La tiranía de lo tangible

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“Lo que no se mide (o no se puede medir), no existe”; “Lo que no se mide, no se puede gestionar”; “Lo que no se puede medir, no se puede mejorar”: hemos oído una y mil veces expresiones como éstas en ámbitos de la economía, la política, la educación, etc. Vivimos en el mundo del dato, de la medida de todo lo que nos rodea, del registro de cada aspecto tangible de lo que sucede en nuestro entorno. Quizá sólo en el contexto de las relaciones personales y de la propia existencia sigue quedando espacio para que la vida fluya sin que se vea condicionada y mediatizada por la medida, aunque las nuevas tecnologías ya hace tiempo que nos incitan a “tangibilizar” todos nuestros actos (calorías que consumimos, pasos que damos al día, tiempo que dedicamos a ciertas actividades, e incluso nivel de estado de ánimo que muestran nuestros mensajes). No cabe duda que esta cultura de la medida, de “tangibilización” de la vida, tiene innumerables ventajas y puede producir beneficios en el día a día personal y profesional, pero también plantea enormes problemas y desafíos, sobre todo cuando tiende a monopolizar el modo de entender y gestionar demasiadas actividades humanas.

Alison Reynolds and David Lewis explican en “Closing the Strategy-Execution Gap Means Focusing on What Employees Think, Not What They Do” (Harvard Business Review) cómo los cambios estratégicos en las empresas a menudo se centran en cómo modificar las partes más formalizadas de la organización (estructuras, procesos, etc.), y fracasan en su ejecución por no haber tenido en cuenta los aspectos más intangibles, sobre todo aquellos que tienen que ver con lo que piensan y sienten las personas que trabajan en ella: “When you embark on a new strategic journey to sustain and grow your organization in an uncertain world, what do you prioritize? If you’re like most of the leaders we know, you start with organizational structure and processes. This would be a mistake. (…) We call this the tyranny of the tangible. And it comes at a cost that is all too familiar: Most initiatives set up to execute strategy fail to deliver the intended benefits”. Frente a este enfoque, los autores del trabajo plantean que hay que recuperar los modos de afrontar el cambio que se apoyan en procesos menos “tangibles” y formalizados –por supuesto, más abiertos a la sorpresa y a los resultados no controlables- , que parten de la participación de las personas y de las expresiones menos registrables de su comportamiento (deseos, preocupaciones, temores, aspiraciones, etc.): “Participative execution is the antidote to the tyranny of the tangible. It engages all stakeholders in an interactive and dynamic process in which: The realities of the strategic context are confronted and explored; the options for responding to and shaping the context are created; and the priorities and milestones are agreed upon and revised as required. It makes the intangible tangible and incorporates worries, hopes, fears, and intentions in the process”.

Como bien es sabido, estas manifestaciones menos tangibles y más difícilmente mensurables de lo humano también luchan por hacerse un hueco en los modos de entender actividades como la económica. Gary Saul Morson y Morton Schapiro vuelven sobre la necesidad seguir incidiendo en este tema en su obra Cents and Sensibility: What Economics Can Learn from the Humanities, en la que reivindican, entre otras cosas, la necesidad de apoyarse en las humanidades, y en especial en la literatura, para avanzar en el verdadero conocimiento de la realidad económica.  Deirdre N. McCloskey, al comentar la obra en “Economics With a Human Face”, señala: “Parts of the book explicitly, and all of it by implication, give an eloquent defense of the humanities against fanatical advocates for “STEM” (science, technology, engineering, and mathematics). The STEM-ers want to shove aside the humanities, and most of the social sciences, too, in favor of fields they think are more likely to add to GDP. Messrs. Morson and Schapiro point to the example of Japan’s minister of education, who a few years ago proposed eliminating in public universities every field except STEM. No study of Japanese literature. No economics. Such naive zeal ignores that most of what actually goes on in STEM’s “M” and “S”—and even a good deal of the “E”—is, like the humanities, an inquiry into the artistic or intellectual products of humans. They have no economic usefulness. Astronomy and number theory should properly be viewed as quantitative kin to, say, theology and art history. Indeed, the very word “science” is unusual in contemporary English in signifying only the physical and biological. In other languages, and in English before the 1860s, it has a much wider meaning, “systematic inquiry,” as in the German word for the humanities—Geisteswissenschaften, or “spirit sciences”.

La tiranía de lo tangible y lo mensurable frente a la lógica de las ciencias del espíritu se ha ido adueñando poco a poco de otros ámbitos que tradicionalmente se han movido en el pasado con un mayor equilibrio entre esos dos mundos, tanto en su desempeño práctico como en su dimensión de conocimiento. Uno de esos campos es el de la política. Mark Bevir and Jason Blakely abordan en “Why Political Science Is an Ethical Issue” abordan este tema, al explicar cómo en los estudios políticos cada vez hay una mayor distancia –e incomunicación- entre los “quants” (la visión “naturalista” y empirista de la política: el imperio de los facts) y los “qualies” (la visión “anti-naturalista” y valorativa de la acción política: el imperio de los values). Los autores proponen que hay que volver a integrar estas dos visiones, que se necesitan la una a la otra, y concluyen: “All this amounts to a complication of one of the longest standing assumptions of modern social science: the idea that there is a strict dichotomy between facts and values. Inaugurated by David Hume, this doctrine has taken many forms, but the basic idea is that the study of facts is logically distinct from that of values. Beginning from factual premises, no evaluative conclusion can be deduced and vice versa. The foregoing arguments make clear that the relationship of facts to values is much more nuanced than this strict binary allows. In this way, anti-naturalism might help contribute to the wider critique of the tendency to segregate empirical or factual knowledge about the world from normative or evaluative claims. Anti-naturalism opens the door for political scientists to conduct ethically engaged political sociologies, histories, accounts of values, and critiques of technocracy. Not all political scientists need to take this route, but for those who do, new worlds of exploration are waiting”.

