Tecnologías del silencio

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Durante la pasada semana se ha celebrado en Las Vegas la feria de tecnología más importante del año, el CES –Consumer Electronic Show-, donde gigantes de la tecnología, emprendedores y startups presentan nuevos productos y proyectos innovadores que se irán incorporando a nuestras vidas (a través de productos en sectores de lo más diverso: automoción, electrónica del hogar, tecnologías de la información, internet de las cosas, salud, deporte, entretenimiento, etc.). La feria de este año no ha tenido novedades tan sorprendentes como en ediciones anteriores, y de hecho ha sido noticia en todo el mundo por un accidente ciertamente simbólico: el apagón eléctrico que se produjo en una de las jornadas y que paralizó buena parte de la actividad de ese día. Esa “desconexión” del CES bien podría ser una metáfora de algunas tecnologías innovadoras, presentadas en Las Vegas, que precisamente tratan de ayudarnos a la desconexión personal, a tomar el control de nuestra creciente conectividad.

En “CES 2018: Tech preview of the show’s coolest new products”, Leo Kelion, editor de tecnología de la BBC, incluye entre los productos más interesantes presentados en el CES un dispositivo lanzado por la empresa Cone of Silence para impedir que los asistentes de voz en el hogar de Google, Amazon, etc. capten la voz de sus dueños –“escuchen a escondidas”- cuando estos no lo deseen. El mismo nombre de esa empresa, Cone of Silence, recuerda algunos inventos que en los años cincuenta y sesenta se utilizaron en el mundo de la ficción, en libros y series televisivas, para aislar entornos de privacidad y silencio que posibilitaran conversaciones íntimas, secretas, etc. Me temo que estos dispositivos de la privacidad, hace años sólo soñados, cada vez van a ser más necesarios y comunes en una sociedad asediada por el ruido y la conectividad permanente. Cuanto más avanzan las tecnologías de la conexión más necesarias van a ser las que podríamos denominar como “tecnologías del silencio”, aquellas que nos permitan gestionar humanamente nuestras necesidades de soledad, privacidad y silencio.

La necesidad de silencios tecnológicos, de desconexiones del imparable flujo de información y contenidos que nos asedia por doquier, lleva camino de convertirse en el movimiento contracultura más importante desde el vegetarianismo, como comenta Angus Harrison en “Not Going Online Is the New Going Online” (Vice). Cada vez es más evidente que los efectos de la excesiva e incontrolada dependencia de las tecnologías de la información producen consecuencias no deseables (problemas de inatención e hiperactividad, dificultades en las relaciones humanas, debilitamiento de la capacidad para concentrarse, desajustes, etc.), y se hacen necesarias estrategias para compensar ese activismo tecnológico constante. Por un lado, en el plano personal, hay que retomar los actos voluntarios de distanciamiento de la esclavitud tecnológica cotidiana, que nos mantiene en una especie “cresta de la ola” del activismo, nada saludable. Como comenta Eve Fairbanks en el New York Times (“How to be more human in 2018? Try less”) debemos frenar esa huida hacia adelante con una opción tan humana como la de disfrutar de la paz, de la serenidad, del silencio, de la contemplación de las maravillas de la naturaleza. Y eso, dice la autora, implica “less expressing, more listening. Less accomplishing, more meandering. Less doing, more being. Less making, more watching”. Por otro lado, en el ámbito laboral y de las organizaciones, son necesarias también decisiones que favorezcan la creación de “oasis de desconexión”, espaciales y temporales, que posibiliten que las personas vuelvan a experimentar sensaciones y experiencias humanas que empiezan a escasear (tiempos de reflexión, de concentración, de silencio, de disfrute de la interioridad, etc.). Los puntuales o más extensos digital sabbaths ya se están probando cada vez más en actividades educativas, religiosas, artísticas, etc., pero seguramente queda mucho por hacer.

Finalmente, además de esas decisiones personales u organizativas –y aquí volvemos a la metáfora de los conos de silencio-, la propia tecnología tiene mucho que ofrecer a la hora de hacer técnicamente posible que esas necesidades humanas tan básicas –como la del silencio tecnológico- se incorporen de una manera sencilla e inteligente a la multitud de dispositivos de todo tipo que se desarrollan diariamente. Y para ello, las empresas del sector tienen que cambiar su modo de entender los productos y servicios que ofrecen a la sociedad. Como comentan John Bell y John Zada en “The Great Attention Heist” (Los Angeles Times), comentando el libro de Tim Wu The Attention Merchants: “For years, we have been warned about the addictive and harmful impact of heavy smartphone and internet use, with physicians and brain specialists raising red flags regarding the cognitive price of these technologies. Many of us now recognize that we are addicts, often joking about it in an attempt to lessen the seriousness of this realization. But what had been missing to really drive the fact of digital dependency home was an admission by those who design the technologies that such was their intended goal. This has now changed as a cadre of IT professionals recently broke their silence on the subject, revealing the motivations behind the creation of some of the world’s most popular apps”.

Las tecnologías del silencio pueden contribuir a afrontar algunos graves problemas de nuestra sociedad, como los descritos con reiterada insistencia y lucidez en la última década por el ensayista y filósofo alemán Byung-Chul Han. Stuart Jeffries escribe esta semana en The Guardian un comentario sobre la nueva versión inglesa de su best seller Psychopolitics: Neoliberalism and New Technologies of Power, en el que autor alemán de origen coreano reivindica la necesidad de cultivar las “herejías” del secreto y del silencio. Sólo siendo optando por esas herejías –señala Huan- podremos recuperar realmente nuestra libertad, una libertad a la que de forma inconsciente estamos renunciando a pasos agigantados: “While not Orwellian, we net-worked moderns have our own Newspeak. Freedom, for instance, means coercion. Microsoft’s early ad slogan was “Where do you want to go today?”, evoking a world of boundless possibility. That boundlessness was a lie, Han argues: “Today, unbounded freedom and communication are switching over into total control and surveillance … We had just freed ourselves from the disciplinary Bentham’s panopticon – then threw ourselves into a new and even more efficient panopticon.” And one, it might be added, that needs no watchman, since even the diabolical geniuses of neoliberalism – Mark Zuckerberg and Jeff Bezos – don’t have to play Big Brother. They are diabolical precisely because they got us to play that role ourselves. At least in Nineteen Eighty-Four, nobody felt free. In 2017, for Han, everybody feels free, which is the problem. “Of our own free will, we put any and all conceivable information about ourselves on the internet, without having the slightest idea who knows what, when or in what occasion. This lack of control represents a crisis of freedom to be taken seriously.” (“Psychopolitics: Neoliberalism and New Technologies of Power by Byung-Chul Han”).

