento, sobre la matriz Gift & Grit (o dicho de otro modo, sobre la relación entre lo que nos viene dado, como un don o regalo, y lo que somos capaces de lograr a partir de ello, con nuestro esfuerzo y determinación).

Hace algún tiempo, en 2012, Michael Lewis, famoso periodista y escritor, pronunció  el discurso anual de graduación a los alumnos de la Universidad de Princeton (véase el vídeo del discurso, aquí). Tras relatar su azarosa vida académica y profesional, Lewis explicaba a los alumnos que nunca debían olvidar que formaban parte de los “very few”, de los privilegiados que, sin mérito alguno -sino más bien por el azar o por la providencia-, habían nacido y crecido en el país más rico y desarrollado del mundo -con universidades como Princeton-, que seguramente habían crecido en un entorno de familias acomodadas, y habían sido agraciados con capacidades intelectuales por encima de la media. En definitiva, por contraste con otros millones de jóvenes en todo el mundo –sobre todo en zonas desfavorecidas-, eran depositarios de innumerables Gifts, sin haber hecho casi nada especial para merecerlos. Según Lewis, nunca debían olvidarlo; más bien al contrario, su obligación era aprovechar al máximo esos dones y regalos, para devolver a la sociedad, con agradecimiento, todo lo que habían recibido, y dejar una huella intensa y positiva en el mundo.

La psicóloga Angel Duckworth, en su obra “Grit: The Power of Passion and Perseverance”, describe con maestría la importancia de lo que Lewis pedía a los alumnos de Princeton para su desarrollo personal y profesional. Según Duckworth,  para triunfar, para dejar una huella positiva en la sociedad, para lograr sus sueños, no vale que uno esté colmado de Gifts (de inteligencia, de talento, de un entorno favorable, etc.) sino que lo importante es que ponga a trabajar lo que ha recibido con esfuerzo, pasión, perseverancia, sacrificio, tenacidad, energía y coraje (Grit). Ese compromiso y firme determinación de dar lo mejor de sí, a partir de lo recibido, está en las antípodas de muchos de los comportamientos que vemos a menudo en gente joven de nuestro entorno, esos que forman parte de los “very few”, que viven anestesiados por la desidia, ensimismados con su suerte, exigiendo con soberbia derechos y obligaciones, o tan sólo la satisfacción de caprichos, y frustrándose ante contratiempos por los que muchos otros sólo darían gracias a Dios.

Retocando brevemente las matrices de las que habla Lucy Kellaway, cabe reflexionar sobre la Matriz Gift&Grit, que sintetizaría cuatro posiciones fundamentales: 1) High Gift and High Grit (Líderes, los que triunfan en sus propósitos, los que dejan huella); 2) Low Gift and High Grit (Luchadores, los que no se resignan, los resilientes, los que también dejan huellas imborrables, como la de Pablo Ráez); 3) Low Gift and Low Grift (Perdedores, resignados, marginados, que necesitan especialmente la ayuda de los demás); 4) High Gift and Low Grit (Ingratos, los que teniendo todo a su favor, sucumben a la soberbia y a la desidia). De las cuatro posiciones en la matriz, esta última es la única que no tiene una justificación razonable, y que por desgracia es demasiado común en las sociedades más desarrolladas. Quizá algunos de los oficiales de más alto rango de Kurt von Hammerstein-Equord, o algunos de los altos directivos a los que se refiere Kellaway, rozan ese cuadrante; pero de lo que no hay duda, es de que el verdadero ejemplo para todos es el de quienes están en el segundo, los luchadores como Pablo Ráez.