Otros ámbitos en los que avanza inexorablemente la tiranía de los “quants” son, por ejemplo, la educación y el periodismo. Todos los que nos dedicamos a la educación vivimos no sin sorpresa, y con buenas dosis de ansiedad, el avance de la lógica de que “lo que no se mide no existe”, o de que “lo que no se mide no es ciencia”. Como señala en el Frankfurter Allgemeine Zeitung Hannah Bethke en “Zwischen zwei Welten”, cualquiera que hoy eche un vistazo a las estructuras universitarias se dará cuenta de que las “ciencias duras” han tomado el poder de las universidades económica y espiritualmente, a pesar de que se hable cada vez más de la necesidad de la interdisciplinariedad y de otros mantras que en ningún caso devalúan el principal de todos: “Entwertung dessen, was nicht messbar ist” (“La devaluación de aquello que no es medible”). En el caso del periodismo, el futuro –se afirma- es el periodismo de datos (data journalism), la conversión de todo tema de actualidad en un hecho mensurable, caracterizado por sus dimensiones cuantificables. Como comentaba recientemente en The New Republic David Zweig, “in our data-driven age, when algorithms and metrics increasingly govern our lives in ways known and often unknown to us, our captive, near religious devotion to the supremacy of data is akin to a cultural Stockholm syndrome” (“David Brooks and the Tyranny of Data”). Al leer esta cita, recodé que hace ya casi dos décadas pregunté al redactor jefe del Neue Zürcher Zeitung, Gerhard Schwarz, por qué en un periódico tan prestigioso y excelente como el suyo, y tan influyente en círculos económicos y financieros, no había una sección regular sobre el fenómeno de la creciente importancia económica del Tercer Sector (voluntariado, fundaciones, ONG’s, etc.) en las sociedades modernas. Su respuesta fue muy sencilla: “No hay datos económicos regulares y validados ni sobre el sector, ni sobre sus organizaciones, ni sobre cuestiones laborales, etc., etc.”. Veinte años después, pocas cosas han cambiado.

Redes de intoxicación social

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No hay prácticamente tema de interés público que no genere una batalla en torno a las verdades y falsedades que aderezan su discusión. Basta recordar procesos políticos recientes como la campaña presidencial estadounidense, el Brexit, las recientes elecciones en Alemania o la pugna por la independencia de Cataluña. Noticias (news), bulos (fake news), confirmaciones y desmentidos de datos (fact checkers), creadores y redistribuidores robotizados de información (bots) y un sinfín de fuentes y contenidos de muy diversa naturaleza se mezclan en torno a los temas de actualidad para presentarse, sin orden ni concierto, mediatizados por amigos, influencers, servicios personalizados de información, etc., en las terminales de datos de millones de ciudadanos. La discusión sobre cómo todo ese entramado “informativo” conforma el conocimiento y los marcos de interpretación de la realidad con los que nos manejamos en sociedad cada vez es más intensa, sobre todo porque se descubren, unas tras otras, modalidades más sofisticadas de intoxicar esa discusión, de polarizar y radicalizar posturas, de atacar o defender sistemáticamente –con verdades y falsedades, todo al mismo tiempo- sistemas políticos e ideologías de toda condición. Este fenómeno se produce especialmente, aunque no sólo, a través de las grandes redes sociales y agregadores de noticias (Facebook, Twitter, Instagram, Google, Reddit, etc.), plataformas con las que paradójicamente se tenía la esperanza de que contribuyesen a crear sociedades más libres, abiertas e informadas. Y así lo ha sido en parte hasta ahora, y lo seguirá siendo, pero sólo en la medida en que se aborden de forma satisfactoria los crecientes fenómenos de manipulación, desinformación e intoxicación informativa en las redes, sobre todo aquellos impulsados por Estados, corporaciones y organizaciones poderosas de diverso tipo.

Esta semana, el debate sobre el tema ha vuelto a ocupar las primeras páginas de la prensa de todo el mundo con motivo de la Comisión de Investigación en el Senado estadounidense sobre la intervención desde Rusia en la intoxicación informativa vivida en las últimas elecciones presidenciales. Más allá de las intervenciones de políticos supuestamente implicados y de representantes de plataformas como Google, Facebook o Twitter, la discusión sobre el fenómeno ha vuelto a poner sobre la mesa los retos y desafíos que para la democracia, y para la vida pública en general, plantea esta batalla por el control de la información y la desinformación. Como señala The Economist en “Do social media threaten democracy?”, “Russia’s trouble-making is only the start. From South Africa to Spain, politics is getting uglier. Part of the reason is that, by spreading untruth and outrage, corroding voters’ judgment and aggravating partisanship, social media erode the conditions for the traditional horse that fosters liberty. (…) It would be wonderful if such a system helped wisdom and truth rise to the surface. But, truth is not beauty so much as it is hard work -especially when you disagree with it. Everyone who has scrolled through Facebook knows how, instead of imparting wisdom, the system dishes out compulsive stuff that tends to reinforce people’s biases. (…) Once considered a boon to democracy, social media have started to look like its nemesis”. Ante esta situación, se barajan acciones de muy diverso tipo, tanto desde el punto de vista de la acción pública, como de la actuación más responsable de las principales empresas y organizaciones implicadas.

Aunque compleja, ya que el control de la información siempre es una cuestión delicada en los sistemas democráticos, la necesidad de una mayor intervención pública para atajar algunos de los desmanes que se producen en la redes es cada vez más evidente. Como comenta el Financial Times en “The weaponisation of social media is real”, “as for the questions of what constitutes malice, and who decides, the answer is: the same authority that, in democratic societies, has always made decisions about what is acceptable communication in the public square -the elected representatives of the people”. De hecho, más y más países están implementando medidas para atajar algunas de las facetas de este fenómeno: “This past June, Germany’s parliament adopted a law that includes a provision for fines of up to €50 million ($59 million) on popular sites like Facebook and YouTube, if they fail to remove “obviously illegal” content, such as hate speech and incitements to violence, within 24 hours. Singapore has announced plans to introduce similar legislation next year to tackle “fake news.” (“Six Features of the Disinformation Age”). Esta posibilidad de una actuación gubernamental sobre el comportamiento de los gigantes tecnológicos que dominan el flujo informativo en las redes está en el centro de todas las discusiones: “Social media are a mechanism for capturing, manipulating and consuming attention unlike any other. That in itself means that power over those media -be it the power of ownership, of regulation or of clever hacking- is of immense political importance. Regardless of specific agendas, though, it seems to many that the more information people consume through these media, the harder it will become to create a shared, open space for political discussion—or even to imagine that such a place might exist”. (The Economist).