La ola iliberal

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Los comienzos de año son tiempo de pronósticos, y éste no podía ser una excepción. Habitualmente los medios de comunicación dejan que en sus páginas se publiquen las previsiones de expertos e instituciones sobre lo que nos espera en el nuevo año, o en períodos más extensos –en la próxima década o incluso hasta mediados de siglo-. Muchas de las ideas coinciden y no son muy diferentes a las que ya escuchamos en años precedentes: el avance del poder de China, las tensiones geopolíticas internacionales (ahora focalizadas en Corea del Norte), el reequilibrio del poder entre el mercado, las grandes corporaciones y los Estados, las dudas (o menos dudas) sobre la marcha de la economía internacional, los nuevos retos tecnológicos y medioambientales, el avance de los robots “humanizados”, etc., etc. No hay más que repasar algunos de los contenidos de ese tipo de trabajos de predicción (véase, por ejemplo “The Year Ahead 2018”, Project Syndicate; “The World in 2108”, The Economist; “Ten Years Out”, Financial Times) para hacerse una idea del panorama que nos espera.

En ocasiones, sin embargo, tiene interés detenerse en algunas ideas de fondo que subyacen esos temas de actualidad, y que tienen una proyección temporal y espacial que los trasciende. Una de esas ideas es la crisis del liberalismo, o dicho de otra forma, la extensión de la sensibilidad política iliberal, concepto utilizado ya hace un par de décadas por Fareed Zakaria para describir el sistema político de los países que celebran elecciones (muchas veces de limpieza dudosa) para elegir a sus líderes, pero cuyo resultado son gobiernos que acaban restringiendo las libertades civiles y políticas (“The Rise of Illiberal Democracies”, Foreign Affairs, 1997). La superación de la crisis del neoliberalismo con la tentación de instaurar sistemas autoritarios, o modelos de gobierno basados en el éxito en las urnas de líderes carismáticos y visionarios, pone en jaque la tradición anglosajona y europea de democracia liberal, que tantos avances económicos y sociales ha producido en los últimos dos siglos.

Los analistas coinciden en que esta ola iliberal –más allá de casos tan complejos y especiales como los de China y Rusia- se concreta en fenómenos muy variados como los populismos, de izquierdas y de derechas, los nacionalismos radicales, la emergencia de movimientos xenófobos, u otras formas de una cierta vuelta al tribalismo en muchos ámbitos de la vida pública (véase, “The Retreat to Tribalism”, The New York Times). De hecho, todos los estudios que se han realizado en los últimos años sobre el grado de libertad y de autoritarismo en el mundo muestran que en la última década los países con mayores cotas de libertad (según parámetros como los utilizados por las Naciones Unidas o The Freedom House) cada vez son menos, y el peso de los autoritarismos –en sus distintas modalidades- continúa creciendo (“Mini-Trumps are coming up all over Europe”, Handelsblatt). La alarma por esta situación es especialmente intensa en Europa, donde el espíritu de la Unión Europea se ve amenazado desde múltiples flancos (“It’s time to rescue Europe’s illiberal Democracies”, Project Syndicate). Este hecho se manifiesta con notable claridad en muchos países del Este de continente, en los que –como señala John Feffer en “What’s the matter with eastern Europe?”, Le Monde Diplomatique– “voters haven’t shown any signs of wanting to return to the liberal politics that had delivered their countries to the promised land of European Union (EU) membership”.

Sofocar o atemperar los movimientos iliberales requiere un especial esfuerzo para volver a reivindicar los valores del proyecto liberal, la creencia en la igualdad moral de la personas como base del sistema legal, en la libertad natural, la dignidad y los derechos humanos como eje del ejercicio de la ciudadanía, y en el gobierno representativo como modelo político central de una sociedad basada en la igualdad. Pero sobre todo, requiere una crítica interna, un examen de conciencia y un propósito de enmienda, del propio pensamiento liberal (o del que se autodefine como tal, frente a la amenaza iliberal). Como comenta Patrick J. Deneen, quizá el liberalismo está muriendo por su propio “éxito” o un por un ejercicio desordenado del concepto de libertad que lo sustenta, que se ha desvirtuado y alejado del sentido moral y ético que tuvo en sus orígenes: “In a world longing for liberty, advanced western liberalism seems to have reached a dead-end. Having promised liberation from any constraint that is not chosen by the consent of the individual, we have created nations of individualists who are now responsible to no-one in particular, but simultaneously subjects of an all-encompassing state and international order. That liberalism has succeeded. It has also visibly failed. Western liberal democracies are in a state of internal crisis: by every measure, they are wealthy, powerful, and unchallenged by any ideological contender. But an internal rot has spread as its citizens feel at once powerless amid their autonomy. Liberalism has failed because liberalism has succeeded” (“The end of liberalism”, The Spectator). Deene, profesor de Filosofía Política en la Universidad de Notre Dame y autor de Why Liberalism Failed, continúa: “Defenders of the liberal regime are today the reactionaries: defenders of a dying regime, fighting with every weapon in their rhetorical and increasingly physical arsenal. What was once admired as ‘democracy’ is now ‘populism’, ‘nationalism’, or, of course, ‘fascism’. The longstanding liberal mistrust of democracy has re-appeared, with some  thinkers – like John Stuart Mill long ago – calling outright for the limitation on democratic decisions that elicits decisions that the ‘epistocrats’ disapprove.

Para que el liberalismo originario recupere su lugar en el siglo XXI debe alejarse de su descarnada versión individualista y utilitaria, y quizá para ello deba aprender algunas lecciones de la ola iliberal que lo amenaza, pero que al mismo tiempo no hace sino poner en evidencia las muchas limitaciones de su versión más pobre. Esto es lo que propugnan algunos críticos del pensamiento neoliberal, como Frank Furedi, que escribe en “A Liberal Defense of Populism”: “Historically, liberalism has been in the forefront of expanding the domain of freedom and tolerance. As Steven Holmes observed in his important study, The Anatomy of Antiliberalism, religious toleration and freedom of discussion are two of the “core practices” of liberalism. Yet in recent times self-declared liberals have found it difficult to be tolerant of religion and sometimes write off fellow citizens who espouse a strong sense of faith as prejudiced fundamentalists. Moreover, hostility to populism and illiberal democracy is rarely coupled with a positive affirmation of freedom and liberty” (The American Prospect). Furedi aboga por un diálogo constructivo entre liberales e iliberales que permita que ambos bandos se enriquezcan mutuamente: “The liberal ideals of freedom, tolerance, respect or the rule of law and democratic decision-making need to be expressed in language that resonates with the contemporary imagination. The liberal affirmation of the individual need not contradict the populist aspiration for solidarity. The cultural validation for individual rights and autonomy is a precondition for solidarity in a democratic society. This point needs to be emphasised in conversations between liberals and populists in search of their voice. Liberals need to encourage the crystallization of the current populist impulse into a political movement that infuses the aspiration for solidarity with the ideals of popular sovereignty, consent, and an uncompromising commitment to liberty. But to realize that objective, liberals must learn to empathize, articulate, and, when necessary, challenge the aspirations of the demos”.