Las voces de la inteligencia artificial

Tom Standage, subdirector de The Economist y autor de varios libros sobre historia de las tecnologías (véase, por ejemplo, su Victorian Internet), escribe esta semana en 1843 Magazine un sugerente artículo (“Speak and Ye Shall Find”) en el que relata la experiencia familiar de convivir con Alexa, la asistenta de voz de Amazon Echo. Standage cuenta cómo su hijo hace preguntas comprometidas a Alexa, sobre la existencia de Santa Claus o de Dios -algunas reciben respuesta (como la primera) y otras no (como la segunda)-; describe también cómo él mismo o su esposa le interrogan sobre muchas otras cosas cotidianas, y cómo, en definitiva, esta “asistenta tecnológica” ha pasado a ser parte del servicio del hogar. Reflexiones como la de Standage, sobre las “conversaciones” entre las personas y las máquinas, proliferan en los últimos tiempos al hilo de la explosión de dispositivos de asistencia de voz vinculados al Internet de las cosas. Siri (Apple), Alexa (Amazon), Cortana (Microsoft), M (Facebook) y muchos (mejor, muchas) otras asistentes de voz –también asistentes “locales”, como Sherpa, en España- se están introduciendo de forma masiva en nuestras vidas, a través de viejos y nuevos dispositivos tecnológicos a los que estamos conectados las 24 horas del día.

Estas voces de la inteligencia artificial, que tantas veces las hemos escuchado ficcionalizadas en el cine -asociadas a menudo a grandes ordenadores inteligentes, que acaban comportándose como seres humanos-, están hoy a disposición de todos, emitiendo desde “la nube”, y cada vez lo estarán de forma más extendida. El intercambio de mensajes entre las personas y máquinas va a ser parte de nuestra vida, tanto para solucionar pequeños problemas de gestión –en el hogar, en el trabajo, en nuestra relación con la Administración, etc.-, y recibir información básica sobre nuestro entorno (meteorología, circulación, necesidades de entretenimiento, etc.), como para afrontar otros retos de mayor calado. De hecho, ya se habla, por ejemplo, de la “inteligencia artificial emocional”, o de los dispositivos que pueden ayudarnos a tomar decisiones complejas en torno a nuestra vida personal, profesional o pública. Si Skynet (Terminator) o Matrix (Matrix) nos parecen todavía mundos de ciencia ficción, no da la sensación de que estemos muy lejos de realidades como las narradas en Her, la película en la que un solitario escritor que se acaba de separar de su esposa, Theo, se “enamora” de Samantha (la seductora asistente de voz de su sistema operativo).

Siri, Alexa, Cortana…, y las futuras Samanthas, verbalizan la enorme utilidad de la Inteligencia Artificial y el grado en que las nuevas tecnologías, en su dimensión más utilitaria, nos pueden facilitar la vida a personas y a organizaciones. No hay más que pensar, por señalar uno entre infinitos ejemplos, en las ventajas que un asistente de voz como Siri, en un dispositivo móvil tan amigable y popular como iPhone, puede ofrecer a las personas con discapacidad visual. Sin embargo, junto a esas funcionalidades evidentes, la “conversación” entre personas y dispositivos como los citados, o los que vengan de aquí en adelante –mucho más capaces- empieza a generar también múltiples inquietudes.

Sólo por citar algunas de ellas, preocupa, por ejemplo, la utilización lúdica de estas asistentes de voz por parte de los niños, y los hábitos de relación que con ellas puedan establecer (rudos, fríos, autoritarios, sin filtros, sin matices en la “conversación”, etc.). En “Are Alexa, Siri, and Their Pals Teaching Kids to Be Rude?”, Robby Berman se pregunta: “What happens when kids get used to not saying ‘please’ and ‘thank you,’ and generally feeling unconcerned with the feelings of those with whom they speak?”. Preocupan también algunas utilidades complejas que se advierten ya para estos dispositivos, como su capacidad para registrar y analizar la “voz del amo”, e identificar potenciales problemas de salud con carácter preventivo para ofrecer consejos sobre cómo solucionarlos (“Alexa, Cortana And Siri Are About To Diagnose Your Health” y “Voice Analysis Tech Could Diagnose Disease”). Por supuesto, intranquiliza que en los intercambios de mensajes con las máquinas “las palabras no se las lleve el viento”, sino que queden registradas, lo que no hace sino agravar los enormes problemas de protección de la privacidad en entornos tecnológicos (“The Privacy Problem with Digital Assistants”). Y hasta a algunos les inquieta, por último, que las “voces de la inteligencia artificial” tengan un verdadero problema de género, ya que la inmensa mayoría son identidades y voces femeninas (“Why Do So Many Digital Assistants Have Feminine Names?”).