Por supuesto, el segundo camino para abordar los peligros de las “redes de intoxicación social” es la necesaria e intensa implicación de los Facebooks, Googles y Twitters presentes y futuros en la erradicación de la manipulación sistemática de sus plataformas. La mayoría de ellos han mostrado una y otra vez su interés por afrontar estos problemas, pero al mismo tiempo reconocen la enorme dificultad de llevar a cabo esa tarea. Eric Schmidt, máximo responsible de Alphabet (Google), ha comentado: “We did not understand the extent to which governments –essentially what the Russians did– would use hacking to control the information space. It was not something we anticipated strongly enough. I worry that the Russians in 2020 will have a lot more powerful tools.” (“Alphabet’s Eric Schmidt On Fake News, Russia, And ‘Information Warfare'”). Pero es que además, no todos los actores corporativos implicados en este problema tienen –ni se sabe si tendrán en el futuro- una postura clara sobre su responsabilidad. Steven Rosenbaum, en “The Real Side of Fake News” analiza por ejemplo el caso de Reddit, y concluye: “Reddit isn’t the only supporter of the kind of online anonymity that allows users to distribute hate speech and fake news without consequences. And there are those who worry that cleaning up Reddit will only drive the trolls underground to less public sites like Voat. But while other large online platforms such as Facebook are taking steps to address the problem, Reddit remains defiant.”. Está claro que los gigantes tecnológicos son una parte esencial en la solución del problema, y deben reconocer, como señala Mohamed A. El-Erian en “Big Tech Meets Big Government”, su “importancia sistémica”: “Big Tech can and should play a larger role in helping the entire economy to evolve in an orderly and mutually beneficial manner. This will require, first and foremost, that they internalize their own systemic importance, and adjust their perspectives and behaviors accordingly”.

Por último, el tercer eslabón de la cadena es quizá el más débil, aunque también el más importante a medio y largo plazo: el ciudadano. Nosotros somos quienes en un día medio –según algunos estudios recientes- podemos hacer click o tocar la pantalla del móvil para acceder a contenidos unas 2.500 veces al día, sin saber, quizá, que casi el 50% del tráfico en la web está generado por bots (“buenos” y “malos”) y que hay alrededor de 50 millones de cuentas de Twitter y 137 de cuentas en Facebook que exhiben comportamientos no humanos, mecanizados (“Six Features of the Disinformation Age”). Ni los gobiernos, ni las empresas tecnológicas serán capaces de afrontar la enorme complejidad de un entorno de relaciones humanas caracterizado, en palabras de Kelly Born, por seis rasgos difíciles de conciliar: democratización de la producción y distribución de contenidos; socialización de los contactos; atomización de las emisiones; anonimato; personalización, y soberanía de las compañías tecnológicas. En ese contexto, cada nodo en la red, cada ciudadano, tendrá una responsabilidad creciente sobre las consecuencias de sus actos, y para ello necesitará estar mejor formado y ser más consciente de las reglas del juego de la información en la red. La educación en “criteriología tecnológica e informativa”, por llamarla de algún modo, se convertirá así en un prerrequisito esencial para el ejercicio de la libertad en nuestras sociedades. Y lo que se percibe en el momento actual sobre esta formación no es muy alentador. En un estudio reciente de Oscar Barrera, Sergei Guriev, Emeric Henry, Ekaterina Zhuravskaya (“Fake news and fact checking: Getting the facts straight may not be enough to change minds”) se pone en evidencia el escaso impacto que los esfuerzos por desintoxicar la red están teniendo en torno a muchos temas: “Fake news or ‘alternative facts’ have become a key ingredient of Western political discourse. They are skillfully used by populist candidates to leverage fears and frustrations of the voters. The fake news efforts are often successful. For example, as Ipsos’ 2016 Perils of Perception survey shows, in all Western countries voters greatly overestimate the Muslim population in their countries. In France (where the gap between perception and reality is largest), the perceived share of Muslim population is 31% while the actual share is only 7.5%. Moreover, while fact checking of the populist’s misleading ‘alternative facts’ improves voters’ factual knowledge, it does nothing to undo the effect of these statements on policy views and voting intentions of voters. (…) Our results suggest that confronting alternative facts with correct numbers is not enough. To be effective, fact checking needs to be more than a journalists’ or pundits’ enterprise. The correct facts need to be embedded in a narrative with persuasive argumentation and conclusions – and delivered by a charismatic politician. The result of the 2017 French presidential election is consistent with this conjecture”.

Un buen primer paso de esa necesaria educación, por ejemplo en el ámbito de la acción política, es ser conscientes del mundo que nos espera, de un mundo en el que, como comenta Mark Leonard, Director del European Council on Foreign Relations, podemos caer en el error de vivir plácidamente disfrutando de la ilusión de libertad: “The biggest danger in the coming years is not that technology will put free and autocratic societies increasingly at odds with one another. It is that the dystopian visions of George Orwell and Aldous Huxley will become manifest in both types of system. (…) Over the last few weeks, media around the world have been saturated with stories about how technology is destroying politics. In autocracies like China, the fear is of ultra-empowered Big Brother states, like that in George Orwell’s 1984. In democracies like the United States, the concern is that tech companies will continue to exacerbate political and social polarization by facilitating the spread of disinformation and creating ideological “filter bubbles,” leading to something resembling Aldous Huxley’s Brave New World. (…) At the same time, the impact of technology on politics is relatively independent of regime type. Technology is blurring the comforting distinction between open and closed societies, and between planned and free economies, ultimately making it impossible for either to exist in its ideal form. (…) In the digital age, the biggest danger is not that technology will put free and autocratic societies increasingly at odds with one another. It is that the worst fears of both Orwell and Huxley will become manifest in both types of system, creating a different kind of dystopia. With many of their deepest desires being met, citizens will have the illusion of freedom and empowerment. In reality, their lives, the information they consume, and the choices they make will be determined by algorithms and platforms controlled by unaccountable corporate or government elites” (“The Illusion of Freedom in the Digital Age”).

 

Identidades relacionales e inclusivas

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La cuestión de la identidad, individual y colectiva, ha sido siempre un asunto problemático. En nuestros días, buen número de las crisis que se viven en la sociedad están conectadas con esa cuestión, quizá porque, más que en otras épocas, se ha perdido el equilibrio entre el “yo” y el “nosotros”, o a otro nivel, entre el “nosotros” y el “ellos”. Son numerosos los fenómenos que en el ámbito personal, empresarial, y político –por buscar tres campos de referencia entre los muchos existentes-  reflejan las perversas consecuencias de los desequilibrios en el modo de entender  y vivir la identidad.