Como en muchos otros momentos históricos de encrucijadas, el humanismo cristiano puede alumbrar desde muchos puntos de vista el debate sobre la crisis del liberalismo y sobre la emergencia del “pensamiento iliberal”, en sus múltiples manifestaciones.  De hecho, el liberalismo clásico, en sus presupuestos básicos, es heredero del cristianismo, como lo son también buena parte de sus declinaciones modernas más luminosas –sobre todo en materia económica-, caso de la doctrina social católica, la economía social de mercado o el ordoliberalismo alemán. Esta tradición es la que en el momento presente, no sin pocas críticas de unos y otros, trata de plasmar el Papa Francisco en sus análisis de la situación económica y política en el mundo. Martin Schlag, al referirse al mensaje económico del Papa (The Business Francis Means. Understanding the Pope’s Message on The Economy), destaca ese esfuerzo conciliador al explicar algunas de las expresiones utilizadas por el Sumo Pontífice: “The expressions “ordered liberalism” or “liberalism of rules” should be contrasted with forms of “exploitative liberalism” or “libertarianism”; “ethical and legal free markets” with “unfettered”, “deified” or “wild markets”; “responsable” or “relational” individualism with “egotistic” or “selfish” individualism”.

Navidad y natalidad

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Suena un tanto chocante que a las puertas de Navidad los medios de comunicación se hayan llenado últimamente de  noticias sobre los problemas de natalidad de los países más desarrollados, y sobre sus múltiples consecuencias. No en vano, la Navidad es la fiesta de la Natividad, del “nacimiento” –del nacimiento del Niño Jesús, y por ello también de los nacimientos de todos nosotros y de  nuestros hijos-. Aunque seguramente los medios y los expertos que hablan del tema no tengan en mente esta conexión, no está de más traerla a colación, y recordar que la Navidad, cada año desde hace más de dos mil años, es una oda a la vida, a las nuevas vidas que mantienen la esperanza sobre el futuro de la humanidad.

Cuando en algunos ámbitos se empieza a hablar del futuro post-humano, de la era de los robots y de los organismos cibernéticos (cyborgs), merece la pena reflexionar sobre la importancia de promover la cultura de la vida, ante los datos que escuchamos una y otra vez casi sin inmutarnos. En España, sin ir más lejos, hace unos días conocimos que en el primer semestre de 2017 habían fallecido 32.000 personas más de las que habían nacido; casi al mismo tiempo, supimos que un informe de la OCDE pronostica que en nuestro país el número de personas de más de 65 años se doblará para el año 2050, alcanzando un 40% del total de la población. Similares tendencias, incluso más graves, se esperan en muchos países prósperos, algunos tan paradigmáticos, desde el punto de vista del desarrollo económico, como Alemania, Japón o Finlandia.

Es paradójico que en muchos de esos países a menudo se aluda a las “razones económicas” para explicar la baja natalidad (véase, por ejemplo, “The Mystery of Why Japanese People Are Having So Few Babies”), cuando la cultura de la vida se mantiene con mucha más fortaleza precisamente en los países más pobres, sobre lo que también la Navidad nos puede hacer pensar. La vida humana más valiosa que se ha conocido y se conocerá vino al mundo en medio de la pobreza, la persecución y la incertidumbre, sin las generosas circunstancias de bienestar material que en nuestros días  parecen ser condición sine qua non para un nacimiento.  Es más, cada vez hay más dudas de que esa “razón económica” sea la trascendental en nuestros días.  Y si no, que se lo pregunten, por ejemplo, a los fineses, ciudadanos de un país que no ha escatimado ningún esfuerzo económico para “arropar” a los nuevos nacimientos, y que sin embargo padece una de las crisis de natalidad más profundas de occidente (“Finland’s Welfare State Has a Massive Baby Problem”). Y es que en los países más ricos no se quieren más hijos y no se quieren inmigrantes, de lo que parece deducirse que lo que se desea es una muerte lenta de nuestras sociedades; eso sí, una muerte rodeada de la ficticia sensación de bienestar.

Es necesario superar el cliché de la explicación económica de la baja natalidad para poner el foco en muchos otros aspectos políticos, legales, sociales, culturales, religiosos, etc. que erosionan desde múltiples perspectivas el ensalzamiento de una sana cultura de la vida. Por supuesto, uno puede acudir a temas centrales: la crisis de la familia como institución fundamental en la sociedad, a la extensión de la cultura del aborto, o a las perversas consecuencias de un individualismo materialista sin límite. Pero también se puede reflexionar sobre fenómenos quizá menos perceptibles, sobre señales más débiles o manifestaciones más cotidianas de esas crisis, que reflejan una realidad preocupante. Es lo que hace Ross Douthat en “The Sterile Society” (The New York Times), al comentar los efectos negativos que para el tan humano flirteo entre un hombre y una mujer, del que surge el amor que da luz a nuevas vidas, puede tener la trivialización del deplorable fenómeno de los abusos sexuales, que en los últimos tiempos ha generado un verdadero desconcierto social en torno a las relaciones entre dos  personas de diferente sexo.

Refiriéndose a la interacción de fenómenos como éstos, y de muchos lugares comunes en torno este tema, con el problema de la natalidad, Douthat escribe: “Parte del problema es económico: todo, desde el endeudamiento de los estudiantes universitarios hasta el estancamiento de los salarios, pasando por los costes crecientes de la crianza de los hijos, ha erosionado la subestructura familiar, y las políticas públicas han sido patéticamente lentas en responder (…) Pero existe también una fuerte resistencia a ver como problema el fracaso de la unión entre sexos y de la continuidad de la especie humana. Si las mujeres tienen menos hijos, debe ser porque quieren tener menos hijos (aunque de hecho la mayoría de ellas desean tener más de los que tienen). Si hay menos matrimonios, al menos parece que nos aseguramos que sean más felices (cuando de hecho no lo son).  Si la juventud retrasa la paternidad, debe ser porque está buscando nuevas oportunidades y placeres (aunque en realidad la gente joven parece sentirse cada vez más miserable y necesitada de medicación). Si los hombres prefieren los videojuegos y la pornografía a las relaciones, de gustibus non est disputandum. Un contrapunto ilustrativo y aleccionador de estos presupuestos lo daba esta semana mi colega Norimitsu Onishi, que escribía sobre la extraordinaria soledad de la gente mayor en Japón [“A Generation in Japan Faces a Lonely Death”], un país que ha vivido una fertilidad colapsada y unas relaciones tensas entre sexos durante toda una generación. El presente envejecido, moribundo y atomizado de Japón nos ofrece una versión de nuestro propio futuro –una versión no tan distante, perceptible ya en la desesperación y explotación de muchos de nuestros ciudadanos que se acercan a la edad de jubilación”.