La lista de preocupaciones, desde las más anecdóticas hasta las más serias, es interminable, pero cuando nos adentramos en el mundo de lo más humano, el de nuestras acciones y decisiones y, en definitiva, el del ejercicio de la libertad, las preguntas que nos asaltan pueden llegar a estremecer. Matthew Hutson, en The Atlantic (“Our Bots, Ourselves”) se refiere a algunas de ellas: “What can an assistant do on our behalf? Should it be able to make purchases for us? What if we ask it to do something illegal—could it override our commands? She also worries about privacy. If an AI agent determines that a teenager is depressed, can it inform his parents? We will need to decide whether agents have something like doctor-patient or attorney-client privilege. Can they report us to law enforcement? Can they be subpoenaed? And what if there’s a security breach? Some people worry that advanced AI will take over the world, but Kambhampati, of the Association for the Advancement of Artificial Intelligence, thinks malicious hacking is the far greater risk. Given the intimacy that we may develop with our ever-present assistants, if the wrong person were able to break in, what was once our greatest auxiliary could become our greatest liability”. Por supuesto, estas preguntas tienen especiales implicaciones en el mundo de la actividad profesional, en el que como ha comentado (http://www.inc.com/lisa-calhoun/marc-andreessen-predicts-only-two-types-of-jobs-in-the-future-which-one-will-you.html) Marc Andreessen, famoso inversor en negocios tecnológicos y cofundador de Netscape, habrá dos tipos de trabajos en el futuro: “those that involve telling computers what to do, and those that involve being told what to do by computers”.

Nos jugamos mucho en la actitud y en la postura que adoptemos ante esta creciente “conversación” con los agentes de la inteligencia artificial, porque en el futuro van a ser actores fundamentales en nuestras relaciones con el entorno y con nuestros semejantes. Van a ser también “voces” esenciales en la generación del conocimiento compartido que nos permita actuar en sociedad; unas voces antes las que será necesario –como señala Robert Herritt en “Hard to Believe”, un interesante artículo publicado en The New Atlantic– cultivar las virtudes epistémicas que nos ayuden a manejarnos en un universo de saberes cada vez más infoxicado.

El conocimiento generado en las “conversaciones” con las voces de la Inteligencia Artificial tiende a reproducir las sospechas y la inquietud que ya Sócrates expresó cuando advirtió de las amenazas del paso de una cultura del diálogo, de la palabra hablada, a una cultura de los libros, del texto escrito. Platón, en el Fedro, ponía en boca de su maestro estas ideas: “Éste es, mi querido Fedro, el inconveniente, así de la escritura como de la pintura; las producciones de este último arte parecen vivas, pero interrógalas, y verás que guardan un grave silencio. Lo mismo sucede con los discursos escritos: al oírlos o leerlos crees que piensan, pero pídeles alguna explicación sobre el objeto que contienen, y te responden siempre la misma cosa. Lo que una vez está escrito rueda de mano en mano, pasando de los que entienden la materia a aquellos para quienes no ha sido escrita la obra, sin saber, por consiguiente, ni con quién debe hablar, ni con quién debe callarse. Si un escrito se ve insultado o despreciado injustamente, tiene siempre necesidad del socorro de su padre, porque por sí mismo es incapaz de rechazar los ataques y de defenderse”. No sé por qué, pero estas ideas, de salvaguarda de lo humano, suenan bastante parecidas a algunas de las que aquí se han comentado sobre nuestra relación con Siris, Alexas y otras voces de la Inteligencia Artificial.