El New York Times publicaba esta semana un interesante análisis sobre la creciente tendencia a pensar que la felicidad de las personas se basa en su capacidad de introspección, de “construir” su mundo feliz a pesar del entorno en el que vive. Ruth Whippman, autora de America the Anxious: How Our Pursuit of Happiness Is Creating a Nation of Nervous Wrecks, señala que hay gran número de indicios de que en la sociedad estadounidense la actividad “social” de las personas se está reduciendo de forma preocupante (en la familia, en la relación con las amistades, en las actividades religiosas, etc.), siguiendo –se podría decir- el dictum sartreano de que “el hombre se hace a sí mismo”. Whippman escribe: “Having spent the last few years researching and writing a book about happiness and anxiety in America, I’ve noticed that this particular strain of happiness advice — the kind that pitches the search for contentment as an internal, personal quest, divorced from other people — has become increasingly common. Variations include “Happiness is determined not by what’s happening around you, but what’s happening inside you”; “Happiness should not depend on other people”; and the perky and socially shareable “Happiness is an inside job.” One email I received from a self-help mailing list even doubled down on the idea with the turbocharged word mash-up “withinwards,” (although when the subject heading “Go Withinwards” landed in my inbox I briefly thought it was an ad for a nose-to-tail offal restaurant.)”.

Esta identidad introspectiva conecta con una sociedad fuertemente individualista en la que el desarrollo científico y tecnológico, entre otros factores, parece que nos anima a ser Robinson Crusoes, aunque justamente tengamos todos los medios y condiciones para ser lo contrario. Whippman desarrolla esta idea con las siguientes palabras: “In an individualistic culture powered by self-actualization, the idea that happiness should be engineered from the inside out, rather than the outside in, is slowly taking on the status of a default truism. This is happiness framed as journey of self-discovery, rather than the natural byproduct of engaging with the world; a happiness that stresses emotional independence rather than interdependence; one based on the idea that meaningful contentment can be found only by a full exploration of the self, a deep dive into our innermost souls and the intricacies and tripwires of our own personalities. Step 1: Find Yourself. Step 2: Be Yourself”.

Por supuesto, la autora cree que esta idea es una gran equivocación, y que una tras otra, las investigaciones sobre las claves de la felicidad-y se podría añadir, también el sentido común- nos dicen lo contrario: “Academic happiness studies are full of anomalies and contradictions, often revealing more about the agendas and values of those conducting them than the realities of human emotion. But if there is one point on which virtually every piece of research into the nature and causes of human happiness agrees, it is this: our happiness depends on other people”. El título del artículo, “Happiness is Other People”,  rememora, por contraste, esa famosa frase de Jean Paul Sarte de que el “infierno son los otros”, de su obra Huis Clos (A puerta cerrada) de 1944. Parece que no hemos avanzado mucho desde la época en la que el autor de El Ser y la Nada nos explicase esa imagen de cada “yo” como mirada individual que organiza el mundo que le rodea, que se convierte en punto central de lo que existe, hasta que lamentablemente descubre que hay “otros” que hacen lo mismo, y me roban mi mundo.

Más allá del ámbito personal, la traslación de ese ciego individualismo identitario al mundo profesional o de la empresa es sin lugar a dudas uno de los problemas más importantes del capitalismo del siglo XXI. El afán excesivo de poseer -la codicia- es una de las muchas manifestaciones de ese fenómeno, y por eso hay tantas voces que se alzan para que se repiense el sistema económico, para que –como señalaba esta semana en Die Zeit Uwe Jean Hauser con el juego de palabras “WIR statt Gier”–  el “nosotros” sustituya al codicioso “mi”. Pero también hay fenómenos económicos y empresariales nuevos que muestran esa tensión entre identidad individual y colectiva. Uno de ellos, por ejemplo, tiene que ver con los problemas que se producen en muchas modalidades de trabajo propias de la denominada Economía Gig, en la que cada persona se convierte, en solitario, en una empresa individual, carente de todas las dimensiones sociales y colectivas, y de organización del trabajo, que tiene la empresa convencional.  En “The Hardest Thing About Working in the Gig Economy? Forging a Cohesive Sense of Self”, Brianna Caza, Heather C. Vough y Sherry Moss, refiriéndose a la multiplicidad de tareas y actividades que deben desarrollar en solitario estos trabajadores mutifuncionales, señalan : “The most prominent set of struggles our informants faced was centered on how to feel and be seen as authentic when they wear more than one occupational hat. Because one’s occupation is such a core part of one’s identity, those engaged in multiple jobs may find themselves plagued with issues of authenticity: who am “I” really, if I’m all these things at once?”

En el ámbito de la política, la reaparición de fuertes tensiones entre identidades colectivas, también con la lógica sartreana de “The Hell is Other People”, se produce con motivo del resurgimiento de populismos o nacionalismos exacerbados. También en este caso funciona la confrontación entre el “nosotros” y el “ellos”, generada por la creación de una identidad colectiva introspectiva y excluyente. El Papa Francisco ha mostrado esta semana su preocupación por esta forma de “egoísmo colectivo”, que en Europa se advierte de forma creciente en fenómenos de alejamiento de proyectos políticos comunes (el Brexit o la propuesta de independencia de Cataluña pueden ser dos buenos ejemplos), en movimientos políticos que hacen de la protesta y la reivindicación su única bandera política, o en políticas públicas que no son capaces de afrontar problemas como el de los refugiados y desplazados. En su discurso a los participantes en la Conferencia “Repensando Europa” organizada por la Comisión de las Conferencias Episcopales de la Comunidad Europea (COMECE), en colaboración con la Secretaría de Estado, el Santo Padre decía: “La responsabilidad de los líderes es la de favorecer una Europa que sea una comunidad inclusiva, libre de un equívoco de fondo: inclusión no es sinónimo de aplastamiento indiferenciado. Al contrario, se es auténticamente inclusivos cuando se saben valorar las diferencias, asumiéndolas como patrimonio común y enriquecedor. (…). Desde varios lugares se tiene la sensación de que el bien común ya no es el objetivo primario a perseguir y ese desinterés lo perciben muchos ciudadanos. Encuentran así terreno fértil en muchos países las formaciones extremistas y populistas que hacen de la protesta el corazón de su mensaje político, sin ofrecer un proyecto político como alternativa constructiva. El diálogo viene sustituido por una contraposición estéril, que puede también poner en peligro la convivencia civil, o por una hegemonía del poder político que enjaula e impide una verdadera vida democrática. En un caso se destruyen puentes y en el otro se construyen muros. Y hoy Europa conoce ambos”.