Cada Navidad es tiempo de alegría y celebración, pero también debe serlo para no olvidar algunos de los muchos significados que tiene el nacimiento del Niño Jesús. Uno de ellos, más necesario que nunca en nuestra época –donde incluso existe una “filosofía del no-nacimiento” (véase, “The Case for Not Being Born”)-, es el sentido cristiano de la vida y de la familia, y el papel insustituible de la “natividad” como eje central de la historia y del futuro de la humanidad.

Deporte y política

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No es infrecuente que en los últimos tiempos la actualidad política se cruce con la deportiva, generando no pocos debates en la opinión pública. Lo hemos visto recientemente en España con los clubes catalanes de fútbol y su posicionamiento (o no) en favor del proceso independentista. Lo vivimos también con las polémicas decisiones sobre las sedes de los próximos mundiales de fútbol –en Rusia y Qatar, respectivamente-, y con la paradoja de que un país como el presidido por Vladimir Putin vaya a albergar uno de los eventos deportivos de mayor impacto global, cuando quizá en unos días el Comité Olímpico Internacional prohíba a todos o parte de sus atletas participar en los próximos Juegos Olímpicos, a causa de los supuestos problemas de dopaje sistemático del deporte ruso. En fin, lo vemos cada vez que directivos y deportistas de élite comparten con los políticos las primeras páginas de los periódicos por casos de corrupción, de defraudación a Hacienda, etc. La gran diferencia, en todos estos casos, es que las polémicas que surgen en torno a esos temas son de naturaleza muy distinta: mientras que las actuaciones reprobables de la política generan repulsa e indignación en toda la sociedad, las actuaciones censurables del deporte (nos referimos aquí, por supuesto, sólo al deporte profesional de élite) a menudo sólo causan una entretenida división de opiniones en la opinión pública. Es como si el deporte estuviera en cierto modo curado ante ciertas exigencias de la ética pública, tan sensible en otros ámbitos de la vida social y política.

La famosa frase “Fútbol es fútbol”, tan utilizada en el deporte rey, refleja bien la idea de que el deporte de élite está (y debe estar, defienden muchos) al margen de las polémicas ideológicas, políticas, de luchas de intereses, y otras preocupaciones no deportivas de la sociedad. Si acaso, se permite que el deporte despliegue una cierta “inquietud social”, que lo vincule con buenas causas, a ser posible no controvertidas. Quizá por eso son pocas las voces que se alzan, o las acciones que se emprenden, para debatir y abordar el hecho de que un evento como el Mundial de fútbol se vaya a disfrutar en países en los que el disfrute de las libertades y los derechos civiles no sea precisamente ejemplar. De hecho, la idea de que “es deporte, no política” ha justificado siempre en la historia moderna que grandes eventos hayan sido utilizados por regímenes autoritarios de todo tipo (desde la Alemania nazi hasta la Argentina de los generales, pasando por Mussolini o Mobutu) para generar unidad interna y legitimidad internacional. Se aduce en ocasiones que al mismo tiempo se puede aprovechar esos eventos para dejar en evidencia las debilidades y problemas de esos regímenes, pero no se conoce caso en el que esa llamada de atención no haya sido eclipsada por el disfrute global del evento per se. Como señala James Young refiriéndose al caso específico del fútbol, “soccer is not a sport perfectly suited to political activism on the field or in the stands. Whether this is because of fear, or because the game’s popularity and mass appeal almost inevitably breeds a kind of accepted conformity, or the result of the deadeningly anti-intellectual climate of locker room culture, or the simple pressures of performing (and therefore being on public display) week-in, week-out, often in front of hostile fans, is hard to say. It may well be that the game becomes an escape from real life, a place where winning can temper life’s other hardships. But whatever the reason, those in power are often drawn to soccer teams as blank slates to craft into powerful propaganda outlets”.

El debate y la reflexión sobre estas cuestiones requiere de la implicación del mundo del deporte, que muchas veces trata de evitarlas, mostrando escasa sensibilidad ante ellas. En 2015, por ejemplo, Suzanne Nossel escribía en Foreign Policy sobre lo que sucedía en el mundo de la Fórmula 1 bajo la dirección de Bernie Ecclestone, acostumbrado a buscar ubicaciones exóticas y problemáticas para las grandes pruebas:  “Formula 1’s notoriously eccentric chief, Bernie Ecclestone, after long dismissing any link between rights and auto racing (amid a mass police lockdown during the 2013 Formula 1 race in Bahrain, Ecclestone remarked, “I keep asking people, ‘What human rights?’ I don’t know what they are. The rights are that people who live in the country abide by the laws of the country, whatever they are”), has now reportedly approved a “policy document” that commits the competition to recognizing “human rights at all of its 20 venues around the world” and to “due diligence” before signing up new hosts. But there’s every indication that these are superficial gestures aimed more at quieting critics rather than actually quelling rights abuses. When questioned about how Formula 1’s new policy would affect plans for future races in Baku, Ecclestone indicated that due diligence had been carried out and Azerbaijan met the standard with flying colors, saying, “I think everybody seems to be happy. There doesn’t seem to be any big problem there.” (“Faster, Higher, More Oppressive”).

Pero también es necesaria la implicación de toda la sociedad en su conjunto. Definido en ocasiones como el “nuevo opio del pueblo”, el mundo de la política, de la economía, de la cultura, etc. puede verse influido positiva o negativamente por el del deporte, sobre todo del deporte de élite. Y no se puede cerrar los ojos ante esas influencias. Kieran Pender, por ejemplo, reflexiona sobre el papel de los ciudadanos y de los medios de comunicación ante eventos como los próximos Mundiales de fútbol, y escribe: “Fans and journalists are placed in an awkward position. Is it okay to attend a sporting event in Russia or Qatar, let alone enjoy it? By doing so, are we also contributing to the misuse of sport for murky political purposes? When the 2018 and 2022 World Cups begin, media organisations will inevitably overlook the underlying probity concerns and focus on the sporting action. Who can blame them? Supporters want to read about exciting on-field heroics, not corruption and political repression” (“When sport and politics collide”). A veces esa sensibilidad de los fans o del mundo político sí puede ser determinante, pero sucede que lo suele ser en mayor grado precisamente en aquellos lugares donde la vinculación entre poder autoritario y deporte es más fuerte. Simon Chadwick, en “FC Barcelona and the Catalan struggle for independence”, comenta cómo el alineamiento del club de fútbol con posiciones independentistas podría tener especiales consecuencias a miles de kilómetros de Cataluña: “As a philosophy – and as a brand proposition – this [el apoyo a la independencia] is both noble and distinctive. But for a club that has been casting covetous eyes at Asian markets, it could prove troublesome. The last thing the Qataris or Chinese will want is for fans and businesses in their countries to be building a relationship with a club that advocates separatism and a disregard for central government authority”.

La separación entre deporte y política es una ficción, y siempre lo ha sido. James M. Dorsey lo explica con claridad en “Tackling the elephant in the room: the incestuous and inseparable relationship between sports and politics”:  “Sports administrators, politicians and government officials uphold the fiction that sports and politics have nothing to do with each other even when just a cursory glance at the facts tells a very different story. The fundaments of the most recent crisis that erupted with the awarding in 2010 by world soccer body FIFA of World Cup hosting rights to Russia and Qatar is all about politics, the incestuous relationship between administrators and governments, and the fact that political corruption enables financial and performance corruption of sports”. Esta reflexión no solo vale para el deporte en la actualidad, sino para el deporte de todos los tiempos. Desde su origen, en la Grecia clásica, los festivales y eventos deportivos masivos han tenido siempre una naturaleza y una función políticas. La famosa victoria de Alcibíades con sus siete carros de caballos, en los juegos de Olympia del 416 a.C., marcó el inicio de la inseparable relación entre deporte y política (véase, David Gribble, “Alcibiades at the Olympics: Peformance, Politics and Civic Ideology”). Obviar esta realidad, o hacer creer que no existe, sólo lleva a minimizar el impacto que el deporte puede tener en la sociedad, más allá de sus dimensiones más festivas y lúdicas.

 

 

Innovación con causa, o RSC 3.0

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La legitimidad de las empresas en la sociedad exige que sus esfuerzos por contribuir a la mejora del entorno en el que se desenvuelven sean cada vez más productivos, y compatibles con sus misiones específicas de elaboración de productos y servicios. Esta exigencia se ha acrecentado en la última década, en la que la crisis económica y financiera, la inestabilidad política, la percepción de una creciente desigualdad económica, de un planeta amenazado por la acción humana y algunas instituciones capitalistas que cada vez generan menos confianza ha llevado a que muchas organizaciones se replanteen su papel y su responsabilidad social en torno a la solución de algunos de esos problemas. La ya generalizada apuesta de muchas empresas por la Responsabilidad Social Corporativa (RSC) ha intentado afrontar esos retos, y lo seguirá haciendo en el futuro, pero cada vez es más evidente que la implicación social corporativa debe ser más profunda y efectiva.

La innovación social corporativa –una especie de “innovación con causa”- supone un paso más en esa dirección, pero puede ser un paso de gigante. Complementando y superando la acción y la responsabilidad pública convencional de la empresa –a menudo inscrita en su actuación como “buena ciudadana”-, las iniciativas de innovación social surgidas en las corporaciones implican que éstas pongan al servicio de la sociedad su saber hacer y su experiencia innovadora –una de las competencias transformadoras más desarrollas en el mundo de los negocios-. Se trata de utilizar esa energía innovadora, en conjunción con otros agentes de la sociedad y stakeholders, para aplicarla a la resolución de problemas económicos, sociales, medioambientales, etc., que puedan traducirse en mejoras significativas de la sostenibilidad de la propia empresa como institución y de la sociedad en su conjunto.

The Economist resalta esta semana cómo en algunos países especialmente necesitados de acción social positiva por parte de todas las instituciones, como sucede en el caso de la India, el gobierno llega a obligar a las compañías a que destinen un 2% de sus beneficios a acciones de RCS (“Indian firms make the best of coerced do-goodery”). La idea de “obligar” a ser socialmente responsables tiene sus pros y sus contras, y muchas firmas simplemente cumplen formalmente con la norma (a veces, sin destinar realmente esos recursos a necesidades sociales). Sin embargo, como comenta uno de los arquitectos del sistema indio, el objetivo a largo plazo es promover realmente actuaciones de innovación social: “As they sought to adapt to the measure, some Indian businesses discharged their obligation simply by writing a cheque to a local school or hospital. But that misses the point of the exercise, which is partly to encourage companies to innovate in how social programmes might be delivered”.

Pero no hace falta irse tan lejos para ver iniciativas de diverso tipo encaminadas a favorecer la innovación con causa. Esta misma semana, en Navarra, el gobierno de la comunidad ha anunciado la creación de una Unidad de Innovación Social como órgano de referencia para fomentar la innovación social e impulsar iniciativas empresariales que generen actividad económica, empleo de calidad y un impacto social positivo en Navarra, con el objetivo de que la Comunidad Foral sea un referente europeo en este campo (“La Unidad de Innovación Social de Navarra aspira a convertirse en un referente europeo”). De hecho, como se comenta en el informe de KPMG Breaking Through:  How Corporate Social Innovation creates business opportunity, en las economías más avanzadas “a growing number of business leaders are beginning to form creative partnerships with social innovators and entrepreneurs. In the process, they hope to identify and learn from emerging approaches to value creation. The ultimate promise of these trends is that the incremental approaches that have been characteristic of corporate citizenship and social responsibility initiatives will be powerfully enhanced by new solutions that have a much better chance of being replicable and scalable”.

La innovación social, como se comenta en un artículo reciente en el New York Times, requiere en la mayoría de los casos “donors” and “doers” (“The Link Uniting Donors and Doers for Social Change”), empresas y personas que apuestan sus recursos por innovar en la resolución de problemas sociales, y también empresas y personas que mueven los proyectos hacia adelante, que actúan como catalizadores. Taz Hussein, Matt Plummer y Bill Breen analizan esa asociación en el último número de la revista Stanford Social Innovation Review. En “How Field Catalysts Galvanize Social Change”, los autores se centran en la importancia de los “doers”, a los que caracterizan como “field catalysts”: “Field catalysts, on the other hand share four characteristics: Focus on achieving population-level change, not simply on scaling up an organization or intervention; Influence the direct actions of others, rather than acting directly themselves; Concentrate on getting things done, not on building consensus; Are built to win, not to last. We also found that field catalysts often prefer that their role go undetected. They function much the way that Adam Smith’s “invisible hand” works in the private sector, where the indirect actions of many players ultimately benefit society. Catalysts usually stay out of the public eye, working in subtle ways to augment the efforts of other actors as they push toward an expansive goal”.