Hay que recuperar la fuerza de las identidades individuales relaciones y de las identidades colectivas inclusivas si se desea hacer frente a muchos de los problemas que vivimos en nuestra sociedad. El humanismo cristiano siempre ha sido un modelo de referencia claro para afrontar esa tarea, y el Papa Francisco lo ha vuelto a recordar en su alocución de esta semana: “La comunidad es el antídoto más grande contra los individualismos que caracterizan nuestro tiempo, contra esa tendencia generalizada hoy en Occidente a concebirse y a vivir en soledad. Se tergiversa el concepto de libertad, interpretándolo como si fuera el deber de estar solos, libres de cualquier vínculo y en consecuencia se ha construido una sociedad desarraigada, privada de sentido de pertenencia y de herencia. (…) Los cristianos reconocen que su identidad es ante todo relacional”.

Juventud y ansiedad

Ansiedad

Son cada vez más comunes los trabajos que analizan algunas de las dificultades de los jóvenes (millennials y post-millennials, las denominadas generaciones Y y Z) para manejarse personal y emocionalmente en el mundo que les rodea. Esta semana, el New York Times dedica un largo reportaje al problema de la ansiedad, de las manifestaciones cada vez más extendidas de una ansiedad severa entre los teenagers. En “Why Are More American Teenagers Than Ever Suffering From Severe Anxiety?”, Benoit Denizet-Lewis relata estremecedores casos de diferentes tipos de jóvenes –tanto de clases acomodadas como de familias con rentas bajas- a los que una extrema ansiedad les incapacita para continuar los estudios, relacionarse con los demás y seguir una vida normal. Denizet-Lewis llama la atención sobre el hecho de que la ansiedad ha sustituido a la depresión como principal causa de búsqueda de consejo médico por parte de los jóvenes: “In its annual survey of students, the American College Health Association found a significant increase — to 62 percent in 2016 from 50 percent in 2011 — of undergraduates reporting “overwhelming anxiety” in the previous year. Ante esta situación, padres, terapeutas y colegios no tienen muy claro si lo que se debe hacer es proteger mejor a estos jóvenes o empujarles a que se enfrenten realmente con sus miedos.

La discusión sobre las causas de este fenómeno está abierta, y no es fácil llegar a conclusiones claras. La actuación hipercontroladora de los “padres helicóptero”, los enfermizos y obsesivos hábitos de consumo digital, la presión de una sociedad y un entorno vital orientado a un éxito basado en el hiperactivismo, o la falta herramientas para recuperarse de los más mínimos fracasos o frustraciones (la falta de resiliencia) son algunos de los factores que a menudo se conectan con los problemas de extrema ansiedad de muchos jóvenes. Como señala el autor del trabajo, como consecuencia de todo ello, “for many of these young people, the biggest single stressor is that they “never get to the point where they can say, ‘I’ve done enough, and now I can stop,’ ” Luthar [profesor de Psicología de la Arizona State University] says. “There’s always one more activity, one more A.P. class, one more thing to do in order to get into a top college. Kids have a sense that they’re not measuring up. The pressure is relentless and getting worse.”

Uno de los efectos más perversos de esa creciente ansiedad vital, derivada de la dificultad para enfrentarse al entorno que les rodea, es el hecho de que muchos jóvenes cada vez tienen más miedo a la libertad. En “Why Are Millennials Wary of Freedom?”, Clay Routledge señala que de acuerdo con los últimos datos de la World Values Survey sólo un 30% de los jóvenes nacidos después de 1980 creen que es absolutamente esencial vivir en un país democrático, comparado con un 72% de los estadounidenses nacidos antes de la Segunda Guerra Mundial. De hecho, en 1995 un 16% por cierto de los jóvenes pensaban que la democracia era una mala idea, cifra que ha ascendido hasta un 24% en la encuesta de 2011. Como explica Routledge, refiriéndose a la relación de estos datos con el fenómeno de la hiperprotección de los jóvenes: “The benefits of increased safety are many. But somewhere along the way, protecting children from needless harm became conflated with shielding them from stressors and uncertainties (such as having to solve everyday problems, like getting lost, on one’s own) that are critical for developing personal independence. Researchers have linked helicopter parenting to college students’ having a lower degree of self-confidence. Relatedly, a study released last month found that today’s teenagers and young adults are less likely than those of past generations to engage in a range of activities that involve personal independence, such as working for pay, driving, dating and spending time with friends without adult supervision”.

Por supuesto, este no es un tema sólo estadounidense, ni mucho menos. Lionel Shriver, en The Spectator, explica cómo en también en Europa, en países como Gran Bretaña o Alemania, ese miedo a la liberta de la juventud está llevando a fenómenos de creciente censura y de reducción de la libertad de expresión en entornos como el universitario. En “Millennials don’t fear censorship because they plan on doing all the censoring”, Shriver comenta: “‘38 per cent of Britons and 70 per cent of Germans think the government should be able to prevent speech that is offensive to minorities.’ Given that any populace can be subdivided into a veritably infinite number of minorities, with equally infinite sensitivities, the perceived bruising of which we only encourage, pretty soon none of us may be allowed to say an ever-loving thing. (…)The young casually assume not only that they’re the cutting-edge, trend-setting arbiters of the acceptable now, but that they always will be. The students running campuses like re-education camps aren’t afraid of being muzzled, because they imagine they will always be the ones doing the muzzling”.

En el corazón de los problemas de ansiedad y de la necesidad de seguridad, del miedo a la libertad, está un sentimiento tan traicionero como el temor. Temor en todas sus formas; temor al fracaso, al ridículo, a lo inconfortable, al ostracismo, a la incertidumbre. Como señala Routledge en artículo del New York Times ya citado, todos padecemos en cierto grado esos temores, pero no de la forma traumática que los viven muchos de nuestros hijos: “Our culture isn’t preparing young people to grapple with what are ultimately unavoidable threats. (…) Fear pushes people to adopt a defensive posture. When people feel anxious, they’re less open to diverse ideas and opinions, and less forgiving and tolerant of those they disagree with. When people are afraid, they cling to the certainty of the world they know and avoid taking physical, emotional and intellectual risks. In short, fear causes people to privilege psychological security over liberty”.

Es difícil pronosticar cuáles pueden ser los efectos de lo descrito en la incorporación de muchos de estos jóvenes al mercado laboral, a la vida de la empresa., pero sin duda tendrá muchas consecuencias. Algunas de las causas de la ansiedad juvenil, como el “helicopter parenting”, en buena medida desaparecerán, pero otras, como el hiperactivismo o la inmersión tecnológica, quizá se agudicen. En ese entorno, serán necesarias nuevas habilidades para superar el estrés y la ansiedad, para afrontar miedos y actuar con libertad. Más allá de la tan manida resiliencia o de la recuperación de la autoconfianza, en la empresa se necesitarán cada vez más cosas tan humanas y teóricamente sencillas como la autoreflexión, el autoconocimiento y la disciplina –como señalan Mike Erwin y Ray Kethledge en Lead Yourself First–  de ser capaz de “distanciarse” del mundo para permanecer centrado en lo verdaderamente importante. Quizá lo que necesiten muchos jóvenes, como también lo necesitamos todos, es recuperar momentos de verdadera soledad (“a state of mind, a space in which to focus one’s own thoughts without distraction -and where the mind can work through a problem on its own”) para encontrarnos con nosotros mismos y tomar con más fuerza las riendas de nuestra vida, personal y laboral.

Los pequeños empujones y la libertad

Nudge good

Hace poco más de un año, en este blog, llamábamos la atención sobre el interés de estar atentos a las políticas de “pequeños empujones” que ponían en marcha las administraciones públicas en muchos países para hacer avanzar medidas beneficiosas para la sociedad, pero que sin esos “pequeños empujones” o acicates (nudges) no tendrían el éxito deseado (“To nudge or not to nudge”). Uno de los promotores teóricos de la lógica del nudging, y de muchas otras estrategias para alinear el comportamiento económico no siempre racional de las personas con acciones y políticas encaminadas al logro de resultados eficientes, el norteamericano Richard Thaler, acaba de ser galardonado con el premio Sveriges Riksbank en memoria de Alfred Nobel, popularmente conocido como el Nobel de Economía. El galardón, que en ocasiones suele generar controversia por las dudas que puede despertar la importancia del trabajo del premiado, esta vez ha sido aclamado de forma casi unánime (véanse algunos comentarios: Financial Times, The Economist, The Wall Street Journal, New York Times, Neue Zürcher Zeitung, Die Welt, El País). Como escribió hace ya algún tiempo Michael Lewis, Richard Thaler es “The Economist Who Realized How Crazy We Are”, o como comentaba esta semana el Washington Post, es el economista que se fija en cómo pequeños comportamientos, a menudo inconscientes, pueden ser gestionados en beneficio de todos (“What’s a urinal fly, and what does it have to with winning a Nobel Prize?”).

Más allá de lo anecdótico, Richard Thaler es considerado uno de los padres de la “economía del comportamiento”, el modo de afrontar los problemas económicos que pone énfasis en el análisis de las actuaciones de las personas que no se ajustan al modelo del homo economicus racional, característico de la ciencia económica convencional. Como señala John Cassidy en The New Yorker, Thaler es uno de esos economistas que “hacen la economía más humana”. En este sentido, con el lejano precedente de los “animal spirits” keynesianos, el nuevo Nobel sigue los pasos de un buen número de investigadores a los que en las últimas décadas se les ha reconocido sus trabajos en torno a esas dimensiones menos racionales del actuar económico, muchos de ellos también Nobeles, como Simon, Akerlof, Fogel, Kahneman, Orstrom o Shiller. Sin duda, las aportaciones más relevantes de Thaler tienen que ver con el análisis de los aspectos de la arquitectura de decisión humana que alteran (o pueden alterar) de una forma predecible el comportamiento de la gente, sin que suponga prohibir ninguna de las opciones de decisión existentes, ni tampoco cambiar de forma significativa los incentivos económicos. Para ser tal, la intervención que se plantee (el nudge) debe ser evitable de forma sencilla y poco costosa. Poner la fruta en el supermercado al nivel de los ojos es un “pequeño empujón” para que la gente coma más fruta; prohibir la comida basura no lo es. Hay infinidad de “pequeños cambios” en la gestión de acciones y planes, en la configuración del contexto de las decisiones, en la promoción de políticas públicas, etc., que pueden mejorar sustancialmente lo que la gente decide y hace, y sus efectos en la sociedad. Como es bien conocido, quizá el ejemplo más famoso de un nudging exitoso sea el de las políticas encaminadas a promover la donación de órganos. En aquellos países donde existe legislación que presupone que todo ciudadano es un donante tras su fallecimiento (lo es by default, por defecto), aunque pueda optar por no serlo de forma muy sencilla si lo desea, el nivel de donaciones crece significativamente respecto a aquellos que requieren un acto voluntario positivo para convertirse en donante. Por supuesto, este nudging ha calado también con intensidad en la gestión de las organizaciones, y ámbitos tan enfocados en las decisiones humanas cotidianas como el marketing (véase “The Rise of Behavioral Economics and Its Influence on Organizations”).

Robert J. Shiller, otro de los pioneros de la economía del comportamiento –en este caso de los comportamientos financieros-, explica así las bondades que se pueden derivar de una profundización en estudios como los Thaler: “Economists need to know about mistakes that people repeatedly make. (…) Thaler has proposed mechanisms that will, as he and Harvard Law School’s Cass Sunstein put it in their book Nudge, change the “choice architecture” of decisions. The same people, with the same self-control problems, could be enabled to make better decisions. Improving people’s saving behavior is not a small or insignificant matter. To some extent, it is a matter of life or death, and, more pervasively, it determines whether we achieve fulfillment and satisfaction in life. Thaler has shown in his research how to focus economic inquiry more decisively on real and important problems. His research program has been both compassionate and grounded, and he has established a research trajectory for young scholars and social engineers that marks the beginning of a real and enduring scientific revolution” (“Another Nobel Surprise for Economics”). Indudablemente, esa “ingeniería social”, trasladable a un sistema de crecientes decisiones by default tanto ante opciones de políticas públicas como de consumo, puede tener consecuencias positivas en muchos ámbitos. Sin embargo, sería naive no poner también el foco –y ponerlo con tanta intensidad como lo ponen los economistas del comportamiento- en los indudables peligros que la generalización de esta lógica, la de una “sociedad by default”, puede acarrear. De una u otra forma, se pone en juego la libertad de la persona.