La innovación social corporativa (etiquetada desde hace algún tiempo como RSC 3.0) no sólo gana adeptos entre instituciones púbicas, políticos, empresas y filántropos, sino que tiene un papel cada vez más importante en el marco de comprensión de las actividades directivas por parte del mundo académico. Precisamente este fin de semana se celebra en Austria el Global Peter Drucker Forum 2017, uno de los encuentros más destacados de profesionales y académicos del mundo del management, y que en esta edición se centra en el tema “Growth & Inclusive Prosperity”. Basta con leer algunas de las preguntas utilizadas como eje de discusión de las ponencias y mesas redondas para darse cuenta de las inquietudes del management en la actualidad: “How might we reframe the challenges we face as leaders? Can we ask better questions, shift from “either/or” to “and” solutions, and look at the world with new eyes?”; “What constitutes growth? And how does it link to broad-based prosperity gains?”; “Economic prosperity versus human well-being and development – in a connected world, how shall we set our aspirations?”; “Should an organization follow a purpose which transcends its profit motif?”; “How can large enterprises tap the rich innovation potential of their people? What does it take to move beyond operational excellence and incremental innovation to pioneer market-creating solutions? How to create a culture of innovation?”

La tiranía de lo tangible

Data-Science-vs.-Big-Data-vs

“Lo que no se mide (o no se puede medir), no existe”; “Lo que no se mide, no se puede gestionar”; “Lo que no se puede medir, no se puede mejorar”: hemos oído una y mil veces expresiones como éstas en ámbitos de la economía, la política, la educación, etc. Vivimos en el mundo del dato, de la medida de todo lo que nos rodea, del registro de cada aspecto tangible de lo que sucede en nuestro entorno. Quizá sólo en el contexto de las relaciones personales y de la propia existencia sigue quedando espacio para que la vida fluya sin que se vea condicionada y mediatizada por la medida, aunque las nuevas tecnologías ya hace tiempo que nos incitan a “tangibilizar” todos nuestros actos (calorías que consumimos, pasos que damos al día, tiempo que dedicamos a ciertas actividades, e incluso nivel de estado de ánimo que muestran nuestros mensajes). No cabe duda que esta cultura de la medida, de “tangibilización” de la vida, tiene innumerables ventajas y puede producir beneficios en el día a día personal y profesional, pero también plantea enormes problemas y desafíos, sobre todo cuando tiende a monopolizar el modo de entender y gestionar demasiadas actividades humanas.

Alison Reynolds and David Lewis explican en “Closing the Strategy-Execution Gap Means Focusing on What Employees Think, Not What They Do” (Harvard Business Review) cómo los cambios estratégicos en las empresas a menudo se centran en cómo modificar las partes más formalizadas de la organización (estructuras, procesos, etc.), y fracasan en su ejecución por no haber tenido en cuenta los aspectos más intangibles, sobre todo aquellos que tienen que ver con lo que piensan y sienten las personas que trabajan en ella: “When you embark on a new strategic journey to sustain and grow your organization in an uncertain world, what do you prioritize? If you’re like most of the leaders we know, you start with organizational structure and processes. This would be a mistake. (…) We call this the tyranny of the tangible. And it comes at a cost that is all too familiar: Most initiatives set up to execute strategy fail to deliver the intended benefits”. Frente a este enfoque, los autores del trabajo plantean que hay que recuperar los modos de afrontar el cambio que se apoyan en procesos menos “tangibles” y formalizados –por supuesto, más abiertos a la sorpresa y a los resultados no controlables- , que parten de la participación de las personas y de las expresiones menos registrables de su comportamiento (deseos, preocupaciones, temores, aspiraciones, etc.): “Participative execution is the antidote to the tyranny of the tangible. It engages all stakeholders in an interactive and dynamic process in which: The realities of the strategic context are confronted and explored; the options for responding to and shaping the context are created; and the priorities and milestones are agreed upon and revised as required. It makes the intangible tangible and incorporates worries, hopes, fears, and intentions in the process”.

Como bien es sabido, estas manifestaciones menos tangibles y más difícilmente mensurables de lo humano también luchan por hacerse un hueco en los modos de entender actividades como la económica. Gary Saul Morson y Morton Schapiro vuelven sobre la necesidad seguir incidiendo en este tema en su obra Cents and Sensibility: What Economics Can Learn from the Humanities, en la que reivindican, entre otras cosas, la necesidad de apoyarse en las humanidades, y en especial en la literatura, para avanzar en el verdadero conocimiento de la realidad económica.  Deirdre N. McCloskey, al comentar la obra en “Economics With a Human Face”, señala: “Parts of the book explicitly, and all of it by implication, give an eloquent defense of the humanities against fanatical advocates for “STEM” (science, technology, engineering, and mathematics). The STEM-ers want to shove aside the humanities, and most of the social sciences, too, in favor of fields they think are more likely to add to GDP. Messrs. Morson and Schapiro point to the example of Japan’s minister of education, who a few years ago proposed eliminating in public universities every field except STEM. No study of Japanese literature. No economics. Such naive zeal ignores that most of what actually goes on in STEM’s “M” and “S”—and even a good deal of the “E”—is, like the humanities, an inquiry into the artistic or intellectual products of humans. They have no economic usefulness. Astronomy and number theory should properly be viewed as quantitative kin to, say, theology and art history. Indeed, the very word “science” is unusual in contemporary English in signifying only the physical and biological. In other languages, and in English before the 1860s, it has a much wider meaning, “systematic inquiry,” as in the German word for the humanities—Geisteswissenschaften, or “spirit sciences”.

La tiranía de lo tangible y lo mensurable frente a la lógica de las ciencias del espíritu se ha ido adueñando poco a poco de otros ámbitos que tradicionalmente se han movido en el pasado con un mayor equilibrio entre esos dos mundos, tanto en su desempeño práctico como en su dimensión de conocimiento. Uno de esos campos es el de la política. Mark Bevir and Jason Blakely abordan en “Why Political Science Is an Ethical Issue” abordan este tema, al explicar cómo en los estudios políticos cada vez hay una mayor distancia –e incomunicación- entre los “quants” (la visión “naturalista” y empirista de la política: el imperio de los facts) y los “qualies” (la visión “anti-naturalista” y valorativa de la acción política: el imperio de los values). Los autores proponen que hay que volver a integrar estas dos visiones, que se necesitan la una a la otra, y concluyen: “All this amounts to a complication of one of the longest standing assumptions of modern social science: the idea that there is a strict dichotomy between facts and values. Inaugurated by David Hume, this doctrine has taken many forms, but the basic idea is that the study of facts is logically distinct from that of values. Beginning from factual premises, no evaluative conclusion can be deduced and vice versa. The foregoing arguments make clear that the relationship of facts to values is much more nuanced than this strict binary allows. In this way, anti-naturalism might help contribute to the wider critique of the tendency to segregate empirical or factual knowledge about the world from normative or evaluative claims. Anti-naturalism opens the door for political scientists to conduct ethically engaged political sociologies, histories, accounts of values, and critiques of technocracy. Not all political scientists need to take this route, but for those who do, new worlds of exploration are waiting”.

Otros ámbitos en los que avanza inexorablemente la tiranía de los “quants” son, por ejemplo, la educación y el periodismo. Todos los que nos dedicamos a la educación vivimos no sin sorpresa, y con buenas dosis de ansiedad, el avance de la lógica de que “lo que no se mide no existe”, o de que “lo que no se mide no es ciencia”. Como señala en el Frankfurter Allgemeine Zeitung Hannah Bethke en “Zwischen zwei Welten”, cualquiera que hoy eche un vistazo a las estructuras universitarias se dará cuenta de que las “ciencias duras” han tomado el poder de las universidades económica y espiritualmente, a pesar de que se hable cada vez más de la necesidad de la interdisciplinariedad y de otros mantras que en ningún caso devalúan el principal de todos: “Entwertung dessen, was nicht messbar ist” (“La devaluación de aquello que no es medible”). En el caso del periodismo, el futuro –se afirma- es el periodismo de datos (data journalism), la conversión de todo tema de actualidad en un hecho mensurable, caracterizado por sus dimensiones cuantificables. Como comentaba recientemente en The New Republic David Zweig, “in our data-driven age, when algorithms and metrics increasingly govern our lives in ways known and often unknown to us, our captive, near religious devotion to the supremacy of data is akin to a cultural Stockholm syndrome” (“David Brooks and the Tyranny of Data”). Al leer esta cita, recodé que hace ya casi dos décadas pregunté al redactor jefe del Neue Zürcher Zeitung, Gerhard Schwarz, por qué en un periódico tan prestigioso y excelente como el suyo, y tan influyente en círculos económicos y financieros, no había una sección regular sobre el fenómeno de la creciente importancia económica del Tercer Sector (voluntariado, fundaciones, ONG’s, etc.) en las sociedades modernas. Su respuesta fue muy sencilla: “No hay datos económicos regulares y validados ni sobre el sector, ni sobre sus organizaciones, ni sobre cuestiones laborales, etc., etc.”. Veinte años después, pocas cosas han cambiado.

Redes de intoxicación social

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No hay prácticamente tema de interés público que no genere una batalla en torno a las verdades y falsedades que aderezan su discusión. Basta recordar procesos políticos recientes como la campaña presidencial estadounidense, el Brexit, las recientes elecciones en Alemania o la pugna por la independencia de Cataluña. Noticias (news), bulos (fake news), confirmaciones y desmentidos de datos (fact checkers), creadores y redistribuidores robotizados de información (bots) y un sinfín de fuentes y contenidos de muy diversa naturaleza se mezclan en torno a los temas de actualidad para presentarse, sin orden ni concierto, mediatizados por amigos, influencers, servicios personalizados de información, etc., en las terminales de datos de millones de ciudadanos. La discusión sobre cómo todo ese entramado “informativo” conforma el conocimiento y los marcos de interpretación de la realidad con los que nos manejamos en sociedad cada vez es más intensa, sobre todo porque se descubren, unas tras otras, modalidades más sofisticadas de intoxicar esa discusión, de polarizar y radicalizar posturas, de atacar o defender sistemáticamente –con verdades y falsedades, todo al mismo tiempo- sistemas políticos e ideologías de toda condición. Este fenómeno se produce especialmente, aunque no sólo, a través de las grandes redes sociales y agregadores de noticias (Facebook, Twitter, Instagram, Google, Reddit, etc.), plataformas con las que paradójicamente se tenía la esperanza de que contribuyesen a crear sociedades más libres, abiertas e informadas. Y así lo ha sido en parte hasta ahora, y lo seguirá siendo, pero sólo en la medida en que se aborden de forma satisfactoria los crecientes fenómenos de manipulación, desinformación e intoxicación informativa en las redes, sobre todo aquellos impulsados por Estados, corporaciones y organizaciones poderosas de diverso tipo.

Esta semana, el debate sobre el tema ha vuelto a ocupar las primeras páginas de la prensa de todo el mundo con motivo de la Comisión de Investigación en el Senado estadounidense sobre la intervención desde Rusia en la intoxicación informativa vivida en las últimas elecciones presidenciales. Más allá de las intervenciones de políticos supuestamente implicados y de representantes de plataformas como Google, Facebook o Twitter, la discusión sobre el fenómeno ha vuelto a poner sobre la mesa los retos y desafíos que para la democracia, y para la vida pública en general, plantea esta batalla por el control de la información y la desinformación. Como señala The Economist en “Do social media threaten democracy?”, “Russia’s trouble-making is only the start. From South Africa to Spain, politics is getting uglier. Part of the reason is that, by spreading untruth and outrage, corroding voters’ judgment and aggravating partisanship, social media erode the conditions for the traditional horse that fosters liberty. (…) It would be wonderful if such a system helped wisdom and truth rise to the surface. But, truth is not beauty so much as it is hard work -especially when you disagree with it. Everyone who has scrolled through Facebook knows how, instead of imparting wisdom, the system dishes out compulsive stuff that tends to reinforce people’s biases. (…) Once considered a boon to democracy, social media have started to look like its nemesis”. Ante esta situación, se barajan acciones de muy diverso tipo, tanto desde el punto de vista de la acción pública, como de la actuación más responsable de las principales empresas y organizaciones implicadas.

Aunque compleja, ya que el control de la información siempre es una cuestión delicada en los sistemas democráticos, la necesidad de una mayor intervención pública para atajar algunos de los desmanes que se producen en la redes es cada vez más evidente. Como comenta el Financial Times en “The weaponisation of social media is real”, “as for the questions of what constitutes malice, and who decides, the answer is: the same authority that, in democratic societies, has always made decisions about what is acceptable communication in the public square -the elected representatives of the people”. De hecho, más y más países están implementando medidas para atajar algunas de las facetas de este fenómeno: “This past June, Germany’s parliament adopted a law that includes a provision for fines of up to €50 million ($59 million) on popular sites like Facebook and YouTube, if they fail to remove “obviously illegal” content, such as hate speech and incitements to violence, within 24 hours. Singapore has announced plans to introduce similar legislation next year to tackle “fake news.” (“Six Features of the Disinformation Age”). Esta posibilidad de una actuación gubernamental sobre el comportamiento de los gigantes tecnológicos que dominan el flujo informativo en las redes está en el centro de todas las discusiones: “Social media are a mechanism for capturing, manipulating and consuming attention unlike any other. That in itself means that power over those media -be it the power of ownership, of regulation or of clever hacking- is of immense political importance. Regardless of specific agendas, though, it seems to many that the more information people consume through these media, the harder it will become to create a shared, open space for political discussion—or even to imagine that such a place might exist”. (The Economist).