Milosz Matuschek, profesor de derecho en la Universidad de La Sorbona y autor de Das romantische Manifest, escribe en “Nudge ist Quatsch” (Nudge es una tontería) que el gran problema de teorías como las de Thaler es asumir que hay alguien (el Estado, una organización, un “ingeniero social”…, en definitiva, el arquitecto de las condiciones de decisión) que con una supuesta buena voluntad y un grado de infabilibilidad autoproclamado (sobre lo que es bueno o no) diseñe marcos de decisión que, aprovechando el comportamiento poco racional de las personas –un comportamiento muchas veces inconsciente-, pueda conducirnos a la mejora de la sociedad. Como señala Matuschek, “el Estado no es un actor neutral, no es un ‘pastor’ bueno per se. Si lo fuera, no necesitaríamos ni la idea de división de poderes ni la idea de elecciones, y tampoco la sujeción de la acción de Estado al respeto de los derechos fundamentales”.

Los problemas de las “decisiones inconscientes” (o con un nivel de conciencia y conocimiento más reducido) se perciben con claridad en el caso de la arquitectura de decisiones por defecto. Smith, Goldstein y Johnson analizan con detalle este fenómeno en “Choice Without Awareness: Ethical and Policy Implications of Defaults”, partiendo de la idea de que “defaults are not neutral”. Anunque los autores acaban concluyendo que “smart defaults” pueden ser ciertamente muy beneficiosos, su análisis de por qué los sistemas de decisión por defecto funcionan es más que clarificador sobre su carácter “manipulativo”. Los autores describen los tres mecanismos clave del éxito de los esquemas de decisión por defecto: Implied endorsment (la gente interpreta la opción por defecto como la deseable, como la respaldada como buena por quien plantea la decisión); Cognitive bias (la gente puede sentir que la opción por defecto en cierta medida es la que es suya, la que posee, y por tanto rechazarla sería una pérdida); Effort (el esfuerzo de decir que no, de tener que cambiar y rechazar algo en opciones opt-out, lleva a muchas personas a la inacción). Quizá es triste pensarlo, pero parece que detrás de esos tres mecanismos hay una cierta referencia a la vagancia, esa vagancia a veces nimia, pero que muchas veces nos lleva a ser quizá menos libres de lo que podríamos ser. Es interesante recordar en este punto una frase de Daniel Kahneman, otro de los padres de la economía del comportamiento y también ganador del Nobel en 2002, sobre su colega Thaler: “The best thing about Thaler, what really makes him special, is that he is lazy” (citada por Tim Harford en “Richard Thaler: how to change minds and influence people”).

Una última reflexión se impone al advertir el enorme auge que la economía comportamental, y el éxito de teorías como la de los “pequeños empujones”, están teniendo en nuestros días. Por una parte, parece que ciertamente la superación del paradigma del homo economicus racional nos lleva hacia una “economía más humana”; por otra, y paradójicamente, también se puede pensar que esa misma tendencia nos lleva a una “economía más inhumana”, más cercana a la consideración del hombre como “animal irracional”, como ser que necesita de un “paternalismo bonachón” que conduzca al rebaño por el buen camino, sin que necesariamente se dé mucha cuenta de ello. Es significativo que en la portada de Nudge –la obra más popular de Thaler- quienes protagonizan el pequeño empujón no son dos personas… sino dos elefantes.

Los nuevos monopolistas

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Son ya muchos años los que lleva la Unión Europea tratando de supervisar de forma más eficaz las actuaciones en el Viejo Continente de gigantes tecnológicos como Google, Apple o Facebook. En los últimos días han sido noticia sus esfuerzos para regularizar las obligaciones fiscales de Amazon (“Bruselas obliga a Amazon a devolver 250 millones en impuestos a Luxemburgo”) y  Apple (“La Unión Europea ordena a Irlanda que recaude impuestos de Apple”), pero informaciones de este tipo se repiten una y otra vez. Y es que el tamaño y el poder alcanzado por estas grandes compañías de la economía digital cada vez genera más distorsiones en los mercados y en la sociedad, y no sólo fiscales.

Google, Apple, Amazon y Facebook, por citar los casos más paradigmáticos, se han convertido en los nuevos monopolistas de la aldea global, y surgen infinidad de voces que exigen que –como ha sucedido históricamente con los viejos monopolios- su actividad sea objeto de mayor escrutinio y control, tanto por parte de los poderes públicos como de la sociedad en general. Como señalaba The Economist en un artículo reciente (“What if large tech firms were regulated like sewage companies?”) está emergiendo en América y Europa un consenso generalizado sobre la necesidad de “domar” a las grandes firmas tecnológicas, que con una capitalización que ronda los tres billones de dólares (sin contar a Microsoft y Apple) dominan los negocios de servicios online y de social media en todo el mundo. Un poder de mercado que no se recuerda desde tiempos de la East India Company o la Standard Oil. El semanario británico plantea que una opción para domar a estos gigantes es tratarlos como negocios de utilities, de servicios esenciales de los que los ciudadanos no pueden prescindir y que sería muy caro sustituir, como los casos de la energía, el agua, etc. En este sentido, se trataría de aplicar los marcos regulatorios que ya son comunes en Europa bajo el concepto de regulated asset base (RAB), para favorecer entornos más competitivos en sectores básicos de la economía: “The idea is that the monopolist’s profits should not exceed the level that a competitive market would allow. That means estimating the cost to an imaginary new entrant of replicating the incumbent’s assets (this is the RAB) and calculating the profits the newcomer would make if its returns matched its cost of capital. The actual monopoly’s earnings should not exceed this amount. Safeguards are added to ensure the utility is run efficiently, keeping costs low. Regulators review the framework every few years”.

Pero los peligros de estos nuevos monopolios van más allá de sus efectos en las condiciones de competencia en los mercados. Mordecai Kurz, Profesor de Economía de la Universidad de Stanford, mantiene que son también causantes de parte del crecimiento de las desigualdades en las sociedades avanzadas y de la la lenta mejora de los salarios reales desde los años setenta hasta nuestros días (véase, On the Formation of Capital and Wealth). Mordecai cree que los efectos del enorme crecimiento del sector de las tecnologías de la información, y de sus principales compañías, todavía no se entiende bien y es necesario y urgente que haya un debate público sobre cómo abordar su regulación. El autor plantea que al menos la discusión sobre tres cuestiones es esencial: “First, because most technology-based monopoly power does not violate existing antitrust laws, regulating IT will require new measures to weaken monopolies. New concepts of the public interest are also needed for regulating new public information channels such as social networks. Second, standard views of business income and wealth taxation will need to be adapted to account for IT firms’ monopoly power. And, third, laws intended to protect private information should be reevaluated to ensure that IT companies are unable to profit from exploiting and manipulating it. Above all, the public must develop a deeper understanding of the economic effects of IT, particularly how technologies that have improved the lives of so many are enriching the lives of so few” (“The New Monopolists”).

Con la necesidad de alimentar esa deseable conciencia ciudadana sobre los peligros del control del sector de las tecnologías de la información por ese puñado de monopolistas coincide Gillian Tett en “Big Tech bonanza needs closer scrutiny”. La periodista del Financial Times, que fue una de las pocas personas que con una mirada antropológica alertó de algunas de los comportamientos que nos llevaron a la crisis financiera de 2008, considera que que es necesario romper el “silencio social” y la admiración casi ciega que existe en torno al sector, y que dificultar ver los riesgos que se derivan de la actuación de estos monopolistas. Y hace un interesante paralelismo entre lo que sucedió hace una década y lo que puede estar sucediendo en la actualidad: “In the early years of this century it was clear that finance in general — and complex products like credit derivatives in particular — were exploding in scale. But politicians in American and Europe were uninterested in peering into the financial undergrowth. This partly reflected deft lobbying by banks, and deliberate opacity. But the simpler problem was that credit derivatives were swathed in technical language and acronyms and perceived by non-bankers to be utterly boring and dull. As a result, it felt natural for politicians, journalists and voters to avert their eyes and leave this sector to the geeks. After all, consumers were enjoying a bonanza of cheap mortgages; nobody felt much need to challenge the status quo. (…) Of course, the titans of Silicon Valley insist they are saving the world, not sparking a systemic crisis. But the key point is that consumers are hooked on cheap (or quasi “free”) tech services, as they were hooked on cheap mortgages a decade ago. But few have any idea about how the internet works, or even care to ask. Once again, we have placed blind trust in geeks”.

El ciudadano CEO

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Son tiempos de cambio para los directivos, en especial para aquellos que desde puestos de máxima responsabilidad representan a empresas y grandes corporaciones ante la sociedad. Así parece deducirse de los resultados del último informe de PriceWaterhouseCoopers sobre el comportamiento ético de los CEOs (CEO Success Study). De acuerdo con el estudio, llevado a cabo entre 2.500 grandes empresas cotizadas de todo el mundo, cada vez hay más altos directivos que tienen que abandonar sus puestos como consecuencia de actuaciones poco éticas; que son relegados de su cargo a causa de escándalos o conductas impropias. De hecho, entre 2012-2017 esos casos aumentaron casi un 36% respecto al período 2007-2011, pasando de suponer un 3,9% de los todos relevos, a un 5,3%. Estas cifras eran superiores en Estados Unidos y Europa, donde se pasó del 4,6% al 7,8%. Aunque en términos absolutos los datos no son muy llamativos, en términos relativos y de evolución en el tiempo las cifras dan que pensar. Y también hacen reflexionar las posibles causas de este fenómeno que se identifican en el informe.

Per-Ola Karlsson, DeAnne Aguirre y Kristin Rivera (“Are CEOs Less Ethical Than in the Past?”) sintetizan esas causas en las siguientes ideas: “Over the last 15 years, the environment and context in which companies operate has changed dramatically as a result of five trends. First, the public has become more suspicious, more critical, and less forgiving of corporate misbehavior. Second, governance and regulation in many countries has become both more proactive and more punitive. Third, more companies are pursuing growth in emerging markets where ethical risks are heightened, and relying on extended global supply chains that increase counterparty risks. Fourth, the rise of digital communications has exposed companies and the executives who oversee them to more risk than ever before. Finally, the 24/7 news cycle and the proliferation of media in the 21st century publicizes and amplifies negative information in real time”. En conclusión, el actual Zeitgeist favorece el escrutinio público y la censura de los comportamientos poco éticos de los directivos, cuyas faltas ya no pueden quedar encerradas en las cuatro paredes de sus corporaciones. Los CEOs cada vez están más expuestos al juicio de los ciudadanos, de los políticos, de sus propios pares, y por ello necesitan hacer un esfuerzo para ser percibidos no sólo como buenos directivos, sino también como buenos ciudadanos.

Esta idea de ‘ciudadanía’, de mayor compromiso con el entorno, se percibe también en el cierto cambio que se está produciendo en el ejercicio de la filantropía por parte de los super-ricos. En The Givers: Money, Power, and Philanthropy in a New Gilded Age, David Callahan explica cómo, a diferencia de lo que sucedía con los filántropos de principios del siglo XX (Rockefellers, Carnegies, etc.), los filántropos actuales (Gates, Koch, etc.) actúan de hecho como ‘super-ciudadanos’, promoviendo ciertas causas sociales e influyendo en las políticas públicas, formando una parte cada vez más importante de la ‘acción política’ orientada a resolver los problemas de la sociedad (sobre todo, aquellos a los que los Gobiernos llegan cada vez con mayor dificultad).  Lovia Gyarkye en “Have the Rich Become ‘Super Citizens’?” (The New Republic) comenta la obra de Callahan y señala: “More than 100 years later, the face of philanthropy in America has changed. Contemporary philanthropists don’t look like the tycoons of the Gilded Age. They are energized by datadriven solutions and seek social causes where they can have a high impact. They want change and they want it now. They do not just dole out grants to community organizations, they create political wings to their foundations, influence policy, and steer conversations on a national level”.

El compromiso ciudadano de los super-ricos y de los CEOs quizá también requiera un cierto cambio de actitud y modo de actuar personal, que se distancien de los estereotipos del hombre de éxito y del profesional con una confianza y autoestima desbordadas. Joann S. Lublin se refiere esta semana a la necesidad de ese cambio en “The Era of Overconfident CEOs Is Waning” (The Wall Street Journal): “Executives cannot succeed without self-confidence, but too much can be a career killer. Strong-headed senior managers who exaggerate their abilities and struggle to admit mistakes may find themselves on the outs in an era of flat organizations and greater transparency. (…) Companies have become so complex that they increasingly prefer executives who are open, inclusive and collaborative rather than overconfident,” said Stuart S. Crandell, senior vice president of Korn Ferry Institute, the research arm of recruiters Korn/Ferry International”.