Por supuesto, el segundo camino para abordar los peligros de las “redes de intoxicación social” es la necesaria e intensa implicación de los Facebooks, Googles y Twitters presentes y futuros en la erradicación de la manipulación sistemática de sus plataformas. La mayoría de ellos han mostrado una y otra vez su interés por afrontar estos problemas, pero al mismo tiempo reconocen la enorme dificultad de llevar a cabo esa tarea. Eric Schmidt, máximo responsible de Alphabet (Google), ha comentado: “We did not understand the extent to which governments –essentially what the Russians did– would use hacking to control the information space. It was not something we anticipated strongly enough. I worry that the Russians in 2020 will have a lot more powerful tools.” (“Alphabet’s Eric Schmidt On Fake News, Russia, And ‘Information Warfare'”). Pero es que además, no todos los actores corporativos implicados en este problema tienen –ni se sabe si tendrán en el futuro- una postura clara sobre su responsabilidad. Steven Rosenbaum, en “The Real Side of Fake News” analiza por ejemplo el caso de Reddit, y concluye: “Reddit isn’t the only supporter of the kind of online anonymity that allows users to distribute hate speech and fake news without consequences. And there are those who worry that cleaning up Reddit will only drive the trolls underground to less public sites like Voat. But while other large online platforms such as Facebook are taking steps to address the problem, Reddit remains defiant.”. Está claro que los gigantes tecnológicos son una parte esencial en la solución del problema, y deben reconocer, como señala Mohamed A. El-Erian en “Big Tech Meets Big Government”, su “importancia sistémica”: “Big Tech can and should play a larger role in helping the entire economy to evolve in an orderly and mutually beneficial manner. This will require, first and foremost, that they internalize their own systemic importance, and adjust their perspectives and behaviors accordingly”.

Por último, el tercer eslabón de la cadena es quizá el más débil, aunque también el más importante a medio y largo plazo: el ciudadano. Nosotros somos quienes en un día medio –según algunos estudios recientes- podemos hacer click o tocar la pantalla del móvil para acceder a contenidos unas 2.500 veces al día, sin saber, quizá, que casi el 50% del tráfico en la web está generado por bots (“buenos” y “malos”) y que hay alrededor de 50 millones de cuentas de Twitter y 137 de cuentas en Facebook que exhiben comportamientos no humanos, mecanizados (“Six Features of the Disinformation Age”). Ni los gobiernos, ni las empresas tecnológicas serán capaces de afrontar la enorme complejidad de un entorno de relaciones humanas caracterizado, en palabras de Kelly Born, por seis rasgos difíciles de conciliar: democratización de la producción y distribución de contenidos; socialización de los contactos; atomización de las emisiones; anonimato; personalización, y soberanía de las compañías tecnológicas. En ese contexto, cada nodo en la red, cada ciudadano, tendrá una responsabilidad creciente sobre las consecuencias de sus actos, y para ello necesitará estar mejor formado y ser más consciente de las reglas del juego de la información en la red. La educación en “criteriología tecnológica e informativa”, por llamarla de algún modo, se convertirá así en un prerrequisito esencial para el ejercicio de la libertad en nuestras sociedades. Y lo que se percibe en el momento actual sobre esta formación no es muy alentador. En un estudio reciente de Oscar Barrera, Sergei Guriev, Emeric Henry, Ekaterina Zhuravskaya (“Fake news and fact checking: Getting the facts straight may not be enough to change minds”) se pone en evidencia el escaso impacto que los esfuerzos por desintoxicar la red están teniendo en torno a muchos temas: “Fake news or ‘alternative facts’ have become a key ingredient of Western political discourse. They are skillfully used by populist candidates to leverage fears and frustrations of the voters. The fake news efforts are often successful. For example, as Ipsos’ 2016 Perils of Perception survey shows, in all Western countries voters greatly overestimate the Muslim population in their countries. In France (where the gap between perception and reality is largest), the perceived share of Muslim population is 31% while the actual share is only 7.5%. Moreover, while fact checking of the populist’s misleading ‘alternative facts’ improves voters’ factual knowledge, it does nothing to undo the effect of these statements on policy views and voting intentions of voters. (…) Our results suggest that confronting alternative facts with correct numbers is not enough. To be effective, fact checking needs to be more than a journalists’ or pundits’ enterprise. The correct facts need to be embedded in a narrative with persuasive argumentation and conclusions – and delivered by a charismatic politician. The result of the 2017 French presidential election is consistent with this conjecture”.

Un buen primer paso de esa necesaria educación, por ejemplo en el ámbito de la acción política, es ser conscientes del mundo que nos espera, de un mundo en el que, como comenta Mark Leonard, Director del European Council on Foreign Relations, podemos caer en el error de vivir plácidamente disfrutando de la ilusión de libertad: “The biggest danger in the coming years is not that technology will put free and autocratic societies increasingly at odds with one another. It is that the dystopian visions of George Orwell and Aldous Huxley will become manifest in both types of system. (…) Over the last few weeks, media around the world have been saturated with stories about how technology is destroying politics. In autocracies like China, the fear is of ultra-empowered Big Brother states, like that in George Orwell’s 1984. In democracies like the United States, the concern is that tech companies will continue to exacerbate political and social polarization by facilitating the spread of disinformation and creating ideological “filter bubbles,” leading to something resembling Aldous Huxley’s Brave New World. (…) At the same time, the impact of technology on politics is relatively independent of regime type. Technology is blurring the comforting distinction between open and closed societies, and between planned and free economies, ultimately making it impossible for either to exist in its ideal form. (…) In the digital age, the biggest danger is not that technology will put free and autocratic societies increasingly at odds with one another. It is that the worst fears of both Orwell and Huxley will become manifest in both types of system, creating a different kind of dystopia. With many of their deepest desires being met, citizens will have the illusion of freedom and empowerment. In reality, their lives, the information they consume, and the choices they make will be determined by algorithms and platforms controlled by unaccountable corporate or government elites” (“The Illusion of Freedom in the Digital Age”).